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Behatokia: Por Josu Montalbán

El obispo de San Sebastián

La llegada de Munilla a la Diócesis ha despertado voces políticas. Todo ha resultado surrealista, pero si la catedral del Buen Pastor no fuera un búnker, habría escuchado otras voces que pedían compasión y generosidad. ¡Que su Dios le proteja!

Por Josu Montalbán, * Diputado del PSE-EE - Martes, 26 de Enero de 2010 - Actualizado a las 07:25h

La Iglesia se cierra en las iglesias a cal y canto para no escuchar la voz de la calle. Debieran abrir la puerta del templo a quienes reclaman su responsabilidad

PUES sí, voy a escribir sobre Munilla después de que la vorágine ha sido pacificada por el paso del tiempo. Para analizar un hecho concreto es preciso que haya acontecido. La razón por la que voy a opinar sobre el nombramiento de Munilla son las consecuencias que ha acarreado fuera de las murallas de esa Iglesia que suele mostrar su humildad con estridencia. Así lo ha hecho Munilla: "Me presento ante vosotros pobre y humilde". Es la estridencia de los acontecimientos lo que me lleva a opinar sobre esta institución que aún me cuenta entre los suyos únicamente porque fui inscrito cuando sólo tenía un día de vida y aún no he apostatado porque sé las dificultades que conlleva y, además, porque no quiero perder el tiempo en gestión tan baldía. ¿Debería omitir mi opinión, incluso evitar tal atolladero? En esas estaba cuando los periódicos me han bombardeado con un ramillete de páginas que informan, controvierten, especulan y glosan al ciudadano Munilla, a la vez que obispo. Si no fuera porque la sociedad vasca ha abandonado las discusiones mundanas (hasta parece que la crisis haya desaparecido estos días) para introducirse en los devaneos del espíritu, utilizando los instrumentos de nuestro día a día, el asunto debiera ser cosa de fieles, feligreses o como quieran llamarse. Únicamente de ellos.

Munilla es un vasco como cualquier vasco. De Zumarraga. Y un español como cualquier español. De Zumarraga. Pero ha parecido que no, porque Egibar ha dicho que "su nombramiento es una operación política que pretende difuminar el hecho diferencial vasco". Y Alfonso Basagoiti anunció que no asistiría a su toma de posesión para "no dar el gusto al PNV" de que su presencia "pueda ser utilizada para decir que es un obispo del PP". Parece que la religión y la fe en que se sustenta el catolicismo en Euskadi no tiene que ver con el ecumenismo en que se inspira, salvo que tal deba ceder ante los hechos diferenciales allí donde éstos se proclaman. Y parece que la derecha española se cree la gran defensora de las esencias de la fe universal, también aquí donde el nacionalismo vasco ha querido hacer de las iglesias uno de sus altavoces. ¿Dónde dejan al resto de los fieles, los no adscritos a ideologías y únicamente entregados al ejercicio de la búsqueda de la fe? ¿Por qué se empeñan en dar a entender que los campanarios repican a los suyos, y no a todos, ahora que se discute en algunos lares sobre la nefanda utilidad de los minaretes?

Todo ha resultado ser algo surrealista. La lectura se ha quedado en la superficie, la interpretación de los hechos no ha pasado de la espuma. Desde que el obispo Blázquez fuera recibido en Bilbao el hecho diferencial en su aspecto religioso no ha hecho más que resentirse, quizás por la errónea disposición de las direcciones nacionalistas a aceptar únicamente obispos o auxiliares que fueran más nacionalistas que vascos. Si entonces se habló del tal Blázquez como algo despectivo, tampoco se acogió de buen grado a monseñor Iceta aunque llegara precedido de un currículo admirable. La llegada de Munilla ha sido la gota que ha colmado el vaso. Y digo yo, ¿por qué no se ha convocado una manifestación de protesta en la que los fieles católicos mostraran sus reticencias ante el avasallamiento? La Iglesia, que no duda en convocar concentraciones en contra del Gobierno socialista, y admite que acudan a sus citas muchas más personas que las que acuden a sus templos a cumplir con su mandamiento primero ("Oír misa entera todos los domingos y fiestas de guardar"), debería democratizar sus estructuras para que sus fieles fueran capaces de protestar sin miedo. Claro que la venganza divina siempre se ha mostrado más implacable que la humana. Quizás por eso no lo hacen, no en vano es el malcarado Rouco el que maneja la espada de Dios.

