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Casi una década de desgracias, alegrías y cumbres componen el sueño de Edurne Pasaban
M.Hernández / I.G.VICO - Martes, 18 de Mayo de 2010 - Actualizado a las 07:35h
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Edurne Pasaban se ha convertido en la segunda mujer en hollar los catorce techos del planeta. (Foto: oskar Martínez)
LA cruenta cara de la montaña se afanó en eliminar el sueño de Edurne Pasaban Lizarribar (1-VIII-1973) en 2004. Los anhelos viajaban en las motas de polvo que se veían al trasluz de los rayos de sol. El brillo de la nieve arrebataba las sensaciones de libertad de la tolosarra y de toda su expedición. El K2 (8.611 metros) era la incertidumbre disfrazada de asesina. Una cumbre que sepulta voluntades bajo un seno de destrucción que ampara su gran abismo natural, engalanando de belleza una ruta complicada y renombrada como maldita para el género femenino. No en vano, desde que Wanda Rutkiewicz alcanzara la cima, las siguientes cinco mujeres fallecieron tras colocar la bandera. Sin embargo, cuando todo parecía apagarse y cebarse con la tolosarra, ésta consiguió bajar y deshacer la maldición y rehacer su sueño. Recomponer las esquirlas de sus anteriores cimas para amanecer el sueño de las catorce cumbres. Dos dedos de sus pies sufrieron las consecuencias de una vida centrada en la montaña.
Los inicios
Precocidad y reveses
Cuando Edurne contaba con diecisiete años se apuntó la primera cumbre de importancia. Un volcán dormido en Ecuador, el Chimborazo, anidado de laderas sombrías y quemadas en su pie. 6.310 metros de altitud que quedaron reducidos a una ascensión limpia y sin contratiempos de importancia. Comenzaba, de esta manera, un sueño hacia la cima del himalayismo. La visión de las chuquirahuas espinosas sobre la cumbre del volcán dormido transportó a la tolosarra a un destino próximo, que acabó ayer por escribir, pero que tuvo su primer capítulo en 1998. Anteriormente, Pasaban ya había escrito un exitoso epílogo de cimas en los Alpes, los Pirineos y los Andes.
Comenzó en ese año la liturgia de la guipuzcoana. Su andadura. Sus sueños. El Dhaulagiri fue su bautismo de fuego. Su piedra de toque bajo el cielo nepalí. Dicha expedición, con el club de montaña de Tolosa, sufrió la nieve a falta de 272 metros de alcanzar la cumbre. Se tuvieron que dar la vuelta. Así, la guipuzcoana no pudo comenzar con éxito su andadura en las cordilleras del Himalaya. Los 8.167 metros de la cima nepalí no abrieron sus puertas a la alpinista vasca hasta una década después.
Un año más tarde, repuesta del golpe moral, se enfrentó al Everest (8.848), la montaña más alta del planeta. Las nevadas cumbres de La Madre del Universo impidieron a la expedición alcanzar su meta. Pasaban subía por la Vía Mallory sin oxígeno y la meteorología impidió su gesta. Tal es la fuerza de la guipuzcoana que en 2000 rehizo el camino andado. Sin embargo, de nuevo la climatología arrebató las ilusiones al grupo.
Comienza la carrera
De llantos y triunfos
Como si de un reto personal se tratara. Como si fuera una lucha íntima entre dos enemigos conocidos. Pasaban volvió en 2001 al Everest. Tales fueron los reveses sufridos el bienio anterior que la alpinista planteó la expedición de manera distinta. En aquella ocasión la vía sería la del Collado Sur. Asimismo, el oxígeno formaría parte del equipaje.
Por la parte de la montaña que, según los expertos, es más posible hacer cumbre, Edurne remendó sus anteriores expediciones fallidas consiguiendo su primera gran cima, la única en la que ha necesitado oxígeno. Silvio Mondinelli, Mario Merelli, Iván Vallejo y Dawa II Sherpa la acompañaban.
