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* Periodista y escritora, Por Carmen Torres ripa - Miércoles, 7 de Julio de 2010 - Actualizado a las 04:40h
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UN tema recurrente en los semanarios y revistas del verano es ¿qué llevarías a un isla desierta? Una mayoría dice el móvil, y otra gran parte elige el ordenador. He dado vueltas a esta simple y profunda pregunta para llegar a una aparente frívola respuesta. Yo salvaría, en el posible viaje de deseos, un perfume. Un móvil -¿con quién hablar si has elegido irte?- no tiene cargador. Un ordenador al fin necesita también enchufe y si te has ido a una isla desierta, las personas sobran y el mundo no importa. Lo que queda es el olor, como un rumor de permanencia. Lo sé, el aroma se va en el aire, pero queda el recuerdo. Y un recuerdo se puede evocar.
Me obsesiona el mundo de los olores.
Cuando trabajaba en La Gaceta del Norte me atrapó el nombre de un perfume: Poison. Significa veneno. Abrí el tapón con miedo, como temiendo que su aroma me fuese a envolver en un sueño interminable, pero la fórmula alquímica entró lentamente por mi nariz y se fue apoderando de mí con una sensualidad casi maligna. Sentí que me había hechizado y me daba respeto usarlo para ir a trabajar. Además, dejaba una estela casi lujuriosa y turbadora. Guardé la esencia sólo para noches especiales. La estrené en mi primera velada de ópera de la temporada de la ABAO. Era Lucía de Lammermoor con Alfredo Kraus, mi tenor favorito. El veneno me llevó al camerino del tenor. Había entrevistado a Kraus por la mañana y me invitó a visitarle como Edgard en la noche. Para conseguir mi primer encuentro, cambié la entrevista por un desayuno. Al Ercilla iba a ir Lourdes Mateo, entonces la vedette de las entrevistas (perfectas y deliciosas conversaciones que Lourdes escribía la mejor). Mi súplica la enterneció y con el fotógrafo Paco Gras -entrañable y querido fotógrafo- me encontré en el vestíbulo del hotel un mediodía de septiembre. Temblaba. Fue tanta mi turbación que cuando vi a Kraus le dije: "Desde niña he estado enamorada de usted". Y le desarmé. Kraus no era un hombre especialmente simpático.
Áquella no fue una de mis mejores entrevistas, pero sí la más deseada. En ninguna entrevista he ansiado tanto conocer de cerca al personaje. Después, por la noche, me puse un vestido negro y el perfume Poison. Quería fascinar a mi entrevistado. Creo que no lo conseguí porque su esposa Rosi -le acompañaba en cada función- con cierta socarronería me dijo: "Alfredo me ha contado que estás enamorada de él". Con una sonrisa que pretendía ser seductora le contesté: "Lo estuve". Y, desde entonces, ambos se acostumbraron a verme año tras año.
Ha pasado el tiempo. Alfredo Kraus me queda en los vídeos y los cedé. Infinidad de veces le he vuelto a ver como aquel Edgard, o como el duque de Mantua o Werther. Cien veces le veo como el pintor Mario Caravadossi, especialmente en la corta aria de Tosca, Ricondita armonía. Esa plegaria me sigue saltando el corazón con cosquillas placenteras. Y ahora han vuelto todos los recuerdos a la cabeza al ver en una perfumería Poison, agua sensual hipnótica. Todas las sensaciones en un nombre. Parece ser que era la orquídea la causante del hechizo. La orquídea de color lila.
Dicen en el reclamo del perfume que existen perfumes con los que se sella un pacto secreto. Se espera de ellos algo más que oler bien. Lo que se espera de ellos es un poder mágico. Deseamos que se adueñe de nuestro pulso. El néctar de la orquídea es, otra vez, el veneno que me ha sugestionado.
Ya no hago entrevistas, pero me gustaría hablar con el mago que ha creado en su laboratorio secreto esta mezcla que me ha vuelto a seducir. En internet leo que el autor se llama François Demachy y que, con su aroma Hinotyc Poison pretendía cubrir a la mujer con una caricia más dulce y más pura, menos venenosa de la que me llevó una noche del final del verano al antiguo Coliseo Albia. Para guardarla en un frasco se ha inspirado en la naturaleza y, de todas las flores, ha elegido el olor de la orquídea vainilla, la ha mezclado con rosas de Damasco, ylang ylang, nardos y flor de azahar, sándalo y almizcle. Y, para seducir a más mujeres que a mí, ha escogido el rostro de Mónica Bellucci. Un acierto seguro.
Pero lo que de verdad me ha emocionado, es que el fotógrafo de la actriz italiana -ese otro brujo que consigue el éxito de una campaña publicitaria- sea amante de la ópera como yo y que el dramatismo de las bellísimas instantáneas de orquídeas que he visto en internet, pretendían condensar el dramatismo de María Callas cuando cantaba La Wally de Catalani. Su voz de diva es un veneno, como es veneno para un hombre la belleza de la Bellucci. Dos mujeres especiales para un rastro de sensualidad.
Al final he vuelto a la isla desierta, y, como allí no puedo llevar a Kraus y a la Callas, vuelvo a elegir el veneno. Un olor que me duerma mirando al mar y al cielo, sintiendo la sensualidad del sol y el tacto de la arena sobre la piel. Cierro los ojos y escucho Ricondita armonía. No hace falta más para envenenar de placer la sangre. Porque la isla siempre está dentro de nosotros.
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