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Iñaki Mendizabal Elordi - Domingo, 8 de Noviembre de 2009 - Actualizado a las 08:42h
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Casas de adobe, jaimas y contenedores formar parte de uno de los campos de refugiados saharauis en Tinduf. (Foto: efe)
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bilbao. Xabier Orueta es coordinador de varios proyectos que gestiona la ONG Mundubat, una organización que lleva 20 años promoviendo e impulsando proyectos humanitarios en países como El Salvador, Bolivia, Cuba, Palestina, Mozambique, Colombia, Brasil, México, Nicaragua o el propio Sahara. Orueta ha estado varias veces en el campamento de refugiados saharauis de Tinduf (Argelia), la última este mismo año, en abril, y pudo constatar las carencias y los problemas que atenazan a los cerca de 130.000 habitantes que sobreviven en el campamento.
¿Qué personal tiene ahora Mundubat en Tinduf?
Tenemos allí a un coordinador y a dos chicas, y cada una de ellas es responsable de dos convenios, proyectos importantes que se realizarán a largo plazo. Llevan dos años instalados en Tinduf, y vienen aquí en contadas ocasiones. Ellos están allí todo el rato y sin parar. Hay mucho trabajo por hacer, apenas tienen intimidad... La verdad, es uno de los lugares más duros que conozco, quizá uno de los destinos más exigentes para los cooperantes de Mundubat. Yo les visito una o dos veces al año porque eso me ayuda a conocer los problemas de primera mano, pero no es lo mismo.
¿Qué proyectos promueve Mundubat en Tinduf?
En estos momentos tenemos varios proyectos en cartera. Por un lado hay que destacar dos convenios financiados por el Gobierno español, sí, el Gobierno español. Aunque su postura política es de connivencia con el Reino de Marruecos, a nivel de ayuda humanitaria asumen ciertas responsabilidades, no le dan la espalda al pueblo saharaui. Parece una contradicción, pero es así. La Diputación de Bizkaia también aprobó hace tiempo un proyecto de cuatro años en el sector de la salud, y el resultado de esta iniciativa es grande. Hay un grupo de médicos que viajan regularmente, ofrecen sus servicios y a la vez llevan mucho material para los hospitales. La ECO, la Agencia Europea de Emergencia, impulsa otro proyecto de ayuda alimentaria por valor de 1.750.000 euros. Nosotros lo que hacemos es contratar el mejor proveedor y distribuir la ayuda. Y luego está el ayuntamiento de Getxo, que da dinero para construir una escuela. No me quiero olvidar ni del Gobierno vasco ni de la Universidad, que con su Fondo de Solidaridad (el personal de la UPV dona el 0,7% para este tipo de ayudas) contribuye a comprar material escolar, a impulsar la educación primaria y a instalar redes eléctricas para los distintos centros.
Además de la ayuda humanitaria, ¿promueven algún proyecto de formación?
Sí, desde luego. Para nosotros, y para ellos también, es importante que aprendan a valerse por sí mismos, es decir, que aprendan a desarrollar sus capacidades. Para eso trabajamos en dos frentes. Por un lado está la soberanía alimentaria, y ahí les ayudamos a sembrar verduras, a cuidar huertos, etc... No es una tierra muy fértil, pero lo intentamos. Los huertos no son rentables, trabajarlos resulta más caro que ir a Argelia, comprarlos y traerlos, pero el objetivo de este programa es que aprendan las técnicas del cultivo. Por otro lado está el ámbito de la formación profesional. Hace tiempo que hicimos un estudio de mercado para saber las posibilidades laborales que hay en el campo de refugiados, y a través de ese estudio tratamos de formar carpinteros, electricistas, etc... Queremos que estén preparados, para que si algún día regresan a su tierra puedan poner en práctica lo que han aprendido. De todas formas, todo parece poco. En 2007 varias organizaciones humanitarias denunciaban una situación de hambruna en Tinduf.
¿Se han paliado esas carencias?
En 2007 la situación se tornó grave, pero eso no se ha resuelto. La situación de los refugiados sigue siendo grave, sobre todo en lo que concierne a alimentación, y de ahí derivan luego otro tipo de problemas, principalmente de salud. En este aspecto el alimento y el agua son las grandes prioridades.
