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El 6 de julio de 2006, compartía mesa de diálogo junto a Ares y con la izquierda abertzale oficial
Míriam Vázquez - Lunes, 5 de Julio de 2010 - Actualizado a las 08:08h.
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Los socialistas Rodolfo Ares y Patxi López dialogan con los representantes de la izquierda abertzale oficial Rufi Etxeberria, Arnaldo Otegi y Olatz Dañobeitia en 2006. (Foto: deia)
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AUNQUE pueda parecer difícil de concebir en primera instancia, el espíritu de la ceremonia japonesa del té puede aplicarse a la política vasca. En el solemne rito, prima el aprovechamiento de ese momento, sin perder de vista el bienestar del convidado, porque quizás la escena no vuelva a repetirse. Cada encuentro es único. Ichigo ichie. O, lo que es lo mismo, un encuentro, una oportunidad. Exprimir la situación, porque podría volver a repetirse dentro de cien años. O no hacerlo. Como las mesas de diálogo en el caso del conflicto vasco, tan traídas y llevadas en las últimas jornadas con un Gobierno vasco que ha desautorizado a partes iguales los rumores sobre una negociación alentados por el europarlamentario popular Jaime Mayor Oreja, y las propuestas del presidente del PSE Jesús Eguiguren a favor de implicarse más y de incentivar la apuesta exteriorizada por la izquierda abertzale histórica a favor de las vías políticas. De momento, es un tema tabú. No lo fue en 2006.
En este sentido, la reunión del 6 de julio, de la que se cumplen mañana cuatro años mientras resuenan los ecos de nuevos procesos de diálogo, congregó a Patxi López y Rodolfo Ares por parte del socialismo, y a Arnaldo Otegi, Rufi Etxeberria y Olatz Dañobeitia desde la izquierda abertzale ilegalizada. Los socialistas no dudaron: tras la cita, proclamaron que volverían a hablar si se produjeran las mismas circunstancias.
En aquella ocasión, el salón Urola del Hotel Amara Plaza de Donostia no asistió a la ceremonia del té, sino a la del agua. Las cinco copas cristalinas servían de metáfora a las claras intenciones de los presentes, que acudieron con las cartas boca arriba en un período que volvía a encender la llama de la esperanza tras las ilusiones frustradas de Lizarra. Tras ese pacto de 1998, del que se autoexcluyeron los constitucionalistas, comenzó la política de frentes cocinada por Nicolás Redondo Terreros y Jaime Mayor Oreja, y que sólo lograría cosechar el fracaso electoral en 2001. Un año después, PP y PSE enterraban esa estrategia, con Patxi López como nuevo cabeza visible del socialismo, y dando comienzo a una nueva fase de tensiones entre los dos ex socios que alcanzó su punto álgido con las conversaciones de 2006. No evitó, sin embargo, que mantuvieran sus coaliciones municipales.
Pero tampoco condujo a que el PSE se arrepintiera de la experiencia del diálogo. Los años previos habían sido presididos por la ausencia de atentados de ETA -desde el 30 de mayo de 2003 hasta el 30 de diciembre de 2006-, por la llegada al Gobierno español de José Luis Rodríguez Zapatero -que hizo bandera del talante frente al inflexible Ejecutivo de Aznar-, y por la apuesta por las vías políticas y la negociación exteriorizada por Otegi el 14 de noviembre de 2004 en el Velódromo de Anoeta. El 17 de mayo de 2005, el Congreso español aprobaba la resolución a favor del diálogo y, el 22 de marzo del año siguiente, la organización armada decretaba su alto el fuego indefinido. La mesa de la negociación parecía servida.
LAS CONVERSACIONES En ese sentido, el lehendakari Juan José Ibarretxe abría la espita en la CAV al reunirse el 19 de abril de ese año con Arnaldo Otegi, Pernando Barrena y Juan Joxe Petrikorena. Más tarde, el mes de julio, se producía el encuentro -que el juez Garzón rechazó prohibir- entre la izquierda aber-tzale tradicional y el PSE. El primero en décadas ante unos expectantes medios de comunicación. Si la cita comenzó en torno a las diez de la mañana, una hora y media después Otegi destacaba ante los periodistas que lo importante radicaba en que se hubiera abierto la posibilidad de resolver el conflicto en términos democráticos. López, después del primero, ponía en valor la política como herramienta para solucionar problemas pero matizaba que, para que la imagen pudiera repetirse, "la izquierda abertzale ha de tener expresión legal para avanzar".
