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La creencia de que el siglo XXI estará dominado por la política y la cultura asiáticas tiene fundamento, pero sólo en parte: La prosperidad del planeta va a depender de la calidad de las relaciones entre China y EE.UU. pero no habrá un mundo "post-americano"
Por Gerardo Del Cerro Santamaría - Martes, 15 de Diciembre de 2009 - Actualizado a las 08:05h
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Tras su acercamiento a China, el siguiente paso de Barack Obama podría ser el reforzamiento de la relación con India
SIGLO asiático" es una expresión que se usa para manifestar una creencia: la de que, si las tendencias demográficas y económicas persisten, el siglo XXI estará dominado por la política y la cultura asiáticas de la misma manera que el siglo XIX fue Pax Britannica y el siglo XX ha sido Pax Americana. ¿Tiene algún fundamento esta creencia? Tan sólo en parte. Es cierto que prácticamente todo el crecimiento demográfico esperado entre 2010 y 2100 (de 6.500 a 9.000 millones de personas) va a tener lugar en las ciudades de los países en desarrollo, principalmente en Asia, y es cierto también que seguirá produciéndose un movimiento tectónico de traslación de poder económico del Oeste al Este, como argumenta convincentemente Andre Gunder Frank en su libro Re-ORIENT. Global Economy in the Asian Age (Re-ORIENTE. La economía global en la era asiática). Sin embargo, el siglo XXI no será el siglo del exclusivo dominio asiático ni el siglo de los BRICs (Brasil, Rusia, India, China). A pesar del "ascenso del resto" del que habla Fareed Zakaria en The Post-American World (El mundo post-americano), no va a ser tampoco un siglo post-americano, sino el siglo de un mundo multipolar, con una geopolítica variable en torno a varios grandes centros de poder (Estados Unidos, China, India, Europa) y otros núcleos (Brasil, Rusia) que jugarán un papel más relevante que en el presente, aunque sin emerger como potencias globales. Asia será el continente más favorecido por el nuevo orden, y, con India como potencial aliado de Occidente, las relaciones entre China y Estados Unidos serán determinantes en la evolución geopolítica mundial.
China, además de inequívocas ambiciones globales, cuenta con un sistema político autoritario que le permite imponer un desarrollismo a gran escala sin oposición, aunque necesitará a EE.UU. para seguir creciendo. Los norteamericanos, que se mantendrán como potencia global, tendrán que aprender a acomodar el ascenso chino y Europa jugará también un papel significativo si consigue reducir su división interna y superar su transición al multiculturalismo. Ello requerirá un cambio en la evolución del continente, que desde la Segunda Guerra Mundial ha tratado de responder al reto americano y que a partir de ahora deberá transformarse para intentar ralentizar el llamado ocaso de Occidente y enfrentarse al reto asiático. Por todo ello, vamos a una configuración que recuerda, en parte, a la que había antes del comienzo de la hegemonía europea en el siglo XV, cuando Europa formaba un subsistema de comercio en la semi-periferia de un sistema más amplio dominado desde el Este, como muestra de forma brillante Janet Abu-Lughod en Before European Hegemony (Antes de la hegemonía europea), un clásico escrito hace más de veinte años.
Estados Unidos, que ya está dando pasos estratégicos significativos para tratar de aprovechar el ascenso asiático, dejará de ser la primera economía en términos de output, aunque continuará como eje económico global por medio de su capacidad para idear, diseñar y comercializar modelos, procesos, sistemas y productos, su innegable destreza para la innovación en alta tecnología y la fuerza creativa y emprendedora de sus ciudadanos, acostumbrados a vivir "sin descanso en plena abundancia". Pero los años dorados de EE.UU. (entre 1950 y 1970) no volverán pronto y el país se deberá habituar a compartir poder con otras potencias y a sostener, más que incrementar, una prosperidad que hasta hace poco se daba por descontada. Con todo, la capacidad de consumo de un país grande e integrado económicamente, el impacto global de su cultura popular, su desmedida fuerza militar y su pragmatismo y flexibilidad para reajustar su propia evolución pueden contribuir a que los estadounidenses no pierdan demasiados enteros respecto al lugar privilegiado que ocupan hoy en las relaciones internacionales.
