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Tamara de la Rosa - Lunes, 27 de Septiembre de 2010 - Actualizado a las 08:29h
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Marga y Elixabete se despiden con un fuerte abrazo ante la triste mirada de Elena, sentada sobre su maleta ante el ferry. (FOTO: JUAN LAZKANO)
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Bilbao. Cargados con grandes maletas, televisiones, reproductores de DVD y cajas llenas de recuerdos, desfilan por la pasarela del Pride of Bilbao. Parte de la tripulación del ferry que une Santurtzi con Portsmouth, Inglaterra, cerró el viernes por última vez su camarote. Hoy, es el turno del propio buque, que se despedirá de la localidad marinera a la una y cuarto del mediodía. Nunca regresará. Camareros, personal del servicio y cocineros cuentan a DEIA su viaje a bordo del Orgullo de Bilbao. "El ferry no era sólo un trabajo. Era nuestra forma de vida", comienzan.
Algunos de ellos subieron a bordo hace más de 13 años. En ese tiempo, sus camarotes se han convertido en su "miniapartamento". Su espacio. Su casa. Un hogar flotante de 12 m2 en el que la tripulación ha experimentado mil aventuras. Y desventuras, también. "Aquí las cosas se magnifican", afirmaban casi al unísono Unai Marcos, Itziar Izurza, Leire Areizaga, Toñi Barri, José Luis Fernández, Elena Rama, Elixabete González, Marga Rey y Gonzalo Etxaburu. Los diez conforman la familia del Pride of Bilbao. Al menos una de ellas. Confianza. Amistad. Cariño. Incluso, amor. "Trabajar ahí dentro -señala al ferry atracado en el Puerto de Bilbao- es como vivir un Gran Hermano a lo bestia", describe Unai.
Pero la compañía Peninsular and Oriental Steam Navigatión, P&O, ha puesto fin a su viaje. Sus billetes ya no son válidos. No volverán a embarcar. Después de 17 años de idas y venidas desde Inglaterra, el buque necesita jubilarse. Y a la tripulación no le queda más remedio que permanecer en tierra firme. "Empezamos una nueva vida", dicen, optimistas. "Pero nos va a costar adaptarnos a una nueva rutina", se sinceran.
La mañana de su último atraque fue emotiva. Pasillos llenos de maletas. Tristeza. Compañeros llenando cajas con sus recuerdos. Lágrimas. El último vistazo atrás... Nostalgia. Las paredes de sus camarotes se han quedado vacías. El aspecto interior del ferry indicaba que el cierre estaba cerca. "Ya no queda casi nada en el barco. Da mucha pena", analiza Unai. El Orgullo de Bilbao también embalaba ya sus pertenencias.
Los abrazos y las últimas despedidas se adueñaban del pasillo de la segunda planta del buque, dedicada a sus trabajadores. Amistad. A la salida, hasta el tiempo se presentaba triste y apagado en Santurtzi. Como los tripulantes que abandonan el buque. "El día acompaña a nuestros sentimientos", sentenciaba Itziar. Su última noche la pasaron reunidos. Era momento de recordar viejas anécdotas. "Como aquella vez que nos llevamos por delante un velero", refresca la memoria Gonzalo. Pero sus corazones se estremecen cuando piensan que el del viernes sería el último día que verían a muchos de sus compañeros. "Es lo que más lástima da". "La mayoría somos de Bizkaia y podremos quedar de vez en cuando, pero hay compañeros de todas las nacionalidades con los que será imposible mantener un contacto", se resignan.
Una cerveza en la mano simbolizaba el fin de tantos años de trabajo en alta mar -en los que no se les ha permitido beber alcohol- "Vamos a brindar", decían mientras se retrataban con sus cámaras de fotos frente al ferry. "Nunca te había visto vestida de calle", se sorprenden. Trabajar en un barco de estas dimensiones une. Y mucho. Un ejemplo de ello son Unai e Itziar. Son pareja. "El roce hace el cariño", dice ella recordando como surgió el amor entre ambos mientras navegaban con destino a Portsmouth. Gonzalo y Elixabete también mantienen una relación. "Nos conocimos cuando estábamos en otro barco", cuenta la pareja. Pero pasar las 24 horas en el trabajo no sólo crea un ambiente proclive para el amor. En ocasiones también se produce el efecto contrario. "Se han roto muchas relaciones a bordo", confirmaban los tripulantes mientras intercambian miradas cómplices. Secretos que se quedarán en sus propios cuadernos de bitácora.
Navidades en alta mar
Pero a pesar de que muchos de los trabajadores han encontrado el amor a bordo, el Pride of Bilbao no ha sido testigo de ninguna boda entre tripulantes. "Aunque sí que hemos visto casarse a algunas parejas, pero el matrimonio no tiene validez porque el capitán no tiene potestad para celebrar un enlace", recordaba Marga. Aún así, las fiestas tienen cabida en alta mar ya que muchos de estos nueve ahora ya ex trabajadores han celebrado las navidades en el ferry. Cena de gala a base de tupperware. Vestidos elegantes. Tacón. Corbata. Fiesta en la discoteca del buque. "Seguimos las campanadas por la televisión y nos comemos las uvas y luego, fiesta. Es como ir a un cotillón", recordaban.
Pero hay otras jornadas, a parte de las navideñas, que no perdonan una pequeña fiesta. Sus cumpleaños. Entre todos compran regalos para el protagonista del día, bien en tierra o en alta mar, y luego, el cumpleañero invita a bombones o a una pequeña cena. "Es igual que si estuviéramos en Bilbao", aseguran. Y es que el pasillo de camarotes es como una pequeña comunidad de vecinos; una comunidad que ha ido transformándose con los años y amoldándose a las nuevas tecnologías.
Ordenadores, reproductores de DVD y televisiones adornan ahora los camarotes. Pero años atrás, según recordaban los ex tripulantes del Pride of Bilbao, eran pocos los afortunados que disfrutaban de la televisión. "Entonces nos reuníamos mucho más. Quedábamos para ver películas, charlábamos, las puertas de los camarotes estaban siempre abiertas.... Ahora como casi todos teníamos con qué matar el poco tiempo libre, habíamos individualizado más nuestras relaciones", cuenta Toñi.
No temen el mañana. De hecho, la mayoría ya está buscando otro trabajo. Planes de futuro, los de estos tripulantes, que no pasan en el mayor de los casos por volver a embarcar. "Esa sería mi última opción", apunta decidida Marga, aunque asegura que echará de menos poder levantarse 15 minutos antes de entrar a trabajar. "Yo quiero estudiar Magisterio y montar mi propia guardería", señala Elixabete. Sólo uno, José Luis, pasaría más años de puerto en puerto. "Me gusta eso de tener quince días de vacaciones todos los meses", razona. Y es que todos coinciden en una cosa, "la vida en un ferry engancha".
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