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Lamiako inicia su camino hacia la modernidad

El adiós de un barrio centenario

Comienzan el derribo de 169 viviendas del siglo XIX

Diego Artola - Lunes, 1 de Marzo de 2010 - Actualizado a las 07:30h

El bloque de viviendas sociales de Pikueta inició la cuenta atrás a la transformación del barrio hace 6 años.

El bloque de viviendas sociales de Pikueta inició la cuenta atrás a la transformación del barrio hace 6 años. (FOTOS: DIEGO ARTOLA)

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LAMIAKO actualiza su historia a marchas forzadas con el paso inexorable de las maquinarias pesadas. Su estampa anacrónica de hace dos siglos cae como un castillo de naipes entre el torbellino frenético de las excavadoras. El barrio salda cuentas con la historia y penetra abruptamente en la modernidad para escapar de su retroceso. El pasado desaparece con la demolición de las 169 viviendas que vieron nacer a la barriada obrera.

El barrio asiste a la defunción con un extraño sentimiento de alegría con sonrisas extraídas de un bombo de lotería. No hay lágrimas por el difunto que se desvanece irremediablemente y dejará de existir en apenas unas semanas. "No podemos hablar mal cuando hemos mejorado tanto", sentencia castizo Mariano Otal, al que le asiste medio siglo de vida en el barrio, para resolver el dilema entre los recuerdos perdidos y la comodidad ganada en el masivo realojo de 127 familias.

El Ayuntamiento de Leioa ha decidido borrar las últimas secuelas del pasado industrial que dejó el característico poso de la explotación laboral de la época: infravivienda y hacinamiento de la población. El desembarco de la primera fábrica en 1890, Vidriera de Lamiako, inició su transformación fabril, que convirtió al barrio en el primer núcleo urbano de Leioa.

Paradójicamente, la regeneración acerca al barrio a su mismo origen, destinado al esparcimiento de las clases pudientes. Las antiguas marismas acogieron un polideportivo exclusivo con hipódromo y campo de tiro que sirvió de anfitrión de los primeros partidos del Athletic.

El Ayuntamiento ha planificado un barrio residencial con la sustitución de las últimas fábricas por zonas verdes y paseos. Sin embargo, la mejora del barrio ha sido lenta, presentando como hito principal el traslado de las vías del metro que arrinconaban las viviendas contra el monte. La cuenta atrás de la transformación se inició en 2004 con la construcción por parte del Gobierno vasco de un primer bloque de 112 viviendas sociales en Pikueta.

A pesar de este maquillaje, los vecinos han tenido que adaptarse a las precarias viviendas construidas a contrarreloj para acoger la avalancha de mano de obra que abastecía a este enclave industrial. Sus propietarios se toparon con una distribución surrealista en la que algunos pisos presentaban el aseo en plena cocina.

Los pisos se caracterizaban por su agobiante estrechez física con hasta tres dormitorios incrustados en superficies de 40 metros cuadrados. La mayor parte de las viviendas carecían, hasta el día de hoy, de las comodidades básicas como un sistema de calefacción. Sus moradores se atrincheraban en las estufas eléctricas frente a las humedades que se colaban por la estructura de madera.

El Lamiako de última generación ha puesto su primera piedra en Txopoeta, el extremo más cercano al centro de Leioa a través del nuevo Bulevar de Udondo. Un bloque de 161 VPO ha atraído al grueso del vecindario, las 144 familias con derecho a realojo por su residencia en el barrio. Los viejos bares de antaño, como el mítico Menoyo, punto de encuentro de los vecinos, se reencarnan en espaciosas cafeterías de decoración moderna.

La construcción evidencia los profundos efectos de la operación de cirugía urbana, dirigida desde hace más de una década por el Ayuntamiento con una inversión de 30 millones de euros asumida por el sector privado. La zona incorpora el diseño estético del centro, con espacios de juegos y aceras anchas.

Sin embargo, en el ambiente flota la rotundidad de un cambio histórico difícil de asimilar. Sobre todo, por la precipitación final de los acontecimientos tras largos años de tediosas tramitaciones administrativas. "El Lamiako de siempre desaparece, ya no va a ser lo mismo", asume Mariano con un puntillo de nostalgia.

La punzada aparece entonces irremediablemente en su rotundo rechazo a presenciar la desaparición de los espacios que conforman su recuerdo. "Mejor ni ver el derribo de mi casa. He tenido la suerte de perderme la del bar Menoyo dónde he pasado mucho tiempo. Todo esto forma parte de nuestra vida", apunta.

La demolición se vive en el vecindario en un torrente de sentimientos contradictorios. Existen un claro contraste entre las personas que contemplan las operaciones cámara en mano y los que preparan su ausencia. En el barrio se extienden los lamentos como una coletilla lanzada de oficio con una cierta desgana. "Da un poco de pena, ¿verdad?", comentan unas vecinas.

Esa misma morriña empuja a los vecinos a un peregrinaje diario al Lamiako levantado en el último cuarto del siglo XX, cuyo estado de conservación le ha librado del derribo. En su camino hacia la plazoleta frente a la estación de metro, que cobija a un puñado de bares de toda la vida, Mariano enumera con nombres y apellidos a los vecinos pendientes del derribo.

"Esto es una gran familia, todos nos conocemos y hemos estado muy unidos pese a las discusiones que se hayan tenido", destaca. En el trayecto se encuentra con Francisco Romero, antiguo albañil, que trabajó de joven en la calle Mayor de Areeta. El encuentro sirve para exteriorizar sin palabras la buenanueva de su suerte. "Vine de Extremadura recién licenciado del servicio militar porque aquí había trabajo", relata con una sonrisa en los labios. Su llegada se selló con el desembolso de 200.000 pesetas en la compra del piso. "Las viviendas eran baratas aquí", recuerda.

La consolidación del nuevo Lamiako será dura para los residentes que se mantienen en las viejas viviendas a la espera de las nuevas construcciones. Sus bloques aparecen como islotes en medio de un mar de derribos que deja solares desangelados. "Está quedando como un adefesio, pero para construir hay que derruir primero", concede Mariano.

A su lado permanece Santiago Lázaro, que representa la otra cara de la moneda, los que se han quedado fuera del reparto de vivienda nueva. "Estoy contento porque les veo bien a mis amigos y familiares, pero yo me he quedado con la miel en los labios", reconoce en un alarde sincero de envidia sana que no trata de disimular.

Por este motivo, reconoce que "firmaría de cabeza" encontrarse en la situación de los afortunados. Quien peor lo pasa es su hijo pequeño de 10 años, Danel, que se ha quedado sin amigos de la noche a la mañana. "Se le ve tristón. Me dice: "aita, se han ido todos"", apunta.

El nuevo Lamiako de diseño asoma con las primeras 50 viviendas libres construidas en el extremo más próximo a Getxo, con el reclamo comercial de la cercanía a Areeta. La transformación concluirá en los próximos años con la construcción de 270 viviendas libres en los solares vacíos de hoy. "Igual vienen hasta pijos", bromea Mariano.

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