Tanto los encuentros del lehendakari Ibarretxe como los de los socialistas condujeron a que todos ellos, con los interlocutores de la izquierda abertzale oficial, pasaran a sentarse en el banquillo de los acusados el 8 de enero de 2009 por buscar la paz. Un día antes del juicio, Rodolfo Ares, que cuatro años después lideraría la guerra de los carteles de presos desde el Gobierno vasco, y que apelaría al aislamiento de la izquierda abertzale oficial, se mostró claro: "Tengo que decir con toda sinceridad que, si se repitieran las circunstancias, volvería a hacer lo mismo. Entre otras cosas porque, si no lo hubiera hecho, no hubiera podido mirar a los ojos de los familiares de las víctimas sabiendo que podía haber hecho algo por el proceso de paz, y no haberlo hecho".
En las jornadas previas a la cita, aseguraba que sus interlocutores "son representantes de un colectivo que existe en Euskadi, que es la izquierda abertzale, y son necesarios en el diálogo político". Además, como coordinador de la Ejecutiva del PSE, insistía en que su formación no cometía "ninguna ilegalidad" por reunirse con personas que "tienen plenamente vigentes sus derechos civiles".
Mientras la negociación se desarrollaba en dos mesas -la técnica, entre el Gobierno español y ETA, y la de partidos, para resolver las cuestiones políticas- y las conversaciones estatales comenzaban a bloquearse, las de Loiola, entre el PNV, nuevamente el PSE -con Eguiguren como muñidor- y la izquierda aber-tzale oficial, eran vistas como el salvavidas del proceso. Eran otros tiempos. El socialismo, incluso, expedientó a Antonio María Aguirre, ex miembro de la Ejecutiva del partido en la CAV, por querellarse tras la cita con Otegi. El Tribunal Supremo, por su parte, terminó avalando el diálogo como instrumento para solucionar los conflictos políticos.
el "cambio" Pero la experiencia fracasó. De la fotografía inicial del socialismo, tampoco perduraría la imagen de talante de Zapatero, quien consideró que "ETA ha desperdiciado tres oportunidades". "Ya no habrá más", sentenciaba en diciembre de 2008, tras la ruptura de facto de la tregua con la muerte de dos ciudadanos en el atentado de la T-4 de Barajas. En cuanto al PSE, la cita de las elecciones vascas del 1 de marzo de 2009 alumbró el pacto con el PP, que avisó a López de que tendría libertad dentro de lo pactado, y que ya puso tierra y denuncias de por medio durante la etapa del diálogo de 2006.
Sea por las cautelas que exige la alianza con los socios preferentes o por las corrientes en el seno del socialismo, las últimas jornadas han asistido a mensajes contradictorios en el partido y en los propios protagonistas de las conversaciones. López, el día de su investidura, zanjaba en una entrevista que "la negociación sólo puede darse con quienes usan la herramienta de la política". Si Eguiguren ha considerado que la izquierda abertzale histórica "ha ganado el pulso a ETA", y que la reforma de la Ley de Partidos "no va a hacer falta", Ares ha calificado de "letanías y trampas" las apuestas del sector político. "La Ley de Partidos ya previene de los subterfugios de Batasuna", ha recalcado.
El socialismo, por lo menos en su línea oficial, ha cambiado de mensaje. Si en 2006 López acusaba al PP de cruzar "todas las líneas rojas de la decencia" por arremeter contra su reunión con la izquierda abertzale histórica, el lehendakari ha reservado recientemente un nuevo uso para la expresión. Ahora, quien habría cruzado la línea roja sería Jaime Mayor Oreja. Por asegurar que el PSOE negocia.
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