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Maitasun Toja colabora, hombro con hombro, con los cofrades masculinos en la carga de los pasos
Diego Artola - Lunes, 29 de Marzo de 2010 - Actualizado a las 07:25h
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29a Maitasun, en plenos preparativos antes de sacar ayer la mítica imagen del Borriquito. Repetirá el Jueves Santo en la procesión de la Santa Cena. (FOTO: PABLO VIÑAS)
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SU incorporación supuso un auténtico cambio de guardia en la tradicional Semana Santa bilbaina: la mujer ocupaba un nuevo territorio de hombres. 25 años después, Maitasun Toja es toda una institución en la Cofradía de la Pasión y no duda en dejarse la piel -en este caso el hombro- para escenificar el calvario de Cristo en las procesiones religiosas.
Esta bilbaina asumió su bautismo de fuego con la espontaneidad infantil de los 10 años, ajena a la relevancia social de los nuevos tiempos. Maitasun se limitó a dejarse llevar por el estímulo de los hijos pequeños dispuestos a seguir la estela de sus hermanos mayores. "En mi familia estaba muy implantada la Semana Santa. Veías preparar los capirotes a mano, cómo se recortaba el cartón, se pegaba y cosía. Quise probar a ver", recuerda.
Maitasun fue la primera promoción femenina en la Cofradía de la Pasión de la parroquia de San Vicente, pero sus ojos infantiles no percibieron ninguna hostilidad. "Nunca vi ningún mal gesto. Todo lo contrario, se ha valorado siempre lo mucho que trabajamos y lo dispuestas que estamos", resalta.
De hecho, las cofrades se han acoplado con naturalidad al engranaje de una Semana Santa inspirada en la tradición. "Es un mundo muy reglado, no hay sitio para el toque femenino", reconoce. Pese a ello, destaca que la apertura tuvo un efecto beneficioso en la celebración al duplicar el número de participantes en las procesiones.
En cualquier caso, casualidad o no, la cofradía experimentó en esas fechas una profunda renovación del vestuario con nuevos hábitos para los cofrades y nuevos estandartes.
Maitasun admite no tener recuerdos de su primera participación porque no era muy consciente. En cualquier caso, sí tiene grabado en la memoria la expectación que causaban las primeras cofrades, que provocaba al público un ejercicio de adivinanza para determinar el sexo que habitaba bajo cada capirote según el calzado. "Causábamos sorpresa como en su día lo hicieron los primeros niños pequeños", apunta.
Esta bilbaina volvió a dar un paso al frente hace 10 años, cuando la cofradía decidió sacar sus primeras tallas al hombro. "No les sorprendió, sabían ya que soy muy lanzada y que no me amedrento", señala. En este caso, Maitasun mantiene fresco el recuerdo por la madurez de la mayoría de edad y el asombro generado en el público. "Oías comentarios admirados. Nos señalaban diciendo ¡Mira esos no llevan ruedas!", rememora.
Desgaste Esta cofrade destaca la mayor implicación de la salida en braceo, lo que proporciona una intensidad aún mayor. "Se vive mucho más, aunque para ver es mejor estar fuera porque nosotros miramos hacia adelante para soportar mejor la carga", apunta. De hecho, no esconde el desgaste de cada salida, aunque evita cualquier dramatismo con un oportuno sentido del humor. "Créeme que hay sacrificio y que acabamos con el hombro rojo tirando a morado. ¡Ya podían ponernos un masajista al final del recorrido como en Sevilla!", bromea.
Hasta ahora, permanece en el misterio el peso de las tallas tras las sucesivas modificaciones. En cambio, no se le escapan los detalles del recorrido, especialmente de su duración. "El Jueves Santo nos esperan dos horas", precisa. Maitasun confía en que no haya bajas entre los braceros que aumenten el sacrificio, aunque el grupo ya ha desarrollado sus trucos para sobrellevar la carga, como el cambio de fila a mitad del itinerario para descansar el hombro.
Maitasun admite su sentido religioso como una de las motivaciones que le empujan a salir en las procesiones más de dos décadas después. "Formas parte de la celebración. Llevas en imágenes las historias que siempre leíste de niña u oíste en misa", apunta. Sin embargo, su carácter terrenal ataja cualquier fervor místico y le aferra a la camaradería del grupo para unirle a las procesiones. "No me importa la persona que esté en Roma sino la gente de la parroquia. Tampoco pienso en el sacrificio de Jesús porque ya lo tengo presente todo el año", asegura.
Maitasun, referente ya en la parroquia de San Vicente, da la bienvenida bajo la pesada imagen a sus antiguos alumnos de confirmación. Todos ellos mitigan los dolores que acechan los hombros y la espalda alrededor de una buena tortilla en los locales de la congregación cuando finaliza el recorrido.
Irrumpe entonces una cascada de recuerdos que eleva las risas en el ambiente con las increpaciones del Gaztetxe del Casco Viejo, acalladas por el público, o las alocadas carreras para escapar de la maldita lluvia abrigados en un refugio de circunstancias. A Maitasun no parece importarle el sacrificio perenne de las vacaciones y da por perdidas a sus amistades habituales en estas fechas. "Saben que durante una semana estaré missing", admite.
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