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¿Un instituto con el 50% del alumnado inmigrante sin ser un gueto? Sí, está en Astrabudua y es el ejemplo de que "integración" es más que una palabra
Idoia alonso - Domingo, 14 de Marzo de 2010 - Actualizado a las 08:21h
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Alumnos en un colegio. (A.L.)
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Bilbao
Son las 08.30 horas. La sirena trona en los pasillos de un instituto. Una corriente de hormona adolescente se dirige con paso remolón a la primera clase del día. Denteroso rumor de zapatillas deportivas y repiqueteo de tacones inquietos. Mochilas, chándales de Nike y minifaldas que desafían el recato. Un balón sin dueño golpea un cristal, mientras una sombra dobla la esquina. Ojos legañosos y miradas cinceladas con eyeliner. Ésta es una escena habitual a la entrada de cualquier instituto de Euskadi. Sin embargo, en este hay algo distinto. Al principio es imperceptible, pero pasados unos minutos es algo imposible de ignorar.
Entre el barullo sobresalen acentos del otro lado del Atlántico que saben a Bolivia, Ecuador, Colombia, Brasil... Hay muchos ojos rasgados, rostros negros, marcadas facciones indígenas, ojos de una profundidad ancestral y peinados afro que no son producto de una carísima permanente. Aquí no hay nada postizo, todo es original, y originario. Es el Instituto de Astrabudua (Erandio). En él estudian 190 chavales y más de la mitad son extranjeros de reciente incorporación de diez nacionalidades distintas.
"Los expertos recomiendan no superar el 20% de inmigrantes ya que los colegios e institutos corren el riesgo de convertirse en guetos" (Evolución del Racismo y la Xenofobia en España 2009). Para sus inquilinos la palabra gueto sólo tiene una acepción: el barrio de Varsovia en el que los nazis obligaron a vivir a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial. No se sienten parte de un gueto, "esto es lo normal, como si todos fuésemos de un mismo país", dice Haritz (14 años). De mayor quiere ser médico y si continúa cultivando su afición por el bertsolarismo podría convertirse en el primer txapeldun negro. En realidad se llama Filomeno, aunque prefiere que le llamen Haritz, es vasco y por sus venas corre la sangre angoleña de sus padres.
Ni se sienten, ni el insti de Astrabu es un gueto, sino un ejemplo de que la integración del alumnado inmigrante en las aulas es posible. Su modelo ha sido varias veces reconocido por expertos europeos como una experiencia de interculturalidad bien gestionada. La prueba del algodón, sin embargo, no es el aplauso internacional, sino la sensación de normalidad -incluso agradable normalidad- durante la visita que este periódico ha hecho a este centro en el que se imparten los modelos A y B.
Su director, Jesús Fernández, abrió las puertas del instituto a DEIA para comprobar que integración no es sólo una idea plasmada currículos oficiales, fruto del buenismo propio de las sociedades desarrolladas. La visita se produce en un momento en el que ha crecido la asociación de la presencia de extranjeros en las aulas con el deterioro de la calidad de la enseñanza, al tiempo que se ha reabierto el debate sobre la conveniencia de establecer cuotas de extranjeros en los centros para frenar la desigual distribución de estos alumnos entre la red pública (66,9%), la red concertada (32,4%) y la red privada (0,7%).
Ahora, asegura Fernández, la cosa funciona. La tasa de absentismo escolar ha bajado a cotas "residuales", la exclusión social ha dejado de ser el destino de estos jóvenes -cada vez son más los que pasan a Bachillerato- y la convivencia con el alumnado autóctono ha mejorado notablemente. "Peleas sigue habiendo, pero las típicas entre chavales", comenta Fernández. Pero ni es sencillo, ni el proceso ha sido un camino de rosas.
