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Xabier Sáenz de Gorbea - Sábado, 5 de Diciembre de 2009 - Actualizado a las 08:22h
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Ramón Churruca, dentro de una campana de metacrilato. (foto: X. S. Gorbea)
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Bilbao
el arte al margen del sistema está teniendo una presencia inusual. Algo tendrá que ver la concesión de los últimos premios nacionales de Bellas Artes a creadores tan alejados de las instituciones como Esther Ferrer, cuya obra ni siquiera está presente en la colección del bilbaino museo del parque. La creadora donostiarra afincada en París continúa acudiendo allí donde la invitan. Fue el caso de la conferencia-performance que dio el pasado día 2 en la Facultad de Bellas Artes de la UPV. Una magnífica ocasión para conocer de primera mano sus reflexiones al tiempo de percibir unos trabajos que no necesitan de la decantación objetual.
Fue una lástima, pero la exposición Poesía Audiovisual apenas estuvo una semana en el Aula de Cultura de BBK. Al margen de algunos detalles, la propuesta era muy interesante. Junto a una impactante colección de poemas visuales se mostraban vídeos muy personales de Juan Crego, así como imágenes de escenificadas actuaciones de Bartolomé Ferrando, artista valenciano que es un gran divulgador y teórico de la performance.
Son muchos los artistas que no persiguen vivir de su trabajo y trasladan su obra al campo del comportamiento y la actitud corporal. Una experiencia creativa que está llevada hasta el límite de los actos cotidianos. Ignacio Galilea y Carlos Llavata son dos de esos singulares autores. Han traído a Bilbao el número 001 de la revista La Performería. Una presentación en la galería Windsor que resultó impactante e inusual. Los artistas se expresaron con su propio trabajo realizando unas acciones que se vieron secundadas por las de dos de los creadores que colaboran en la publicación: Ramón Churruca y Fausto Grossi.
El espacio había sido preparado previamente. A la entrada, un futbolín con todos los jugadores mirando hacia un mismo lado ironizaba sobre el deporte a la misma hora que se disputaba el partido de Viena. Enfrente un monitor proponía un acercamiento a los objetivos de la revista y mostraba la confección de una portada acribillada por los disparos. Al lado, una peana vacía se convertía en estatua. Podía percibirse igualmente documentación de otro tipo, así como una mesa cuyas patas se introducían en otros tantos baldes. Las revistas se introducían en la galería y llegaban hasta una pared en la que se habían colocado como si fueran cuadros.
La inesperada escenografía sería distorsionada rápida y frenéticamente. Las performances se superponían hasta generar un clímax psicológico que podía ir de la ironía y el humor al sarcasmo y la parodia, desde la acción poética hasta la más brutal referencia política, del caos a la vitalidad de lo medido y controlado, entre la construcción de situaciones y la destrucción de los objetos. Un buen hacer que obligó a los espectadores a ponerse a cubierto cuando Llavata disparó sobre las revistas después de haber estado utilizando la escopeta como instrumento musical. Antes había destruido, con la sola energía de sus manos, la mesa y el campo de juego, un ejercicio destructivo que llevaba aparejado la construcción de recuerdos sobre el lugar. Sin destrucción no hay creación, llegó a decir Wolf Vostell.
En paralelo, Negruri, alias de Churruca, se había encerrado en el exiguo espacio de una campana de metacrilato colocada sobre un alto pedestal. Apenas entraba y sin embargo fue escribiendo textos en unas transparentes superficies que iban cambiando de color según se iba consumiendo el oxígeno, obligando al personal a evitar la asfixia.
Mientras tanto el artista italiano afincado en Bilbao Fausto Grossi instaló una tienda de campaña. Apenas ocupaba la elemental y pura forma de un gran círculo, pero al abrirse se desplegaba y alcanzaba una gran superficie protagonizando una gran discusión con el lugar y con algún otro autor.
Ignacio Galilea propuso una acción lírica y brutal al mismo tiempo. Con el cuerpo cubierto de una masa blanca, marcó el escenario de la acción con un maletín que colgaba de un hilo de pita. Se subió a la mesa y desde allí se embadurnó el pecho y los genitales con el rojo del ketchup y el ácido amarillo de la mostaza, colocándose sobre el brazo desarticulado de un muñeco chino. Al tiempo, fue serrando las patas del mueble hasta finalmente propiciar el estruendo de la caída. Unas impactantes imágenes.
El punto final lo puso Ramón Churruca continuando con su apasionado discurso contra tirios y troyanos. Mientras proponía la alternativa del mundo del cómic, fue mostrando las compras realizadas en el recién terminado salón de Getxo. Creatividad contra el sopor de la rutina.
La serie de acciones constituye un modo apasionado y consecuente de difundir la revista. El impacto de un planteamiento llevado a cabo con notable autenticidad y consecuencia. Arte para la vida y vida para el arte. La fluidez de una propuesta de Fluxus que sigue siendo necesaria.
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