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jon mujika - Martes, 15 de Junio de 2010 - Actualizado a las 07:27h
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Joseba Bengoetxea tras la barra del histórico JK. (Foto: juan bas)
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Bilbao. ¡Venga esa copa doble para ahogar la pena triple! Venga y que venga despacito, para llorarla como Dios manda, acodado en la barra de un bar y entre huérfanos de Dry Martinis. Que venga ya, carajo, que no tarde más porque los recuerdos duelen y no se inventó jamás mejor remedio para los dolores del alma. Ya lo dijo el viejo Góngora: de color rubí son los remedios para la melancolía...
Hay que invocar al Dios de los vasos mezcladores para pasar el mal trago -el único que se le conoce...- del adiós a Joseba Bengoetxea, Sir Long Drink, el guardián del JK, el templo en ruinas de un tiempo que se nos fue; aquel donde estaba desterrada la prisa. Tantas tardes prolongadas hasta la madrugada, con ese lento avance del reloj cuando la vida parece detenerse y una quisiera congelar el tiempo a golpe de hielo piqué; tantas historias regadas por los elixires de la eterna amistad que preparaba aquel alquimista de sonrisa perpetua que uno llegó a pensar que Joseba era inmortal. "Algún día preparará la pócima de la vida eterna", escuché decir de él una noche. Lo bueno de la historia es que creí que la profecía era posible....
La coctelería JK cerró sus ojos hace un tiempo, cuando Joseba se retiró a sus cuarteles de convalecencia
Sirvió cócteles a grandes nombres como los de Pavarotti o Alfredo Kraus y a cientos de perdedores
Joseba se ha ido demasiado pronto. O por decirlo en términos de seco telegrafista: se ha muerto joven. Apenas 40 años y otros tantos que nos debe a sus deudos, cuatro décadas secas de daikiris y Bloody Marys. Lo hizo el pasado domingo, 13 de junio. Hay quien piensa que se fue antes, cuando el JK cerró los ojos de su persiana porque los perros negros de la enfermedad ya ladraban alto, demasiado alto.
Cuántas infidelidades y cuántos romances no habrá visto en sus años de ejercicio; cuántos derrotados no habrán ahogado allí sus penas -nosotros mismos, la cofradía de los santos bebedores, si nos abriesen las puertas para un último adiós a la irlandesa...- y cuánta gente feliz no habrá brindado en ese templo del carpe diem.
Nadie recuerda a Joseba con semblante serio. Hasta tal punto es verdad esa frase que casi se diría que la sonrisa era el ingrediente secreto que daba consistencia al trasiego de vasos mezcladores, varillas, gusanos y cocteleras que, en sus manos, recordaba un espectáculo digno de la gran pista central de las coctelerías de medio mundo. ¿Volverá a vivir Bilbao una historia como aquella, un tiempo que se se celebre como la edad de oro de la coctelería...? Temo que no. Se ha ido el último mohicano.
Voy al rescate de una noche que naufragó tras aquellos muros. Me lo pide la nostalgia. Recuerdo a dos hombres, ya tomados, en una esquina de la barra. Discutían. Uno le decía al otro que los cócteles estaban demasiado mitificados, que no eran más que mezclas con una fórmula hecha. El otro, el invitante, se removía en la barra. Defendía la historia que, al decir de las enciclopedias, comenzó en tiempos de la reina Victoria, cuando los comerciantes ingleses de maderas preciosas, entre ellas el palo de tinte, llegaban al puerto de San Francisco de Campeche en México. Cuentan que en las tabernas se bebían vinos y licores sin mezclar pero que a veces bebían los llamados dracs, bebidas compuestas, revueltas con una cuchara de metal, que daba mal sabor a la bebida. En una ocasión, vieron al barman emplear unas raíces delgadas, finas, lisas, de una planta que ahí llamaban por su forma, cola de gallo, esto para evitar el mal sabor, por lo que le preguntaron que era eso, a lo que respondió en su idioma que eran cock"s tail. Todo esto es lo que me permite recordar la memoria, que también estaba entre nieblas aquella noche. Sin decir nada, Joseba se acercó y puso a su alcance dos cócteles que provocaron la unanimidad de los litigantes. "¡Cojonudo!", gritaron al unísono.
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Gracias por su comentario
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