Europa, por su parte, se puede mantener como centro de poder económico gracias al buen nivel educativo de sus ciudadanos y en la medida en que se intensifique su economía de alto valor añadido. El conservadurismo socio-económico europeo necesitará renovarse por medio de una economía basada no solamente en la innovación tecnológica sino, sobre todo, en la innovación institucional y organizativa, que ya empieza a producirse, y en la renovación de las ideas identitarias que rigen la relación del continente con el resto del mundo y con sus propias minorías. Si las tendencias actuales persisten, el modelo europeo de la cooperación y la protección social seguirá siendo un modelo cuestionado y a la defensiva, dependiente de la competitividad del continente y que no se exportará. Por ello (y por su falta de cohesión) Europa influirá de forma posiblemente limitada en los asuntos mundiales.
Con Europa gravitando del centro a la semi-periferia (una posible interpretación de lo que Colombani, Maalouf y Garton Ash, entre otros, han llamado la "decadencia" de Europa), y sin que otros candidatos a gran potencia vayan a establecerse como núcleos de poder global, la trayectoria del siglo XXI quedará posiblemente determinada por cómo se estructuran las relaciones norteamericanas con sus aliados en Asia y, principalmente, por cómo acomoda Estados Unidos el ascenso chino. Algunos han señalado el ascenso de Alemania en Europa como una situación análoga, pero fueron necesarias dos guerras mundiales para llegar a ese nuevo orden. Ni China ni Estados Unidos pueden permitirse una guerra para establecer su futura relación, ni siquiera una guerra fría. La futura prosperidad del planeta va a depender en buena medida de la calidad de las relaciones entre ambos países, y esto es lo que ha venido a reconocer Barack Obama en su reciente viaje asiático. Se puede discutir si éste era el momento adecuado para hacer oficial la nueva política de respaldo estratégico (strategic reassurance) de Estados Unidos con China, que unos ven como un ejemplo del "poder inteligente" de la Casa Blanca y otros como una innecesaria certificación de la dependencia financiera norteamericana. Pero de lo que no cabe duda es de que Washington quiere beneficiarse del ascenso chino y ello requería un acercamiento al país comunista.
La interdependencia de las dos economías más grandes del planeta es ya muy clara. Zachary Karabell, argumentando de forma ciertamente atrevida en su libro Superfusion (Superfusión), señala la necesidad de crear un banco central chino-americano que regule el devenir económico global. Sin atrevernos a tanto, sí conviene recordar que China es el principal tenedor de deuda norteamericana y que el mercado estadounidense es el principal destinatario de productos chinos. A pesar de los litigios en materia de propiedad intelectual y la hasta ahora falta de colaboración para promover el desarrollo africano, China y Estados Unidos comparten la necesidad de articular el comercio bilateral de una manera sostenible y de buscar soluciones a los problemas energéticos globales. También se producirá un desarrollo de acuerdos estratégicos entre empresas de ambos países, aunque por el momento el lado norteamericano prefiere retener el know-how tecnológico que China tan sólo puede aspirar a comprar o copiar. El gobierno Obama sigue comprometido con las energías alternativas y Pekín ha anunciado una ambiciosa agenda de inversiones en ferrocarriles de alta velocidad, investigación en energía solar y reactores nucleares de nueva generación. Ambos países han lanzado oficialmente una iniciativa para establecer un centro de investigación conjunta sobre energía limpia y es posible que otros esfuerzos de cada parte en I+D se combinen en el futuro.
Será interesante observar la reacción europea a estos eventos y, sobre todo, seguir la evolución de las relaciones entre EE.UU. y sus aliados en Asia, y también el curso de las relaciones intra-asiáticas, a medida que el poder chino se acrecienta. Tras su acercamiento al imperio del dragón, el siguiente paso de Barack Obama podría ser el reforzamiento de la relación con la otra gran potencia emergente en el continente, India, más allá de la reciente visita del primer ministro Singh a la Casa Blanca. Ello tendría repercusiones no solamente económicas, posiblemente beneficiosas para ambas partes, sino fundamentalmente políticas. Hay argumentos demográficos y económicos que permiten pensar que, a largo plazo, la verdadera potencia global de Asia podría ser India, una democracia amiga de Occidente. Por ello, no es difícil imaginar que una entente renovada entre Washington y Nueva Delhi generaría cierta inquietud en Pekín.
* Doctor por la New School for Social Research de Nueva York y por la Universidad Autónoma de Madrid
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