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DEIA es testigo de la puesta en libertad condicional de un preso de Santurtzi condenado por un robo con violencia y le acompaña para compartir con él la ilusión y el vértigo con que afronta su nueva vida
Arantza rodríguez - Domingo, 14 de Febrero de 2010 - Actualizado a las 08:17h
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"La prisión es un poco amargada, siempre la misma monotonía: en el patio de nueve a dos y de cinco a ocho y lo demás, en el "chabolo", chapado", resume este recluso vizcaino que acaba de salir del centro penitenciario de Langraiz siendo "un poco mejor persona", dice, que cuando entró. (foto: Zigor Alkorta)
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Langraiz
Le gustaría celebrar su libertad comiéndose un buen chuletón, pero le faltan dientes que hincarle. Es lo que tiene la droga. Que arrampla con todo. Y no sólo mella el rostro. También el historial familiar. Hijo de heroinómanos, este treintañero avejentado de Santurtzi creció visitando a su padre en la cárcel y acabó, esnifándose su estela destructiva, sentado al otro lado del locutorio. Recién estrenada la condicional, con su sonrisa mutilada, agradece sincero su paso por la prisión de Langraiz. "Si te digo la verdad, me ha venido de maravilla, porque he dejado la cocaína. Si no, estaría muerto", sentencia.
Cristo es mi lumbrera. La confesión, garabateada sobre el gotelé amarillo del puesto de control, atrae la mirada de quien -un ojo en el reloj, otro en la puerta- desespera. Es día de permisos y el trasiego de presos, con sus hatillos de bolsas de basura, es mayor del habitual. En el tablón de anuncios un folleto sobre la gripe A se antoja un chiste a la salida de un penal. Protéjase y proteja a los demás, reza. Ja. Dos horas y media después de lo previsto, sin desconchados en la pared que escrutar, el recluso, por fin, deja de serlo. Empuja la puerta y respira aire fresco. Cumplirá el año y medio largo que le queda de condena, por un robo con violencia del que casi ni se acuerda, en libertad.
"LLAMAR AL VIEJO" Afanado en ocultar su exclusiva chupa tuneada para que no le reconozcan en el barrio, decide disfrazar, bajo el nombre de David, su verdadera identidad. "Tengo que llamar al viejo y decirle que he salido ya", planea. "Está muy contento porque sabe que puede darme 50 euros y no me voy corriendo a pillar droga. Eso le da un gustazo que no veas", presume orgulloso, antes de montarse en el coche y toparse con una moneda en el asiento de atrás. "Toma, cincuenta céntimos", dice extendiendo la mano. No es un gran botín, pero sí un gran gesto que hace esfumarse la desconfianza que a priori suscita cualquier extraño, máxime si acaba de salir de prisión.
Abierto como un librillo de fumar, desnuda una adolescencia madurada a baquetazos. Expulsado del colegio, si lleva una lección tatuada en la memoria es la de que la heroína mata. "Mis padres toman metadona y mi tío murió de sida. Yo estuve sin levantarme de su lado. Me pidió un vaso de agua y cuando fui a llevárselo, ya se había ido. Fue muy duro, yo tenía trece años", relata. A los quince huyó del faldón protector de su abuela, atraído por la casa sin ley paterna. "No me ponían hora para llegar. Ellos estaban consumiendo y se hacían cargo, pero sólo de la comida", dice sin ánimo de reprocharles nada. Las pastillas, el hachís y el speed edulcoraron su amarga existencia hasta que su padre le intentó hacer recapacitar. "Salía los jueves, iba un día a casa a ducharme y cambiarme, y volvía los domingos. Metí la gamba porque empecé a no pedirle dinero y dijo: Éste tiene que estar haciendo algo. Cuando se enteró, me puso las pilas, menudas hostias me metió".
Enganchado a la cocaína -"primero por la nariz, luego fumada"- abrió un bar, pero se le fue "a pique porque consumía más que ganaba". Así que optó por continuar con el negocio familiar. "Hice algún robo que otro, pero lo que más, tráfico de drogas". Lo mismo que llevó a la celda a buena parte del clan. "Mi padre también estuvo en Nanclares. Mi padre, mi madre, mi tía, mi tío, mi otro tío, mis primos...", hace recuento. Él también terminó entre rejas porque un día se le fue la mano. "Estaba todo colocado y me hice unas tiendas. La tía en el juicio dijo que la había agredido y me metieron cinco años y medio".
