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El Inter desprecia el balón, pero le sirve su ordenada defensa para lograr el enorme premio de la final
JULIÁN GOIKOTXETA - Jueves, 29 de Abril de 2010 - Actualizado a las 07:28h
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BILBAO. El Inter de Milán disputará el próximo 22 de mayo la final de la Liga de Campeones frente al Bayern de Munich después de impartir una lección defensiva magistral y salir vivo y coleando del coliseo azulgrana para gozo de su entrenador, el histriónico Jose Mourinho, que entró en una especie de trance y a punto estuvo de levitar. No se sabe muy bien si el extraordinario subidón fue consecuencia lógica de la hazaña conseguida por el Inter, que seguramente sí, o por haber empujado al Barça hasta la cuneta, de mala manera, cuando estaba a punto de alcanzar el jubileo en el llamado camino de Santiago (Bernabéu).
Como se sabe, Mourinho, respaldado por su paisano, Cristiano Ronaldo, aparece en muchos mentideros más o menos bien informados como futurible entrenador del Real Madrid y la víspera del encuentro al técnico luso no se le ocurrió decir otra cosa que proclamar: "la final para el Barça es una obsesión por su antimadridismo".
La final era una obsesión para el Barça, como no podía ser menos para el vigente campeón del torneo, que además estaba a punto de revalidad su tronío en la mismísima cueva de su gran rival. Pero el Barça, este Barça, no es quien era, aquel esplendor de equipo que en el pasado curso arrasó deleitando a cuanto contrincante le salió por el camino y amasó seis títulos tocado por la gracia divina y el talento indiscutible de sus futbolistas.
Pero la gracia divina, al parecer, también tiene fecha de caducidad y el talento indiscutible de los futbolistas azulgrana brilló por su ausencia ayer, en el día señalado para consumar una proeza: remontar el 3-1 encajado en el partido de ida.
En realidad, el Barça se estrelló contra un muro y no hubo forma, hasta el suspiro final, de traspasarlo. Ni por arriba, con el estático Ibrahimovic de referencia, ni por abajo, cuando Pep Guardiola optó por los bajitos (Bojan y Jefren) hubo manera de remover los cimientos del Inter. Faltó talento y frescura.
El equipo italiano (aunque no tenía ni un solo italiano en sus filas) tiró de libreto, montó un catenaccio en toda regla y se limitó a esperar al Barça bien pertrechado, con dos líneas defensivas de cuatro hombres, muy juntas y equilibradas, y con Milito arriba, como única referencia ofensiva. Hasta el mismísimo Eto"o jugó atado de pies y manos, pues ejerció de defensa lateral, más pendiente de frenar las incursiones de Dani Alves que de intentar alguna aventura ofensiva.
Desde el primer minuto Julio César, el portero brasileño del Inter, dejó bien claras las consignas: perder tiempo con la mínima excusa y en cuanto tuviera el balón en sus manos lanzarlo lo más lejos posible sobre la galopada de Diego Milito a ninguna parte.
Mourinho enseñó sus cartas sin el más mínimo rubor. Entregar la pelota al Barça y a esperar, hasta provocar la desesperación de su reputado contrincante.
Por eso, cuando el árbitro belga Frank de Bleeckere expulsó a Thiago Motta al filo de la media hora por colocar una mano sobre la cara de Busquets ni el Inter ni Mourinho se inmutaron lo más mínimo.
¿Acaso había diferencia alguna entre defender con diez o seguir defendiendo con diez? El fantasma del legendario Helenio Herrera, bajo cuya dirección el Inter ganó su última Copa de Europa, a mediados de los sesenta, y que también acarició glorias menores con el Barça, cobró auténtica vida.
Pese a su dominio aplastante, el Barça sólo tuvo una ocasión de gol en toda la primera parte, un lanzamiento envenenado de Messi que Julio César conjuró con una espléndida intervención. Demasiado poco para tan grande empeño.
Las musas dieron la espalda a Messi, y tampoco el juego colectivo dio para resquebrajar la mezquina propuesta interista. Sólo Piqué mantuvo encendida la llama de la esperanza. Inconmensurable en defensa, cortando con sus largas zancadas las escasas incursiones de sus contrincantes, tuvo el honor de lograr el único gol de la noche, captando al vuelo uno de esos memorables pases interiores de Xavi. Piqué controló la pelota, giró sobre sí mismo desconcertando a la zaga interista y batió a Julio César.
A falta de unos diez minutos, lo más difícil estaba hecho. Xavi, Messi probaron suerte, pero en lanzamientos lejanos y previsibles. Bojan tuvo en su cabeza el segundo gol, pero remató mal, y aún tuvo la desdicha de anotar un gol sobre el minuto 91, anulado por el colegiado, que vio mano previa de Turé Yaya en una acción muy discutible.
El Barça puede escudarse en el factor arbitral como causa de sus desdichas, pero sería un argumento demasiado miserable en un equipo de su extraordinaria grandeza. Después de ganar seis títulos, al Barça sólo le queda la Liga. Que no es poco.
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