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Z. Aldama - Miércoles, 30 de Diciembre de 2009 - Actualizado a las 07:22h
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Refugiados por partida doble (Z. ALDAMA)
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Zigor Aldama
Colombo/Jaffna
L os padres de Sarasi murieron víctimas de la guerra; los de Arjuna se desvanecieron con el tsunami que hace cinco años azotó el Océano Índico; y Chandrasiri sufrió ambas tragedias: a su madre se la llevó la ola gigante del 26 de diciembre de 2004, y al padre lo mataron los guerrilleros tamiles. A pesar de todo, estos tres huérfanos salen adelante: Sarasi con la ayuda de su familia, Arjuna gracias al orfanato que lo acoge, que cuenta con la financiación de Manos Unidas, y Chandrasiri con una combinación del trabajo de ACNUR y el esfuerzo de sus vecinos. Sus historias son el espejo de la situación de la antigua Ceilán, un paraíso natural convertido en infierno por partida doble. La furia de la Tierra y el odio del ser humano se han confabulado para no dar tregua.
Pero nada borra la sonrisa de la pequeña Sarasi, que acaba de cumplir diez años. Posa para este periodista en el momento del día que más disfruta, la ducha a base de cubos de agua. No hay más. La choza de madera que habitan sus tíos, cuyo techo está construido con hojas secas, no tiene ni agua corriente ni electricidad. Es una vivienda temporal que los ha acogido desde hace dos décadas. El tiempo que ha durado el conflicto en la ciudad de Trincomalee, una de las más disputadas por la guerrilla tamil y el Ejército. "Siempre pensábamos que nos mudaríamos al año siguiente, que podríamos conseguir nuestra casa de cemento. Pero ese momento nunca llega", se lamenta Bayya, que ahora hace las veces de padre de familia.
Su hermano, el padre de Sarasi, cayó abatido hace poco más de un año por disparos cuya procedencia todavía se desconoce. La madre fue violada y degollada por los soldados, que acusaban a su marido de colaborar con los insurgentes. "Da igual, todos tienen alguna razón para matar a alguien. Y, si no, se la inventan", explica el tío de la pequeña, que todavía no sabe de la muerte de sus progenitores. "Es mejor así, que piense que están trabajando en la ciudad y no sienta rencor. Su futuro pasa porque pueda continuar con sus estudios para escapar de esta pesadilla".
Es lo mismo que sostienen los responsables del orfanato en el que Arjuna vive desde que el tsunami se llevó por delante la casa que habitaba. Y a sus padres. Él se salvó porque estaba de camino al colegio. A sus 14 años, entiende perfectamente lo sucedido, y todavía sufre consecuencias psicológicas. "No puede conciliar el sueño, tiene pesadillas, y su concentración ha disminuido de forma importante", comenta la directora del centro que, a pesar de contar con el apoyo de Manos Unidas, dispone de pocos medios. Él, sin embargo, se muestra positivo, y trata de relativizar la situación. "Aquí me cuidan bien, y quiero prepararme para ir a la universidad y trabajar en Colombo (la capital del país, y la ciudad más cercana)".
A medio camino entre Sarasi y Arjuna, o quizá al final de ambos caminos, está Chandrasiri. Él ha sufrido los dos dramas que han castigado a Sri Lanka. Primero, su familia tuvo que desplazarse a un campo de refugiados de ACNUR en la península norteña de Jaffna debido a la guerra civil. Con la mala suerte de que el tsunami lo devastó cuando Chandrashiri tenía cinco años. Su madre quedó gravemente herida y perdió la vida pocas semanas después. Su padre, cingalés, había muerto a manos de los Tigres Tamiles cuando él sólo contaba tres años.
Afortunadamente, primero el ACNUR y luego los vecinos, han cuidado de él. Pero ya no sonríe. Su mirada no coincide con su edad. Tiene miedo. En cuanto ve la cámara se esconde detrás de la pierna de un tamil que lo acoge como a su propio hijo. Y eso que él ya tiene cuatro y la carga añadida supone un importante esfuerzo económico. "Nos tenemos que ayudar los unos a los otros. Los dioses nos han condenado a vivir esta vida, pero si superamos las pruebas saldremos reforzados". Parece imposible, pero lo cierto es que nadie pierde la esperanza de ver una Sri Lanka en paz.
Colombo/Jaffna. Gobernaban un estado de facto independiente, delimitado por unas fronteras más o menos reconocidas que abarcaban un tercio de la superficie de Sri Lanka, y contaban con ejército propio, fuerza aérea incluida. Incluso habían redactado un código penal diferente. Sin embargo, los Tigres para la Liberación de la Tierra Tamil (LTTE) eran considerados una organización terrorista por casi todos los países del mundo, y su final no ha podido ser más trágico.
Después de 25 años de una guerra civil que ha dejado más de 70.000 muertos, este año el Ejército ha acabado de raíz con la insurgencia de la etnia tamil. Todos sus líderes fueron abatidos en mayo como culminación de una operación militar relámpago de la que poco se ha sabido.
Ningún periodista, incluido quien escribe estas líneas, consiguió acceder a la zona de los combates, y sólo se supo de la carnicería por los vídeos y las imágenes que la propia población conseguía distribuir a través de internet. Se produjo el éxodo de 250.000 personas a las que sólo pudieron atender las agencias de Naciones Unidas y Cruz Roja Internacional. Ambas organizaciones lanzaron un SOS a la comunidad internacional para que detuvieran la masacre, pero fue en vano.
Quizá el Gobierno, de mayoría cingalesa y budista, haya conseguido acabar con los Tigres de Tamil, hinduistas, pero el país sigue, y seguirá, dividido. De hecho, en el horizonte no se vislumbra optimismo alguno, y crece la sensación de que se repetirá la situación de marginación de la minoría tamil que llevó a la fundación del LTTE. No obstante, el Ejecutivo ha hecho varias promesas para que no cunda la desesperanza: se establecerá algún tipo de autonomía en el territorio que antes gobernaban los insurgentes, y se modificará la Constitución para garantizarles derechos adicionales. Pero siete meses después del brutal fin de la guerra, no se ha materializado ninguna de las buenas intenciones. Y quien sufre las consecuencias, como de costumbre, sigue siendo la depauperada población civil.
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