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El panteón que honra a los niños muertos en el Teatro-Circo del Ensanche, el homenaje a los fallecidos en el monte Oiz, las capillas de grandes familias, las tapias de fusilamiento, tumbas ilustres o anónimas... Con ustedes, en vivo, el cementerio de Bilbao.
J. Mujika
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La cruz verdepreside el monumento a los niños del Circo del Ensanche (Z.Alkorta)
Las tapias del camposanto son una insensatez. Quienes están tras ellas no pueden salir y quienes están fuera no desean cruzarlas. Extramuros del cementerio de Bilbao, conocido por el pueblo con el sobrenombre de Vista Alegre (¡hay que ser cabrón!), un guirigay de visitantes, floristas y marmolistas se apelotona estos días de difuntos. Hay trifulcas sobre quién y cómo gestiona el negocio que florece, como si fuese un tétrico ciprés con aire de sepulturero, alrededor de la muerte; congestiones de tráfico, familias que visitan a sus seres queridos y gente solitaria a quien el pesar le resbala por las mejillas. Es el día de Todos los Santos.
Más allá del ritual y lo señalado de las fechas, el último siglo de la historia de Bilbao (el cementerio se inauguró un 27 de abril de 1902 y se calcula que alberga restos de medio millón de personas) se recrea en esta curiosa ciudad de los muertos que reproduce, con sus grandezas y bajezas, la ciudad de los vivos. Es este un paseo por los libros de piedra de la pequeña historia de la ciudad, una visita a la estación término, allá donde se posan las aventuras y desventuras del trepidante viaje de la vida.
La visita comienza, ateniéndose a un orden geográfico, en la cripta que recibe al visitante junto a la entrada principal. Una escalera desciende a un lugar sobrecogedor, cubierto por la humedad. Durante años pudo leerse, donde hoy dice Cementerio de Bilbao, otro lema bien distinto: Los 300 mártires de Bilbao. La historia se cuenta rápido. Bilbao fue bombardeada por la aviación alemana -rebelde, en aquellos tiempos- en repetidas ocasiones entre los años 1936 y 1937. Como represalia a aquella atrocidad, un grupo de ciudadanos asaltó la cárcel de Larrinaga y los barcos-prisión Altuna Mendi y Cabo Quilates, donde dieron muerte a los detenidos. Sus huesos reposan en la cripta señalada y cada año dos misas encargadas por la asociación de ex combatientes, en septiembre y enero, recuerdan aquellos episodios violentos.
Comienza ahí (tras el paso por la capilla, presidida por dos leones alados, escogidos por el escultor por su condición de seres antropófagos), una leve ascensión que desemboca en la plaza Nuestra Señora de Begoña, corazón del cementerio. Una vista aérea del cementerio revela que el eje central de éste está configurado con forma de cruz. Es en esa plaza donde convergen los dos maderos y donde se observa, mejor que en ningún otro lugar de la necrópolis, cómo el cementerio de Derio se mira al espejo de Bilbao. Allí se dan cita varias capillas y panteones de algunas de las todopoderosas familias que impulsaron la industrialización de Bizkaia. Sobresale, junto a la capilla de la familia Ybarra, coronada por una cúpula recubierta de escamas de bronce verde, una construcción singular: la capilla Chávarri. La construcción ocupa un lugar prominente en la plaza y se eleva como el edificio más alto del cementerio, con un gigantesco mascarón femenino en la pared posterior. Cambiemos de escenario geográfico. La familia Chávarri vivió, a principios del siglo XX (la construcción de la capilla se sitúa hacia los años 1903 ó 1904), en el corazón de la plaza Moyúa, en el edificio que hoy ocupa el Gobierno civil. Ocupa, por tanto, el mismo lugar de privilegio en la ciudad de los vivos y en la ciudad de los muertos.
El corazón del visitante se encoge si mira al norte de la plaza. Allí se levanta el panteón monumento a los niños del circo del Ensanche, una de las grandes tragedias de Bilbao en el siglo XX. Era un domingo, 24 de noviembre de 1912, cuando una voz de mujer gritó "¡fuego!" en el Teatro-Circo del Ensanche. El pánico ocasionó una estampida por el estrecho y alargado pasillo, única salida al exterior. El trágico desenlace arrojó una de las grandes desgracias de la ciudad: 46 niños y 3 adultos murieron asfixiados o aplastados. Los funerales por las víctimas congregaron a cerca de cuarenta mil personas, tal y como revelan los documentos fotográficos de la época, en una lúgubre procesión de féretros blancos por el puente de El Arenal. El mausoleo, obra del arquitecto Ricardo Bastida, está adornado por esculturas de los alumnos de la Escuela de Artes y Oficios, bajo la supervisión de Higinio Arteta y expresa el hondo penar del pueblo de Bilbao. En el murete que lo delimita puede leerse el nombre de esos 46 ángeles caídos.
