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Enviado especial, Pako ruiz - Lunes, 5 de Octubre de 2009 - Actualizado a las 08:38h
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El Athletic puso fin ayer en Valladolid a su racha de derrotas y sumó un punto que dejó buen sabor de boca al empatar a dos
Valladolid. Pudieron ser tres puntos, incluso ninguno y al final se quedó en uno. El Athletic debe dar por bueno el empate que arrancó en el José Zorrilla, que cierra la sangría de tres derrotas consecutivas, dos en Liga, con la que llegaba a orillas del Pisuerga. El conjunto rojiblanco recuperó un poco de aire en un encuentro de lo más accidentado. La lesión de Fernando Llorente, a los 11 minutos, la expulsión de Ustaritz, diez después, y las de los vallisoletanos Nacho y Nivaldo, ya en el tramo final del duelo así lo certifican. El Athletic empezó con muy buena cara gracias al tanto de Susaeta, rozó un nuevo fiasco con el 2-1 desfavorable y se salvó de la quema gracias al acierto de Iker Muniain, el jugador más joven de la historia de Primera División en marcar. Muniain va de récord en récord. Pero por encima de la estadística, ayer hizo un nuevo servicio a los leones al sellar las tablas cuando se mascaba otra derrota. No es de extrañar que toda la familia rojiblanca haga causa común en la crítica a la Federación Española de Fútbol por su convocatoria para el Mundial sub"17. Visto lo visto, da vértigo pensar que el Athletic no pueda disponer de su nueva perla durante un puñado de semanas.
Hay partidos que se recuerdan por esos lances con matiz extraordinario que marcan su devenir. El de ayer fue uno de ellos. Hubo muchos. Para el Athletic, todo pintaba bonito cuando a los nueve minutos Susaeta, que acumulaba más de nueve meses sin marcar, batió a Jacobo después de conectar todo un misil con su pierna derecha desde fuera del área. Cuando se viene de sufrir tres derrotas consecutivas, no hay mejor remedio que arrancar con una sensación tan positiva.
Tras el gol, el Athletic parecía llamado a recuperar sus mejores pulsaciones para sanar del catarro que había contraído en los últimos días. El fútbol, sin embargo, es imprevisible, por mucho que suene a tópico. Propicia accidentes que pueden ser casi irreversibles. Fernando Llorente fue víctima de uno de ellos. Nivaldo, un central brasileño con una planta que impone, propinó un espectacular cabezazo fortuito que noqueó a Llorente. El delantero cayó fulminado sobre el césped. Llorente ya no se levantó. Conmocionado, abandonó el estadio camino del hospital.
El Athletic se quedó, a los 12 minutos, sin su referencia cuando más lo necesitaba, sobre todo porque los rojiblancos se encontraban en un escenario en el que Llorente, con el marcador a favor, podía hacer un estropicio a un Valladolid agobiado por su penoso arranque de curso. Dicen que las desgracias nunca vienen solos. Por si el K.O. de Llorente no fue suficiente, el Athletic se quedó en inferioridad numérica poco después, cuando Ustaritz vio la roja directa por derribar a Canobbio siendo el último defensa. Como para tirarse de los pelos, debió pensar el de Abadiño. Al central no le sienta nada bien jugar en el Nuevo Zorrilla. El curso pasado acabó desquiciado con tanta lesión y cuando ese fantasma lo intuía espantado, recibe otro jarro de agua fría. Por hache o por be, Ustaritz vive angustiado con lo que le sucede cuando comparece en el verde.
Ahí comenzó otro partido para el Athletic. Lo que era un efímero paraíso se convirtió en un camino tortuoso. Se sabe que este Athletic no ofrece garantías. En la mayoría de las ocasiones es demasiado rígido. No hace buenas migas con la improvisación en clave positiva. Sin Llorente y con un hombre menos, dio un paso atrás. Un instinto muy básico. Se abocaba, por tanto, a jugar prácticamente a la ruleta rusa con todo un mundo por delante. Joaquín Caparrós se vio obligado a variar su dibujo. Lo hizo de una forma sencilla y a la vez delatora. Quitó a Yeste y metió a Etxeita. Puro blindaje.
Muniain, de nuevo El Valladolid vio su momento. El Athletic le había puesto una alfombra roja para que iniciara su acoso. Los rojiblancos llegaron a vestuarios indemnes porque Sesma no acertó en dos ocasiones. La primera, con un disparo alto y la segunda, al no llegar por milímetros en un centro de Diego Costa. Los presagios, sin embargo, apuntaban a que todo no seguiría igual. El propio Diego Costa se encargó de ratificarlo. El delantero sacó tajada de una buena acción colectiva para armar su derecha y superar a Iraizoz.
El Athletic recibió el golpe esperado. Y en un partido tan accidentado debían pasar otras muchas cosas. Iraizoz volvió a ser protagonista. Ya le pasó una semana atrás frente al Sevilla. Al navarro, quizá tocado por esos errores, no se le ve en su pico más alto. Salió a por uvas en un balón colgado por Canobbio, midió mal los tiempos y Nivaldo le ganó en el salto. Iraizoz, en su versión menos grata.
Por entonces, Muniain ya llevaba unos minutos sobre el césped. Como ocurriera en Bremen, de él se espera algo diferente. Lo volvió a ofrecer. Sobre el campo nadie recuerda que tiene 16 años. Muniain, como un veterano, olió el saque de una falta, que supuso la expulsión de Marcos, y se ubicó en el punto idóneo para enchufarla. Un punto para el zurrón, si bien el Athletic dejó de rentabilizar el cuarto de hora que disfrutó ante un Valladolid con nueve.
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