Si la catedral del Buen Pastor de San Sebastián no fuera un búnker, como son todos los templos, Munilla habría escuchado las voces de los homosexuales y lesbianas que voceaban en la calle para que, más que la humildad, mostrara compasión y generosidad hacia ellos, a los que en alguna ocasión había considerado inadaptados sociales y enfermos. Pero la Iglesia, como institución, se cierra en las iglesias a cal y canto para no escuchar la voz de la calle. Quienes resaltan los siete minutos ininterrumpidos de aplausos que le dedicaron los fieles reunidos allí, debieran tener en cuenta la escasez de aquel gentío en relación con todos los que podrían haber acudido y atiborrado no sólo el interior del templo sino también los alrededores. Y deberían comparar los siete minutos con las horas que permanecieron en las afueras del templo quienes reclamaban la generosidad que les había negado.

Debieran abrirse las puertas de los templos a las voces que reclaman su responsabilidad. Y permanecer abiertas, noche y día abiertas, a los amigos de Jesucristo que, si ahora viviera, no serían siquiera las autoridades democráticamente elegidas, sino los desheredados de la Tierra, los pobres, los hambrientos y los sin techo. Debieran abrirse más, precisamente ahora que se ponen verjas para cerrar los pórticos de las iglesias y, de ese modo, evitar que se tiendan a dormir en ellos los pordioseros, esos mendigos que tradicionalmente han vivido reclamando sus limosnas "por el amor de Dios".

Ya se ha cerrado el capítulo Munilla en la Iglesia vasca. También en la sociedad vasca. ¿Alguien tiene ahora algo que achacar al obispo Blázquez? ¿Saben los fieles católicos vizcaínos, salvo unos pocos, qué hace Iceta? Ocurrirá lo mismo con Munilla que, como Iceta, son también fieles a algo muy importante del hecho diferencial vasco, por más que le pese a Egibar: ambos son nacidos en Euskadi y ambos hablan euskera. Munilla quiso restar importancia a los halagos y a las críticas. Recordó la entrada de Jesucristo en Jerusalén, sobre un burro, y consideró absurdo que quienes mostraran su opinión lo hicieran mediatizados por el circunstancial burro en lugar de hacerlo por el esencial Jesucristo: "La moraleja es obvia, concluyó, el misterio de la Iglesia sólo cabe vivirlo desde la fe, cualquier otra cosa nos conduciría a la manipulación y las malas interpretaciones". La verdad es que Munilla no acudió solo: traspasó las murallas a pie, sin burro, pero acompañado por el poderoso nuncio Frattini y por el conspicuo -eso sí, con semblante de conspirador permanente- Martínez Camino. Porque también se trataba de mostrar la fortaleza, y no precisamente la de ánimo. En su álbum de fotos conservará con la ilusión propia de los triunfadores los instantes que certificarán su gloria. Le hubiera convenido que fueran menos los fotógrafos. Quizás uno solo, si fuera posible un amigo bien aleccionado que hubiera obviado algunas situaciones, por ejemplo la de la introducción de la hostia en la boca de la presidenta del Parlamento Vasco, con sus propios dedos. Por antihigiénico, por anquilosado, por extemporáneo, por arcaico, por viejo…

Y bien, a pesar de todo, deseo que tenga suerte en la gestión de su diócesis. Tengo claro que la Iglesia se sirve, en este mundo, de frases tan contradictorias como la de Jesucristo cuando advirtió que "mi reino no es de este mundo". El anhelo de ser eternos, de vivir sin límites, aquí o allá, sólo obedece al impulso irracional de quienes primero inventan (crean) un dios, para desafiarle después y querer ser como él. ¡Que su Dios le proteja! ¡Suerte!.

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