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David Díez Guinea murió en la prisión de Valdenoceda, convertida en un tiempo en un campo de exterminio
deia - Domingo, 7 de Marzo de 2010 - Actualizado a las 08:09h
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Acto de entrega de los restos en el Ateneo de Madrid. (Foto: deia)
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Bilbao. Ayer, en un acto celebrado en el Ateneo de Madrid, la Agrupación de Familiares y Amigos de Fallecidos en la Prisión de Castigo de Valdenoceda entregó a sus familias los restos de 15 presos que permanecían enterrados en aquella localidad del norte de Burgos, entre ellos los de David Díez Guinea, de la localidad vizcaina de Orduña.
Valdenoceda alojó, desde 1938 a 1943, una de las prisiones de castigo más duras de la época de la posguerra. Se tiene constancia documental , a través del Registro Civil, del fallecimiento en el interior de la prisión de al menos 153 personas. Esas 153 personas fueron enterradas por sus propios compañeros en un solar, propiedad de Instituciones Penitenciarias que, en 1989, pasó a formar parte del Cementerio Parroquial. Los nuevos enterramientos de vecinos del pueblo se realizaron, desde ese año, 1989, sobre los de los presos.
Allí eran trasladados presos de toda España, víctimas de la represión, juzgados por cualquier motivo y condenados, paradójicamente, en la mayor parte de los casos, por adhesión a la rebelión. Por la cárcel, convertida con el tiempo en un auténtico campo de exterminio, pasaron un total de 5.834 personas. El edificio, compuesto de tres plantas y con capacidad para menos de 300 personas, llegó a albergar a casi 1.600 presos de una sola vez, 5 veces su capacidad máxima.
La mayor parte de los presos fue trasladada hasta Burgos en tren. El traslado se realizaba en vagones de ganado, durante días, sin comida y sin agua. Los presos eran encerrados en esos vagones, que a veces se estacionaban en vías muertas a pleno sol, y se veían obligados a realizar sus necesidades en el interior del vagón. Ya en la prisión, sin apenas comer, el hambre, el frío invernal y los insectos provocaron la muerte de los presos, que fallecían, según consta en los certificados de defunción, de "colitis epidémica".
A las malas condiciones de vida y al hambre se unían los castigos físicos y cualquier mal comportamiento (no levantar el brazo para entonar el Cara al sol, moverse durante la formación a filas, fumar sin autorización,…) suponía el traslado a la celda de castigo, un antro situado en los sótanos, siempre inundado, lo que obligaba al preso a permanecer quieto, helado de frío y con el agua al cuello.
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