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Figura en las páginas de la historia bajo el epígrafe de "consenso irrepetible". Quienes protagonizaron la negociación del Estatuto recuerdan el "complicado" diálogo para recuperar la autonomía. Un proceso abierto con las transferencias aún pendientes.
Míriam Vázquez
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Manifestación por al autonomía. (DEIA)
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TODAS las negociaciones tienen algo de épico. El mero de hecho de sentar en torno a una mesa a los diferentes agentes políticos suele verse recompensado en la mente colectiva con los más resplandecientes de los galones. Cuando, además, hay una dictadura en descomposición de por medio, sobran plumas y micrófonos que estén dispuestos a escribir la epopeya. A registrarla. A dejarla para la posteridad. Y así permanece en los libros y en las hemerotecas. En las imágenes y en los archivos. Y en las personas que lo vivieron.
Desde la aprobación del Estatuto han pasado treinta años. Ha llovido más de un cuarto de siglo, pero esa misma lluvia es la que mantiene fresca la memoria de sus protagonistas. El lehendakari Carlos Garaikoetxea, el jeltzale Mitxel Unzueta y el socialista vasco Txiki Benegas permanecieron en la primera línea de las negociaciones. Unos trámites que comenzaron en noviembre de 1978 con la redacción del anteproyecto en suelo vasco, que cabalgaron entre Euskadi y Madrid -se logró el acuerdo el 17 de octubre de 1979-, y que culminaron dando la palabra a la ciudadanía para la aprobación del texto por el autogobierno. Los tres recuerdan bien el proceso, y así se lo relatan a DEIA.
Un proceso marcado, como cualquier otro, por la situación política. El riesgo de un golpe de Estado que condujera a la involución pesaba en el seno de más de un partido. El deseo de caminar con tiento se convirtió en la máxima a seguir. Un axioma que vendría de la mano del consenso necesario para evitar despertar unos nada viejos fantasmas. Pero la recompensa, tras cuarenta años de dictadura, sería la recuperación del autogobierno arrebatado por el régimen franquista. El entonces presidente del Consejo General del País Vasco Carlos Garaikoetxea tuvo que lidiar con todas las incógnitas de la ecuación. Se encargó de controlar las negociaciones con el Gobierno español de Adolfo Suárez, con el anteproyecto redactado en Euskadi debajo del brazo, y debatido por las delegaciones del PNV -con Xabier Arzalluz y Mitxel Unzueta, entre otros- y del Ejecutivo de Madrid -con la presencia de Rafael Arias Salgado o Jesús Viana-.
El lehendakari ohia rememora las "muy complicadas" negociaciones, que alumbraron "momentos tensos". Al objeto de engrasar un diálogo al borde de la ruptura, se estableció en la fase final una doble plataforma negociadora para evitar el colapso en el Congreso. "Era una comisión técnico-política de alto nivel, entre representantes nacionalistas y del Gobierno y su partido, que estuvieron casi enclaustrados semanas en la Moncloa, al tiempo que Suárez convino conmigo hacer lo propio para tratar de desatascar los problemas que en tal Comisión no encontraran solución. Asuntos como el Concierto, Navarra, la Ertzaintza, la educación o la Seguridad Social fueron temas muy difíciles. Personalmente, tuve un problema personal muy dramático: mi ama agonizaba en los momentos más duros, los finales, de aquel encierro en Madrid", relata a este periódico.
Sin embargo, el resultado habría valido la pena: "Vivimos la aprobación como una gran esperanza para aliviar la grave situación del país en todos los órdenes: lingüístico, económico -hasta entonces sufría un auténtico expolio fiscal e industrial, pues se hundían los sectores básicos y el paro era tremendo-... En definitiva, era la ilusión de recuperar un autogobierno que constituía la aspiración sentida por una gran mayoría de la población, tras tantos años de represión".
No obstante, ve sombras en el camino. No espera un consenso como el logrado entonces. Y se refiere también a cuestiones como la unión de Nafarroa a la CAV: "Es un asunto que hoy sería impensable, vistas la posiciones actuales de la derecha y, en especial, del PSOE, que entonces hacía ondear la ikurriña en su sede de Iruñea, y hoy es igual de hostil que la derecha. En general, a partir de 1981 y los pactos entre UCD y PSOE, que alumbraron la famosa LOAPA, la involución en la política autonómica ha sido muy grave".
Preguntado acerca de sus esperanzas en una eventual reforma, se muestra pesimista. "¿Qué reforma puede esperarse de quienes no cumplen lo entonces pactado? Además, resulta prácticamente imposible destejer todo el entramado de leyes básicas del Estado, sentencias del Constitucional y precedentes y jurisprudencia de todo tipo con la que se ha establecido en los años pasados una interpretación absolutamente restrictiva del Estatuto", zanja.