Sólo hay que echar un vistazo a la matriculación para darse cuenta del problema que han tenido que afrontar. El fenómeno comenzó "como un goteo", recuerda Fernández, "y explotó hace cuatro años años". En el curso 2000-2001 ingresaron los primeros 7 inmigrantes, lo que suponía un 2% del alumnado. Este nivel se mantuvo hasta el curso 2004-2005 con 29 inmigrantes (16%). En adelante la progresión fue exponencial: 43 (2005-2006), 77 (2007-2008), 83 (2008-2009) hasta alcanzar los 92 de este curso, lo que supone el 50% del alumnado.
¿Cómo abordar esta realidad? "La clave es tener en una mano una tiza y tender la otra como un amigo o un tutor, porque si sigues el esquema tradicional, que manejamos y el que nos sentimos cómodos -profesor da clase, examina, quien aprueba bien y el que no pasa- estás abocado al fracaso como profesional y te alejas del único objetivo que perseguimos, crear ciudadanos y apartar a estos chavales de la exclusión social", dice Fernández.
Tanto la dirección como el cuerpo docente han tenido que bregar con prejuicios propios y, sobre todo, con los de las familias, así como replantearse los métodos pedagógicos o la propia configuración física de las aulas. Los grupos están desdoblados para acoger un máximo de 15 alumnos. En cada aula hay dos docentes, quien imparte la materia y otra persona de refuerzo. Profesorado, personal de administración, cocineras, el bedel, agentes sociales del barrio, todos están comprometidos con el proyecto de interculturalidad del centro. Se hacen muchas convivencias de varios días fuera del centro... "No deja de sorprendernos que el alumnado que entra a las ocho y pico, salga a las 19.30 horas con la sonrisa en su cara y ganas de participar en los proyectos". Así se refiere Fernández al programa Bultzatzen, que cumple su sexto año de andadura. Se trata de un proyecto compartido entre la Universidad de Deusto y el IES de Astrabudua, financiado por el Ayuntamiento de Erandio. Entre las 16.45 y las 19.30 horas el programa ofrece a 30 estudiantes la merienda, un espacio para hacer los deberes durante una hora acompañados de dos monitoras, y varios talleres. Además de estrechar lazos, esta iniciativa asienta el sentimiento de comunidad. Y sobre todo da un lugar a estos chavales para continuar con su aprendizaje, algo que normalmente no encuentran en sus casas.
Choque cultural y emocional Este modelo pedagógico, que llaman Comunidades de Aprendizaje, potencia la figura del tutor que, a la postre, se convierte en la persona de referencia y acaba resolviendo muchos conflictos vitales de estos chavales. Y es que, además de vivir el lógico choque cultural, cuando llegan a Euskadi sufren un profundo choque emocional en el que casi nunca se repara aunque está ahí. Tal y como explica Fernández, en la mayoría las familias sudamericanas la madre vino sola a trabajar en servicio doméstico, asistencia domiciliaria y, últimamente, en hostelería. Dejó en su país a su pareja y a sus hijos. En muchos casos, la madre inicia aquí otra relación con una persona, en muchos casos, nativa. Al cabo de un tiempo trae a sus hijos.
Por tanto, estos chicos y chicas llegan en una edad crítica: la adolescencia. La escolarización en su país durante el último curso -e incluso antes- ha sido incompleta debido, en parte, a este importante cambio familiar. Cuando llegan a Euskadi, los jóvenes inmigrantes tiene unas altas expectativas sobre el tipo de vida, pero se encuentran con su realidad. Y pese a que encaran esta nueva etapa en sus vidas con ilusión, salen de un entorno familiar en su país a otro distinto: a su madre hace tiempo que no han visto y en muchos casos otra pareja convive con la madre y conocen a sus "otros" hermanos.
Este perfil no corresponde al 100% de los chicos, pero sí se da en un número importante ¡Como para no tomarse en serio la atención de esta bomba de relojería emocional! Pero pese a todo, Alexandra (Rumania), Jairo (Bolivia), Haritz e Irati (Erandio), Álex (Bolivia) Lu Xiang (China), Lorhaine (Brasil) Jenni (Ecuador)... aún mantienen vivos sus sueños de ser policía, médico, locutora de radio, azafata, fisioterapeuta. Son la encarnación del lema de este instituto: Éxito para tod@s. Así sea.
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