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irantzu Ayestaran Ochoa - Lunes, 14 de Junio de 2010 - Actualizado a las 07:29h
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Bilbao. Estos días hará ocho años que acabé la carrera, ocho años desde que dejé de acudir, a diario, a la Facultad de Filosofía y Letras de la Unversidad de Deusto y ocho años desde que perdí el contacto con algunos compañeros de pupitre.
Con Sergio lo recuperé hace relativamente poco, porque las veces que te encontrabas con prisa por la calle y cruzabas cuatro palabras -aunque con él siempre eran muchas más- no cuentan, y pude comprobar que había profundizado en las características que ya en la facultad me llamaban de él la atención: seguía fumando, seguía escribiendo -y muy bien, terriblemente bien- y seguía mirando desde la profundidad de sus ojos tristes.
A Sergio lo recuerdo de los pasillos desde antes de cruzar con él una palabra. Siempre de oscuro, con su maletín al hombro y un cigarrillo, negro, en la mano. Me acerqué a él cuando él, a su vez, se acercó a una amiga y empezaron a salir -aunque nunca hubo confirmación oficial-. De todos modos, el nuevo brillo de mi amiga me delató su felicidad y descubrir que Sergio era el causante de ella me produjo una sensación extraña: como se dice vulgarmente, no me pegaban ni con cola. Sin embargo, el rato que estuvieron juntos, ambos se me descubrieron aún más especiales.
Aunque después de acabar la carrera, como he dicho, nuestros caminos se separaron -de él y de aquella amiga-, las dos veces que, profesionalmente, hube de recurrir a él, me respondió a la primera. Sabía que si le hubiese necesitado como persona me habría dicho inmediatamente que sí, pero aprovecharme de su pluma y su palabra me parecía un paso más en una relación que nunca fue muy estrecha. Cordial y franca, sí, pero estrecha, no demasiado.
Sus pasos se encaminaron hacia la enseñanza, aunque nunca dejó de escribir, y yo me dediqué a escribir porque no sabía enseñar. Me consta que ambas cosas él las hacía mejor que yo. Durante su paso por un centro escolar vizcaino, volcó en sus alumnos todo su poso literario, almacenado durante años, siglos, de lecturas y les abrió los ojos hacia las infinitas posibilidades que las letras les ofrecían. No debían leer por obligación, sino por devoción. Y creo que lo consiguió.
Una lesión en la espalda le apartó de sus chavales hace un par de cursos y, desde entonces, Sergio volcó toda su energía en recuperarse física y moralmente y en escribir. Siempre escribía, aunque te dijera que no lo hacía, porque lo que pensaba se quedaba grabado en su disco duro y tiempo después era capaz de volcar en el papel las bellas palabras que su imaginación había producido en esos tiempos de sequía.
Entrevista "Irantzu, ¿por qué no me vendes para hacer críticas literarias en el periódico?", solía decirme cada vez que me llamaba por teléfono. El verano pasado, Sergio colaboró con DEIA en una serie de Confidencias que publicó Hemendik. A raíz de ello y de la publicación de su última obra, Delicatessen Undergroung (Bilbao Ametsak), siempre anduvimos detrás de una entrevista que se retrasaba. Por fin, un día, las agendas y los dioses cuadraron. Sé que le dolió no verla publicada como también sé que ahora la leerá desde donde nos lea, y le parecerá cursi la rosa que le regalo. Las palabras de Sergio suenan graves, como su voz, lentas como su pensar, y vivas, como su alma de poeta en la grabadora. Las generaciones venideras se han perdido la posibilidad de disfrutar de su prosa, como era su intención. De su verso, nos nutrimos hoy nosotros.
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