"No te puedes dejar pisar" Si algo tiene de bueno vivir en un entorno marginal es que en prisión siempre te encuentras con algún colega. A David los suyos le salvaron, recién pisada la cárcel, de que le robaran "unas zapatillas buenas". De haber estado solo, dice, "habría tenido pelea porque no te puedes dejar pisar. Es mejor tener movida y que te rompan la cara porque como vean que te acojonas te cae todo, como en la mili". Y en la cárcel, advierte, no se andan con chiquitas. "A uno no se lo llevaron por delante porque era un pincho taleguero y la hoja se dobló. A otro le metieron un bandejazo y le hicieron una brecha de diez puntos en la cabeza". Pero todo eso ya es historia.
Ojeroso -"no he dormido en toda la noche de los nervios"-, afronta un futuro, que a otro le daría pánico, con ilusión. No en vano ha conseguido trepar por el pozo y asomar, por fin, la cabeza a ras del suelo. "Estoy supercontento de estar en la calle, de ser uno más. Antes robaba para la cocaína y ahora no la quiero ni ver. Estoy pagando lo que tengo y no quiero nada más", afirma.
Aficionado "a las pistolas y las motos", entre rejas hizo sendos cursos de pintura y albañilería, pero su sueño sería trabajar en un taller. "Yo sabía la mecánica de antes, de probar el coche y saber por dónde suena, pero ahora con la electrónica es un rollo. De eso sí que no tengo ni idea", confiesa. No obstante, no se da por vencido. "Abriré la lonja y les diré a los amigos que si quieren cambiar algo, me digan a mí".
Consciente de que es época de vacas flacas -"me da un poco de vértigo porque no hay trabajo"-, David cuenta con el colchón de su abuela. "Me ha dicho: ¿Te vas a poner a trabajar? Abuela, sí, voy a cambiar toda mi vida. Vale. Entonces, te daremos dinero hasta que encuentres trabajo". También deberá someterse, de vez en cuando, a control. "Tengo que ir al módulo de Santurce a hacerme analíticas para que vea el juzgado que sigo limpio", explica.
Camino del piso de acogida, donde ha disfrutado del tercer grado en Gasteiz, confiesa que le gustaría "formar una familia", aunque no tiene con quién. "Lo dejé hace dos semanas con la chavala. Sus amigos y mis amigas son con derecho a roce, así que ya no estamos", zanja. En las escaleras del portal se despide de Valentín, uno de los educadores de la Comisión Antisida de Araba, que gestiona el servicio. Ya en el piso, un recluso que peina canas le desea "buena suerte", mientras Leire, otra educadora, insiste. "Cuídate, cuídate mucho". David le entrega sus llaves. Ya no las necesita. Se va a vivir con su padre.
De nuevo en el coche, rumbo a casa, piensa en los colegas. "A ver qué me tienen preparado", le da vueltas, acostumbrado a que le tomen el pelo. "Cuando vamos de fiesta, me dicen: Qué, ¿te se cae mucho el jabón cuando estás en la ducha? Digo: Yo no uso jabón de esos, uso gel y lo dejo bien puesto". Sus amigos no son los únicos cegados por los tópicos. "Mi hermano la primera vez que me vio me dijo: Tato, ¿pero no vas con un buzo naranja? Le digo: Anda, anda, no veas tantas películas, que te voy a darte. Mi hermano tiene quince años, entrena al fútbol. Es éste", muestra una foto en la cartera. A su hermana, de nueve años, le dijeron que David estaba en un hospital. "A los dos les digo que se metan en los libros, que no hay futuro en esto".
Por fin en Santurtzi, de pie sobre el asfalto, alza la vista hacia unos humildes bloques de viviendas. "Sé que no me voy a hacer rico trabajando, pero sobrevivir mes a mes, sí voy a tirar", piensa en voz alta, como si quisiera convencerse a sí mismo de que nunca más pisará una celda.
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