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Iván Fernández se llevó el triunfo en la vigésimo segunda edición de la fiesta de las carreras populares
Aner Gondra - Lunes, 16 de Noviembre de 2009 - Actualizado a las 09:52h
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CUANDO UNO madruga para llegar temprano a la salida de la Herri Krosa espera encontrar en los vagones del metro con más personas que se dispongan a calentar y trotar por la Gran Vía antes de que ésta se masifique. A las 9.00 de la mañana, cuando aún faltan dos horas para el pistoletazo de salida, cuatro jóvenes se subían al metro en la estación de Berango. Iban envueltos en chándales de telas brillantes y calzaban zapatillas de vistosos colores. Una vez acomodados en sus asientos veían pasar las estaciones mientras taconeaban inquietos, tal vez liberando la tensión de sus músculos para la carrera. Falsa alarma. Los caprichos de la moda han hecho que los amantes del chispún-chispún salgan de fiesta vestidos con la ropa de entrenamiento de Martín Fiz. Los cuatro jóvenes no iban a la Herri Krosa, sino que volvían de dar los últimos coletazos en una discoteca berangotarra.
Lo cierto es que a falta de dos horas para la carrera, por la Gran Vía no había todavía mucho deportista poniendo a tono los músculos. Eso sí, la calle estaba repleta de operarios y voluntarios que ultimaban a todo trapo el montaje de stands, hospitales de campaña, vallados, señalizaciones y todo lo necesario para el buen desarrollo de la prueba. A partir de las 10.00 de la mañana, las bocas de Metro escupían cientos y cientos de participantes. Frente al Palacio de la Diputación iban y venían miles de atletas de todo tipo: “Esto es la Herri Krosa”, explicaba Iñaki Oria, el alma máter de la carrera. “No vamos a descubrir 22 años después que en la Herri Krosa se juntan personas de todas las edades, condiciones y circunstancias”. A medida que transcurría la cuenta atrás para la salida, los atletas se amontonaban en los primeros metros como si se tratase de una manifestación. Los voluntarios de la carrera se tenían que esforzar para mantener intacta la cadeneta humana que formaban en la primera línea. Cuando sonó el pistoletazo de salida comenzó el recital de codazos para conseguir un buen puesto en los primeros metros de carrera. Pasaron cerca de diez minutos desde que el primer corredor atravesó la línea de salida hasta que lo hizo el último.
Para entonces, los atletas más experimentados ya habían recorrido más de tres kilómetros del recorrido. La gran serpiente blanca recorrió las calles bilbainas al ritmo de varias bandas musicales y charangas que hacían silenciar el quejido de los músculos. En esta edición, a pesar del buen tiempo, no se vió muchos corredores disfrazados o equipados con complementos llamativos, pero no faltó colorido entre los miles de participantes. Padres empujando los carritos de sus retoños, atletas trotando con el perro, cuadrillas de amigos... Todos completaron el recorrido. Un trazado fiel al de las últimas ediciones pero que este año pasaba, por primera vez, bajo la alargada silueta de la torre de Iberdrola, el último símbolo arquitectónico de Bilbao que todavía está en construcción.
El más rápido en completar los diez kilómetros fue el alavés Iván Fernández, quien sólo necesitó poco más de treinta minutos y que destronó al corredor que en las últimas ediciones había encabezado la lista de los más de 7.000 ganadores, Josu Amutio. Aparecida Mendes repitió triunfo en categoría femenina. Una hora después llegaba el coche escoba. Como explicó Iñaki Oria, todo el mundo llega a meta “contento y satisfecho, pero cansado, que para eso han corrido la Herri Krosa”. Los participantes le daban la razón, tanto los que repetían como los que la probaban por primera vez. Es el secreto del éxito, la esencia de esta carrera: que es una prueba sin invitados. Una carrera para todos.
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