De hecho, asegura que "en modo alguno" auguraba que, treinta años después, en 2009, aún quedaran más de treinta competencias sin transferir. "Como tampoco esperábamos que el PSOE nos defraudaría con su cambio en Navarra, siendo así que yo mismo hice campaña por aquel Estatuto con Urralburu y sus compañeros en la actual Comunidad foral. Pero tan grave como las transferencias no efectuadas es la invasión de las leyes básicas y las interpretaciones unilaterales del Estado en las competencias existentes", denuncia.
decepción Interrogado sobre si se siente decepcionado con la situación actual tras las maratonianas negociaciones, se muestra contundente: "Por supuesto. Para ser exacto y no propiciar interpretaciones interesadas, añadiré que en 1979 se hizo lo que se tenía que hacer, a la vista de las dramáticas urgencias del país, y que gracias al primer desarrollo del Estatuto en materias básicas logramos apuntalar un edificio que hacía ruina. Pero, sin duda, lo que entonces se negoció tenía otro alcance, más en consonancia con el respeto al hecho nacional, diferencial, vasco". En cuanto a las posibilidades de que sean transferidas todas las competencias restantes en un horizonte no lejano, se muestra dubitativo. "No lo creo. En especial, no en su alcance íntegro. Habrá lo que un día llamé mercancía averiada", vaticina.
Quien también guarda recuerdos de primera mano de aquella etapa es el ex senador jeltzale Mitxel Unzueta. Fue uno de los interlocutores del PNV en las negociaciones con UCD en Madrid, y evoca esos momentos como "una época de grandes preocupaciones". En referencia a la aprobación del Estatuto, enfatiza que "para la mayoría del país fue una alegría y una esperanza". "Se nos ha olvidado cómo estaban las cosas entonces", apostilla en declaraciones a este periódico.
En cuanto a la posibilidad de una reforma -y a la luz de la renuncia del PSE a ésta, en virtud del pacto con un PP que no quiere hablar de modificaciones mientras exista ETA-, apunta a una lista de agravios mayor. "No sólo la reforma del Estatuto, sino también su desarrollo, han sido bloqueados por el PSOE y el PP, a lo largo de los años, mediante acuerdos expresos (LOAPA, etc.) y tácitos. En realidad, ninguno de los dos se ha sentido contento con el Estatuto. El mezclar ETA con el desarrollo estatutario es un pretexto demagógico para seguir jugando con el Estatuto. En realidad, las cosas debieran ser al revés, para demostrar a ETA que debe reflexionar. Hoy por hoy, con la crispación política que existe, no intuyo una próxima reforma".
Sobre la aún incompleta transferencia de competencias, se muestra crítico: "Que habría dificultades, lo tuve claro desde el principio. Bastaba tener una cierta confianza con los estamentos políticos, para darse cuenta de las resistencias. Lo que no imaginé es que, treinta años después, llegaríamos a tal grado de deslealtad en el cumplimiento de una ley". Sin embargo, no cierra las puertas a la esperanza sobre un futuro consenso. "El período de 1977 a 1979 me parece que es irrepetible, pero esto no quiere decir que se haya cerrado la historia. Ésta sigue su curso y, sin lugar a dudas, habrá nuevas oportunidades. Lo importante es saber acertar con el momento y plantear las cosas de forma que tengan viabilidad, aunque ello suponga que la evolución cueste tiempo", sentencia.
CONCESIONES En las mismas negociaciones, pero en la ponencia para elaborar el anteproyecto, participó el socialista Txiki Benegas. Relata a este medio cómo el esfuerzo fue compartido por "todos". "Fueron unas negociaciones que no duraron mucho porque teníamos a Ramón Rubial, presidente del Consejo General del País Vasco, que nos convocó para que con urgencia elaboráramos el Estatuto. Y Juan de Ajuriaguerra tenía una idea fija: que no nos pasara lo que nos pasó durante la República, que fuimos por detrás de los catalanes. Fueron complicadas, fueron duras, fueron muchas, pero que muchas horas seguidas. Teníamos clara la idea de que tenía que ser un Estatuto respaldado por una gran mayoría, y todos tuvimos que hacer cesiones para conseguir lo que fue un gran pacto. Lo recuerdo como un ejercicio de alta política. De gente que sabía lo que quería y sabía que tenía que hacer concesiones en algunos aspectos", explica.
Sobre el ánimo con el que recibieron la aprobación, recurre a imágenes que quedarán para la historia: "Durante muchos años, nos movilizamos con un lema que era Libertad, amnistía y Estatuto de Autonomía. La libertad empezó a conseguirse el 15 de julio del 77; la amnistía, en octubre del mismo año. Quedaba por conseguir el otro gran objetivo. Cuando se aprobó, todo el mundo lo calificó, y recuerdo las palabras de Arzalluz, como un logro histórico". Sin embargo, a la hora de plantear una reforma, se muestra menos entusiasta. "El problema no es plantear una reforma, sino saber con exactitud qué es lo que se quiere reformar de un Estatuto que da un amplísimo poder autonómico al País Vasco. Es el pueblo o nación que dentro de un Estado más autogobierno tiene. Si nos ponemos de acuerdo, siempre y cuando sea para mejorarlo y cuente con el mismo apoyo que el Estatuto de Gernika, estaríamos abiertos a discutirlo", dice.
Discutirlo, como se hizo aquella vez hace treinta años. Una puerta entreabierta que no deja, sin embargo, atisbar demasiada luz. Los abertzales lo tienen claro. Las competencias que han quedado en el tintero llenan de borrones sus expectativas sobre una modificación estatutaria. Su leit motiv es conciso. Piden el cumplimiento de la norma.
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