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Alain Laiseka - Sábado, 6 de Marzo de 2010 - Actualizado a las 08:10h
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(DEIA)
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BILBAO. "Es que", se esfuerza por ser lo más explícito posible José Luis Arrieta, presidente de la Federación Vasca de Ciclismo y delineante año tras año del trazado de la Vuelta al País Vasco, "si pones el primer día una crono o un final en alto exigente, como he visto en otras vueltas de una semana, corres el gran peligro de que venga alguien, meta a todos un minuto y te fastidie la carrera, como en aquella Vuelta a Burgos en la que pusieron una vez la subida a Neila el primer día y ocurrió que las diferencias fueron tan grandes que la prueba perdió el interés durante el resto de la semana". Así de claro se explica el apego de la única vuelta vasca del calendario al esqueleto permanente sobre el que cuelga un recorrido -etapas nerviosas en las que se escurre algún segundo, una jornada montañosa que reduce el ramillete de favoritos a una decena de corredores y una crono decisiva el último día- que sólo la pasada temporada vio alterada su fisionomía por la obligada fusión con la Euskal Bizikleta y la irrupción -lógica, sin duda- de la tradicional etapa del Santuario de Arrate, que enriquece, por otro lado, una vuelta sublime en prestigio pero carente históricamente de una montaña referente, un lugar de peregrinaje ineludible para la irreductible forofada vasca, sus bicicletas, sus bocatas de tortilla, sus botas de vino, su aliento insondable desde la cuneta. Repite patrón la 50ª edición de la Vuelta al País Vasco, que se disputa del 5 al 10 de abril próximo: un trazado encariñado con la fórmula de la incertidumbre, la del éxito, y un ciclista a derribar, Alberto Contador.
El chico de Pinto asimila con facilidad incomparable la inestable orografía vasca y su capacidad para rematar el trabajo en la crono final, siempre exigente, le hace prácticamente indomable. La Subida a Arrate no hace más que allanar el camino al mejor escalador del mundo. La cima eibartarra, que se aposenta en su ubicación definitiva, pues se subirá en ésta y en las próximas ediciones en jueves -lo que hace desvanecer la posibilidad, al menos en un futuro cercano, de que la meta del santuario sea el epílogo de la ronda vasca- vuelve a ser este 2010 el punto de inflexión de carrera. Lugar de asalto para los livianos y de resistencia para los musculosos. Nada definitivo, de cualquiera de las maneras. Salvo batalla monumental, algo desterrado del ideario ciclista moderno, más táctico, más encorsetado.
Cuando uno habla de refriegas legendarias, tiene que retrotraerse, ineludiblemente, al siglo pasado. En el recuerdo dormita, por ejemplo, aquel día de la Vuelta al País Vasco de hace quince años en el que Manolo Saiz ordenó a Laurent Jalabert y Alex Zulle incendiar la carrera. Lo hicieron en un lugar inopinado, un pequeño repecho robado a la montaña en la margen izquierda vizcaina. Putxeta es un símbolo. De improvisación, de clarividencia táctica, de osadía, de ciclismo pasional. A esa insufrible estrecha lengua de asfalto volvió la ronda vasca en 2005. No fue lo mismo. No hubo fuego. Ni cenizas. Quizás esta vez, en la primera etapa que amanece y muere a orillas del Cantábrico, en Zierbena, vuelva a recuperar su dimensión mitológica. Se sube Putxeta ese día. Dos veces. Pero su verdadera dureza estriba en la prolongación del esfuerzo allí derrochado. A Putxeta le siguen la aproximación al polígono del Campillo y, más sugerente, la subida a La Reineta. Se hará por dos lugares. En la primera pasada, por un tramo recién asfaltado que conduce hasta la Arboleda por una carretera ancha, de un porcentaje continuado en torno al 7% y cerca de cuatro kilómetros de longitud; en la segunda, el asalto a la montaña se hará por una ruta más antigua, que ya se abordó en 2005 en la etapa que David Moncoutie le ganó a Aitor Osa en La Lejana, de mayor porcentaje y más estrecha que concluye en el alto de Las Calizas, a sólo 18,7 kilómetros de meta en los que se alcanza la cima de La Reineta, se desciende hasta Trapagaran y se afronta luego un callejeo inquietante por Portugalete y Santurtzi hasta desembocar en Zierbena, puerto final.
"Es una etapa nerviosa, similar a la de Ataun del pasado año. Para que llegue un grupo no muy grande, pero sin apenas diferencias", explica Arrieta, quien muestra su predilección por una carrera desenfrenada, desmarcada del férreo control de un bloque poderoso y en la que se alternen los líderes. "Lo mejor, uno distinto después de cada etapa", dice.
En ese ambiente de indefinición se maneja de maravilla Samuel Sánchez, el líder de Euskaltel-Euskadi que aguarda en Francia a que arranque mañana la París-Niza, su primer gran objetivo de la temporada. "Pero en teoría, es en la Vuelta al País Vasco donde tiene que alcanzar su mejor momento en esta primera parte de la temporada", traza Igor González de Galdeano, manager del conjunto naranja. "A Samuel el recorrido de la Vuelta al País Vasco, que en las últimas ediciones no ha cambiado mucho, ni falta que le hace porque le funciona estupendamente, le va muy bien. La época, los trazados nerviosos... A todo eso se adapta perfectamente". Conoce el campeón olímpico, además, al milímetro, mejor que nadie, las carreteras vascas. No es la desorientación un obstáculo, pese a que no participase el asturiano en la edición de hace dos años, la primera que ganó Contador, que tuvo su colofón en Orio con dos etapas que se recorrerán casi calcadas en esta ocasión.
El repecho del Dike Porque tras las llegadas a Viana, donde firmó David Herrero la última victoria de etapa vasca en 2008, Amurrio y Arrate, finaliza la Vuelta al País Vasco en Orio con la reedición de la polémica, por estrecha y desalmada, -"Para cabras más que para ciclistas", protestan sus detractores-, subida a Aia y la llegada a la localidad costera por el alto de Txanka, en cuya bajada se astilló aquel mismo año el ciclista de Rekalde. La crono decisiva esconde la última sorpresa de la carrera. Es igual a la de hace dos años, pero tiene dos kilómetros más, un pequeño desvío en el que se afronta el descomunal repecho del Dike.
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