Ese año, pese a que consiguió su objetivo, tuvo que afrontar más desgracias. En su segundo intento al Dhaulagiri, en el que tuvo que volverse sin culminar, Pepe Garcés perdió la vida, con el consecuente trauma que supuso para el grupo. Además, encabezó la expedición para recuperar los cadáveres de cinco montañeros vascos que acababan de fallecer en el Pumori, que también tuvo que abandonar por el peligro de desprendimientos que se cernía sobre los alpinistas.
Cinco cimas en dos años
La élite y Pasaban
Con las decepciones acumuladas a sus espaldas y las victorias anudadas en el cuello, Edurne Pasaban afrontó 2002 y 2003 como si de una carrera se tratara. De cumbre en cumbre se mecía la tolosarra. Cinco holló esos dos cursos. El Makalu (8.463 metros) comenzó a saciar el hambre de montaña de la tolosarra. Esto fue en mayo; en octubre alcanzó el Cho Oyu (8.201 metros), el techo considerado más fácil.
En mayo del siguiente año, la alpinista guipuzcoana se alzó en el Lhotse (8.516 metros) por delante de tótems del alpinismo como Iván Vallejo, al que aventajó en dos horas.
El Gasherbrum II (8.035 metros) y Gasherbrum I (8.068 metros) fueron sus siguientes paradas. Acompañada de Juanito Oiarzabal y un equipo de Al filo de lo Imposible, la guipuzcoana en una semana plantó su impronta sobre ambas cumbres. De esta manera, en apenas dos años, Edurne ya se forjaba un nombre dentro del montañismo femenino, convirtiéndose en la cuarta mujer con mejor currículum.
La tragedia y la mística
El regreso de la fatalidad
Cercenados los recuerdos de las derrotas y amparada bajo un influjo de estrella, la de Tolosa se dispuso a alcanzar el K2 en 2004. Una montaña de dimensiones fatídicas. Entonces, acompañada de nuevo con Juanito comenzó la racha de mala suerte. A pesar de conseguir bajar con vida, un botín que pocas han conseguido, dos falanges de sus pies fueron amputados. Asimismo, el alpinista gasteiztarra perdió los diez dedos. Entonces, la fatalidad volvió a las expediciones de Edurne para evitar que se confiara.
Sin embargo, el coraje impulsó a la alpinista hacia terrenos infranqueables en la voluntad humana. Aún marcada por su experiencia en la montaña asesina, en 2005, alcanza su octavo techo. La víctima fue el Nanga Parbat (8.125 metros). Pese a alcanzar su objetivo, entre las ideas de la expedición estaba hollar el Broad Peak (8.047 metros) de seguido. El clima impidió tal gesta y anocheció el sueño de la guipuzcoana. La depresión se adueñó de la voluntad para mantener a Edurne alejada de la montaña. Por un momento el anhelo por conseguir escribir su nombre en la historia pasó a mejor vida.
El Shisha Pangma se convirtió en otro obstáculo en su camino en 2006. En 2007 tampoco pudo completar la cima, que a la postre se convertiría en la llave hacia la conquista de los catorce techos del planeta. Tampoco ayudó a la tolosarra que Loro Pikabea, un compañero de cordada, muriera.
La vuelta de la "jabata"
Desde las cenizas
Con un curso duro por delante, la "jabata", como le llamó su aita, Edurne se rehizo. Tomó fuerzas de flaqueza y eliminó la espina del Broad Peak, consiguiendo su novena cima. Ya en compañía de parte de su equipo actual: Asier Izagirre, Ferrán Latorre e Iván Vallejo.
El año siguiente tuvo la clave. Como si de un fénix se tratara, la tolosarra resurgió de sus cenizas con más fuerza aún de la que atesora en sus piernas y espíritu. Fue entonces cuando el Dhaulagiri cayó, al tercer intento, en las fauces de la montañera vasca. Después llegó el Manaslu (8.568 metros), con Álex Txikon en el grupo, y el sueño empezó a florecer de tal manera que ni la muerte de Iñaki Ochoa de Olza pudo tumbar a Edurne -"Iñaki está con nosotros", señaló la tolosarra al llegar al Annapurna-. En 2009, el Kangchenjunga (8.586 metros) cayó. Este marzo fue el Annapurna y ayer el Shisha tras nueve años invertidos en una gesta para la historia.
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