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Cerca de 40.000 personas festejan el día de la Virgen jarrillera de la Guía
Emilio Zunzunegi - Viernes, 2 de Julio de 2010 - Actualizado a las 07:23h
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Guillero Ropero introdujo la imagen de la Virgen de la Guía en su hornacina. (Emilio Zunzunegi)
Vista:
Portugalete
LA vista se pierde entre la multitud intentando ver el suelo empedrado de Coscojales y de la calle Salcedo, en cuyo cruce se asienta la hornacina de la Virgen de la Guía. Misión imposible. Cerca de 40.000 almas colapsan los alrededores del mercado municipal de abastos, en uno de cuyos costados se ubica la imagen venerada por los jarrilleros y otros devotos de Ezkerraldea.
Entre los presentes se encontraba Guillermo Ropero, un jubilado del Ayuntamiento que no dudó en venirse expresamente desde Madrid para volver a elevar la efigie de la Virgen a la hornacina situada a unos ocho metros del suelo "aunque algunos dicen que está a once metros pero la escalera no miente", apunta Ropero.
"Llevo haciéndolo unos diez años y espero tener salud para seguir muchos más", señala este antiguo electricista mientras observa los últimos acordes del aurresku de honor que le dedicaba un dantzari de Berriztasuna, el grupo jarrillero organizador de la fiesta que esta celebrando este año su 40 aniversario. Con paso firme y una agilidad envidiable Guillermo ascendió los cerca de 30 escalones entre los vítores y aplausos de los congregados para entronizar a la Virgen en su altar decorado con varios ramos y una corona floral. En su descenso, Guillermo, sorprendido, se encontró con un pequeño homenaje de Berriztasuna, en forma de placa, que le entregó el presidente del grupo cultural, Roberto Larrea.
Atenta al ascenso de Guillermo por la escalera de aluminio permaneció entre el gentío Maite Uribarri, una jarrillera que desde 1998 es la fiel cuidadora de la estatua de la querida Virgen "y si Dios quiere lo seré por muchos años", remarca esta mujer, que recuerda como si fuera ayer cómo se hizo cargo de la venerada imagen. "Estaba en las dependencias del parque móvil donde los operarios la habían cubierto con varias capas de pintura blanca para que no se notara tanto su deterioro".
Un deterioro que llevó a las autoridades municipales a plantearse su cambio por una estatua nueva. "Yo les dije que no y me comprometí a restaurarla", señala Maite, quien rememora cómo el proceso era "como cuidar a un bebé al que hay que dar de comer cada tres horas". A golpe de reloj y con paciencia infinita, esta jarrillera logró recuperar los colores de la imagen de madera, a la que se le retiró el antiguo manto que la adornaba, y que ahora "luce cristales Swaroski en la corona".
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