Sólo 70 años después, un suspiro en términos históricos, Bilbao sentía diferente. La muerte trágica ya no hacía igual mella. En el ala oeste del cementerio se observa el panteón que la ciudad dedicó a acoger los restos de la mitad de las 148 víctimas del accidente aéreo del monte Oiz, un 19 de febrero de 1985. Ustedes recordarán. El Boeing 727 Alhambra de Granada se estrelló, un día de niebla, en una de las laderas del monte, tras haber impactado contra una de las antenas que coronan su cumbre. La leyenda reconoce a este lugar, el monte Oiz, como uno de los sitios sagrados de Euskal Herria, morada de la Dama de Anboto, pero la sepultura que recuerda a los muertos en aquel accidente es más bien sobria. Unas planchas de mármol negro recubiertas por un mar de guijarros. Nada que ver con el dolor yacente tras el falso incendio del Ensanche, por mucho que frente al mausoleo aún retumbe, en el eco de la memoria, aquel "¿hay alguien vivo?" que gritó el baserritarra Juan María Urkiola al llegar al lugar de la catástrofe, la ladera noroeste del monte Oiz . El mismo silencio espeso de entonces pasaporta aquí al visitante a aquel amanecer entre nieblas y restos humanos, a aquel horror.
Esculturas de Quintín de la Torre, tumbas de gitanos, decoradas con una profusión de flores - "llegan de madrugada y se van al anochecer; todo un día de trabajo", precisa Óscar Garbizu, responsable municipal-, que asoman en el cementerio civil; el sarcófago de Casilda Iturrizar -fue encargado por el Ayuntamiento de Bilbao para honrar a una mujer que a su muerte, en 1900, había invertido parte considerable de su fortuna en diversos proyectos de la villa- o las sepulturas de Indalecio Prieto y Tomás Meabe, una frente a otra, en el ya mencionado cementerio civil, marcan algunos hitos del camino. Una curiosidad asoma en la tumba de este último, la colocación de un espejo que recuerda al visitante cuál es su porvenir. Viéndola, dan ganas de huir despavorido, asustado por tu propia muerte...
La estructura del camposanto invita al visitante a perderse entre sus calles, en un merodeo del que se extraen diversas lecciones. Es un ejercicio, entre otras cosas, también demográfico, que permite contemplar cómo la esperanza de vida de la civilización occidental ha crecido. La edad congelada de los muertos recuerda que hubo más tumbas de niños (ya no se distinguen como antaño, gracias a Dios) de las que hay, por mucho que una batería de muñecos recientes -los Simpson, Spiderman y coches de miniatura...- arranquen un puñado de lágrimas al cronista.
¡Arriba España! ¡Viva la legítima República! ¡Rojos maricones! ¡Fachas de mierda! Uno cierra los ojos frente a las tapias y escucha aquellos gritos en la noche o al amanecer, las últimas voces de los fusilados. Da un noséqué de escalofrío meter los dedos en los agujeros de bala del muro donde fusilaban los fascistas. Aún se perciben las huellas de las balas en el muro este del cementerio, muchas de ellas adornadas con rosas rojas. La fotografía de un miliciano recuerda que aún queda quien no olvida. En la terrible pared, donde desembarcaban los camiones cargados de reos condenados ("había más llantos que cánticos", recuerda una voz anónima. "Hay mucha leyenda alrededor de los muertos"), una lápida recoge versos de Federico García Lorca -tiempo después el poeta granadino caería bajo el fuego de fusil- y de Rafael Alberti, esos que dicen "Primero fui miliciano/un corazón en el viento/con un fusil en la mano...". Se calcula que cerca de 400 milicianos del bando republicano dejaron allí su último aliento.
Frente a frente, en el extremo occidental del cementerio, un pedazo de muro recuerda que la Guerra Civil fue cosa de dos. Ante la manzana 19 del cementerio, un pedazo de la pared que fue derribada para la ampliación del camposanto, se conserva en memoria de las 19 personas fusiladas por los tribunales de jurado y militar republicano, entre noviembre de 1936 y marzo de 1937. Escoltados a derecha e izquierda por sendos pebeteros, la tapia de fusilar tiene grabados los 19 nombres en unas planchas de mármol. El primer nombre es de Lotter Gudd, un piloto de aviación alemán que fue detenido al saltar en paracaídas, pero el apellido que más llama la atención ocupa el cuarto lugar en la lista. Es el del cónsul austriaco, Guillermo Wakonig. Cuenta la historia que el embajador era un hombre peculiar que, ya en plena guerra, decidió abandonar España. Ya en la frontera, le pidieron que mostrase su equipaje y él se negó, bajo la excusa de que se trataba de valija diplomática. Un miliciano le espetó que en la guerra no hay diplomacias que valgan. Al abrir el maletín, descubrieron los planos del cinturón de hierro, la defensa de Bilbao. Ya conocen ustedes el desenlace.
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