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un gran Athletic Levanta la Copa y refuerza con un título la validez de la cantera rojiblanca
marta hernández - Domingo, 27 de Junio de 2010 - Actualizado a las 08:40h
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Pitó el final el árbitro tras seis minutos de interminable descuento y salieron disparados los jugadores del Athletic que estaban en el banquillo hacía sus compañeros. Se abrazaron todos. Unos con otros. Una piña. Un grupo. Y es que ayer fueron compañeros más que nunca. No estuvieron solos en ningún momento. Ya en el calentamiento, se ejercitaron todos juntos, en grupos de dos, de tres. En la otra parte del campo, los futbolistas del Real Madrid, calentaban en solitario, pasándose el balón cuando diez metros les separan. Un reflejo, un preludio, un guiño del destino, de lo que iba a ser el desarrollo del encuentro. Hasta tres veces se juntaron los rojiblancos en los momentos previos a la final. Una piña de nuevo. La misma que se repitió hasta la eternidad, la que es ya imborrable, cuando la Copa ya estaba en sus manos y el himno del Athletic tronaba por la megafonía del estadio. Y los 500 aficionados rojiblancos, como locos, como si el Francisco Bonet fuera un diminuto San Mamés, ovacionaban a los cachorrillos. Y ellos, en las nubes: "Txapeldunak, txapeldunak, oé, oé, oé!". ¡Vaya partido que completaron! Una labor de equipo en mayúsculas. Desde el primero al último. ¡Qué buen trabajo! El Real Madrid, ese club que buscaba el triplete, se deshojó, estaba desarbolado, y sólo los chispazos de sus individualidades atosigaron, aunque sin verdadero temor, a los pupilos de Arostegi. Esos futbolistas que ayer reforzaron un sentimiento de por sí inconmensurable. El del amor a un club especial. Ellos, Lezama, son la base del éxito.
Los cánticos de distinta tipología que se repitieron a lo largo de la noche de celebración empezaron a sonar silenciosos, entonces aún sin estruendo, desde el principio del partido. Porque en el poblado, férreo, potente centro del campo mandaba el Athletic. Los madridistas se veían con dificultades para rebasarlo, pero la velocidad de sus jugadores no siempre se podía frenar. Fran Sol lo intentaba desde lejos en el minuto 11 pero su chut se iba fuera. Estaban desconcertados los de Alberto Toril. Más metidos los rojiblancos. Y en el minuto 15, Bilbo no se lo pensó. Con descaro miró al área y divisó la portería, el disparo, no obstante se quedó corto pero ahí apareció el escurridizo Álvaro Peña, en el punto de penalti, y ante la salida de Pacheco empalmó un gran disparo con la izquierda. Estaban siendo mejores los hombres de Arostegi. Ahora lo eran también en el marcador. Los bilbainos se adelantaban y dejaban noqueado al Madrid. El Athletic estaba funcionando como equipo. El Madrid se movía por los impulsos de sus individualidades, de calidad indiscutible. Destellos brillantes de Sarabia, de Fran Sol, de Lucas. Por eso el Athletic marcó el segundo, por eso en ese gol participó todo el equipo. Una buena jugada de los cachorrillos que terminó de la mejor manera posible. Con un golazo de Villar que podría haberlo firmado el mismísimo Villa; en el mano a mano ante el meta blanco, el interior diestro rojiblanco, sin un ápice de nerviosismo, diseñó una vaselina preciosa. Aunque él cambió el final. En su cabeza resonarían las voces de Peio Agirreoa, segundo entrenador, diciendo: "No la piques, asegúrate el disparo". Él hizo caso omiso… y confeccionó un golazo. Vaya noche la del jugador rojiblanco.
Mientras, Sarabia, el que se lleva los focos, intentaba sacar petróleo por su banda izquierda, como en el minuto 39 cuando un centro suyo conllevó un disparo de Jaime que terminó en córner. Pero los bilbainos, concentrados hasta la saciedad, no pasaron a tener un papel pasivo. El conjunto blanco estaba atropellado, se movía a revoluciones mínimas y eso era porque el centro del campo y la defensa vizcaina estaba perfecta. Con un 0-2 en el luminoso, las piernas de los jugadores, su cabeza, hasta el corazón, debían interpretar el juego de otra forma. Y ahí también estuvieron finos los de Arostegi.
Situación controlada Un Madrid sin identidad no acechaba con peligro a Maguna -el jugador más triste de los rojiblancos porque perdió su medalla de campeón-. Hasta el minuto 64. Cuando Sarabia, cómo no, obligó al guardameta rojiblanco a realizar una gran parada, el rechace le cayó a Óscar Plano, cuya vaselina se fue alta. Fue la ocasión más clara para los madridistas, espesos por la fluidez bilbaina, en un derroche físico encomiable. Porque le tocaba al Athletic perseguir el balón y retroceder unos metros en el campo ante el agobio blanco, que, sin embargo, no se traducía en jugadas dañinas.
El esfuerzo se posaba en los cachorrillos y especialmente en Ruiz de Galarreta, que con problemas físicos, tenía que retirarse del campo. Alkuaz coqueteaba con el tercer gol en un disparo cruzado que atrapaba Pacheco. Se iban descontando, pesados como el plomo, los minutos y cuando el cronómetro señalaba el minuto 89, llegó el susto con un disparo de Kamal, pero Maguna y el larguero evitaron que los últimos suspiros fueran de infarto. Momentos en los que los viejos fantasmas, no tan antiguos, como los del pasado curso en Nerja ante el Sevilla, podrían aparecer por las retinas bilbainas. Quizá esa final no desapareció nunca de la cabeza de los rojiblancos. Por eso quizá se ganó ayer. Porque el fútbol, del que dio una lección anoche el Athletic, del fútbol de equipo, se la debía. 18 años después, el club bilbaino alza la Copa. ¡Y cómo sabe!
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