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* Profesor Emérito de Teología de la Univ. de Deusto - Jueves, 12 de Noviembre de 2009 - Actualizado a las 07:58h
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En cuanto oí la noticia supuse lo que sucedería. Los dos día siguientes leí tres Cartas al Director en dos diarios del País Vasco. Las tres en términos parecidos, con distintos acentos de enfado o desilusión: "Me veo obligado a entregar mi carnet del Partido", "Treinta años votándole con entusiasmo. Hasta aquí he llegado, etc.". Después llegó la, a mi juicio, infeliz declaración del obispo auxiliar de Bilbao, don Mario Iceta "Yo sí pediría al PNV que recapacite sobre su postura, porque no responde a lo que muchos de sus votantes piensan sobre el aborto…". ¿Qué más querían los medios, en particular los más sutilmente adversarios políticos del PNV… comenzando por Radio Euskadi, ahora en manos del PSOE y Patxi López?
No me gusta ni suelo hablar de mí mismo. Pero creo que hoy debo hacerlo. No soy un experto en nada. Sin embargo, me tomo algunas cosas muy en serio, aunque otras muchas me causan risa o llanto. Conozco el Proyecto de Ley del Gobierno sobre la despenalización del aborto: he estudiado detenidamente durante horas los quince folios del Informe del EBB sobre la interrupción voluntaria del embarazo. Desde mis estudios de Teología moral hace ya sesenta años y, sobre todo, desde la polémica encíclica de Pablo VI, Humanae Vitae (1968), que no me gustó nada, he seguido con detalle los problemas de la anticoncepción y los avance de la biología, hasta conocer el maravilloso proceso día a día, de la gestación de una nueva persona humana. He seguido los debates de bioética sobre el tema y conozco las opiniones de especialistas, incluidas las de creyentes y religiosos, que se distancian en esto de la doctrina de la Iglesia oficial. El caso más reciente Consideraciones sobre el embrión humano, de la revista Bioética & debat (2009, vol. 15. n. 57), publicadas el 9 de octubre, por el Institut Borja de Bioética, de cuyo patronato es presidente Francese Abel, jesuita, miembro a la vez de cinco comités de Bioética. Por cierto, los obispos de Catalunya declararon, a los diez días, que: "dichas opiniones no están de acuerdo con la doctrina católica, ni con la defensa de un derecho, prioritario y fundamental, como es el derecho a la vida". No soy, pues, un experto, ni tampoco un novato en el tema.
Siempre he defendido la separación de la Iglesia del Estado, así como la aconfesionalidad de todos los partidos políticos, aunque algunos, como el PNV, fueran antes del Concilio Vaticano II reconocidos por su ferviente catolicismo. Entiendo la secularización de la sociedad, pero reconozco que cuestiones como la presente pueden verse implicadas con otras religiosas, porque las personas afiliadas a partidos políticos, simpatizantes o votantes de los mismos, pongamos por ejemplo el PNV, pueden seguir teniendo sus propias creencias religiosas o convicciones éticas que gravan su conciencia.
No es el momento: es totalmente imposible exponer ahora mi análisis del informe del EBB; tampoco entro en las declaraciones o respuestas de peneuvistas relevantes a raíz de la intervención de Mario Iceta. Sí apunto que el PNV se declara en el informe "Partido humanista", "defensor de la vida y de la dignidad de las personas", que "considera el aborto como un fracaso", y, en este punto, "tiene como objetivo la erradicación de los embarazos no deseados". Da, sin embargo, por sentada la "Ley 8/1985", que entonces el PNV no votó. Se centra mucho en los derechos de la mujer. El párrafo más breve se lo dedica a los plazos: "No existen razones biológicas o éticas (para él; y por cierto, la cuestión ética apenas si aparece en el informe, centrado en lo legal) que permitan decidir sobre el momento concreto en que decae el derecho de la mujer a decidir, 12, 14, 15 semanas", etc. Este punto lo considero muy importante
Al margen de lo que yo pueda opinar, bien o mal, sobre la interrupción del embarazo no deseado, lo que verdaderamente me extraña y me descoloca en un partido que, en el mismo Alderdi Eguna y en el mismo lugar de la concentración, facilita oír Misa a los católicos entre sus afiliados y simpatizantes, decida tajantemente su apoyo como partido al Proyecto de Ley sobre el aborto -las pequeñas enmiendas que presente son irrelevantes para lo central-, y que sus diputados que representan al partido, a sus afiliados y a sus votantes -por lo menos a los que lo han sido fielmente hasta ahora-, tengan que votar sí a esta Ley en concreto, comprometiendo así la conciencia de dichos afiliados y votantes. Me sorprende y me descoloca que, en una materia tan delicada y compleja como ésta, en la que las creencias religiosas o las convicciones éticas, apoyadas también en consideraciones científicas, suponen obligación de conciencia contraria a la ley, al menos todavía, para algunos, el PNV sea tan tajante e impositivo. Sé lo que es legislar para todos en un Estado aconfesional y supongo lo que es decidir en un partido centenario, hoy aconfesional, pero democrático desde su origen. No soy historiador del PNV. He vivido de cerca su historia en sus momentos más trágicos, la he sufrido. Por ejemplo, la situación y actuación del BBB, en julio de 1936, cuando el PNV era confesional, y el BBB decidió ir a la Guerra Civil con comunistas, ateos, etc. no son en modo alguno comparables con éstas. He conocido y tratado muy de cerca, durante el franquismo y después, a personas señeras de ese partido. Creo que aun hoy no habrían procedido así: imponiendo.
Por todo eso, sucede que me sorprende y descoloca la decisión del PNV. No tanto por su insatisfactoria opinión sobre el tema cuanto porque, estando por medio todo lo dicho, la imponga como del partido con desprecio implícito a todos cuantos puedan tener objeción de conciencia. Soy consciente de que mi sorpresa y descolocación no importan a nadie. Aun así, agradezco tener la ocasión de manifestarlas públicamente. Ignoro el motivo de la imposición del PNV. Y sé que no soy el único sorprendido y descolocado con ella. ¿Tanto costaba dejar libertad de voto? Aunque éste, el de los diputados en Madrid, hubiera sido el mismo, viejos afiliados y votantes no se sentirían ahora constreñidos entre seguir a su conciencia o en el partido. Así he oído a más de uno, de un nacionalismo implacable por convicción personal y tradición familiar desde los orígenes mismos del PNV, lamentarse amargamente. Es una tragedia para ellos. Y para mí. Pero una tragedia comparativamente pequeña. Porque ¡hay tantas y tan grandes! ¡Mueren tantos miles de niños de hambre! ¡Y tantos otros miles mueren antes de nacer!
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