¿ACNUR no tiene capacidad para solventar estos problemas?
ACNUR está presente y ayuda mucho, igual que la Luna Roja, lo que pasa es que las limitaciones son muy grandes. Con lo que tienen no dan abasto, hay pequeños conflictos de cupo porque tampoco se sabe exactamente cuánta gente hay en el campamento, no es fácil hacer un censo preciso, y eso conduce a problemas de abastecimiento. Hay dos almacenes como dos campos de fútbol, pero aquello es un cementerio de ayuda humanitaria. Los camiones llegan, dejan los contenedores allí y se van, pero los alimentos no llegan para todos. Lo normal en estos casos es tener una reserva de dos meses, pero viven al mes, porque no llega la suficiente ayuda.
"Hay cierta impaciencia entre los jóvenes. Yo les veo dispuestos a coger las armas"
"Los campos de Tinduf es uno de los destinos más duros y exigentes para los cooperantes de Mundubat"
¿Y qué hay de la ayuda a aquellos que viven en la Zona Liberada o en los territorios ocupados?
Mundubat actúa en los tres frentes: campos de refugiados, territorio liberado y territorio ocupado. El 93% del montante de nuestros proyectos va a los campos de refugiados, pero el resto se invierte en las otras zonas. Estratégicamente es muy importante trabajar en esos sitios, porque para ellos se trata de su país, aunque esté dividido. En la zona occidental, por ejemplo, hay un proyecto de derechos humanos que trabajamos con los resistentes, que están sufriendo una represión muy dura por parte del Gobierno marroquí. Luchan por sus derechos en un momento en el que Marruecos está dando palos.
¿Y reciben ayudas también para este tipo de proyectos?
No es fácil que nadie te financie un proyecto en los territorios ocupados, porque le compromete políticamente, pero siempre hay algún ayuntamiento o institución que se arriesga. Nuestra labor allí es importante, porque se trata de recoger y archivar todo lo que ocurre allí, para luego poder denunciarlo. El 8 de octubre, por ejemplo, detuvieron a siete activistas y les han llevado ante un tribunal militar, algo totalmente inusual. Lamentablemente la noticia no está teniendo un gran eco mediático.
¿Los vascos estamos concienciados con lo que ocurre en el Sahara Occidental?
Sí, los ciudadanos de Euskadi están bastante bien informados y se nota que hay mucha gente sensibilizada con el tema. También en el resto del Estado español, porque la responsabilidad con lo que ocurrió allí es grande.
En este aspecto el pueblo y los políticos no parecen ir de la mano.
Así es, aunque hay que subrayar que el Gobierno vasco siempre ha sido solidario con los saharauis y su causa, incluso los propios miembros del PSOE del Gobierno vasco muestran esta postura. Lo que ocurre es que hay mucho dinero en juego, bancos de pesca, licencias, los famosos fosfatos...
¿Cómo piensan las nuevas generaciones, aquellos que no han vivido el éxodo y la guerra?
A mí me asombran. Hay gente que huye de allí, a Argelia, a España, etc... pero son los menos. La mayoría mantiene ese espíritu patriótico que les lleva a resistir, conservan la dignidad y la unidad como pueblo, no están dispuestos a negociar su libertad y no aceptan la autonomía. Hay cierta impaciencia entre los jóvenes, que ven que la comunidad internacional no hace nada para presionar a Marruecos, que la ONU no da un paso firme en este aspecto. Yo les veo dispuestos a coger las armas. Viven en un lugar desolado y de ese paisaje crudo salen las ganas de luchar, de resistir. Están cansados de vivir en un lugar que no es el de ellos y que además es un pedregal, un desierto seco y sin vida.
Fueron 16 años de guerra cruel. ¿Quedan secuelas entre los refugiados?
Aparte de la presencia militar constante del Frente Polisario, siguen allí las cárceles en las que retenían hasta hace poco a los prisioneros de guerra marroquíes. Además, se ve a gente con heridas y mutilaciones, también hay gente que ha sufrido el éxodo, la pérdida de algún familiar, pero aún así se muestran firmes en sus convicciones.
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