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Un local del Puerto de Castro aúna su sabor centenario y el intercambio cultural
cristina m. sacristán - Lunes, 18 de Octubre de 2010 - Actualizado a las 04:45h
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En La Cierbanata se puede disfrutar de la buena mesa, mientras se coge un libro, se escucha a un músico o a un actor... (Juan Lazkano)
Vista:
Castro Urdiales
HACE un siglo, en el Puerto de Castro los bares eran contados. Importante pueblo ballenero del Cantábrico, los pescadores acudían a las escasas tabernas de la zona porticada, en la calle Correría, donde se despachaba vino y se cocinaba lo que llevaban los arrantzales. Éstos solían tener cuenta y pagaban cuando llegaba la época de anchoa. Incluso celebraban sus bodas allí.
Hoy, Castro Urdiales es una localidad turística cien por cien, dormitorio o segunda residencia de vascos y una buena ruta para complacer a muy distintos paladares. Bastante distinta a ese 1923 en el que la zierbenarra Elena Barquín, madre de Jesús y de Peru Zaballa (el mítico futbolista del fair play), abrió las puertas de La Cierbanata, bar que sólo competía con el Alfredo, al fondo de La Correría. Jesús Zaballa mantuvo hasta hace siete años el espíritu pesquero y tradicional de La Cierbanata, pero entonces un emprendedor y joven castreño, José Ignacio Cortés -deslindado de la forma que tenía de llevar la hostelería su familia a pocos metros-, se hizo cargo de este establecimiento añejo, empeñado en que "la modernidad no riñera con el emblema que tenía el bar", de modo que ha logrado preservar el sabor de taberna portuaria, con sus paredes cubiertas de azulejos artesanales cordobeses, sus cerámicas del artista castreño y fallecido en Bizkaia Paco Labiano y sus motivos marítimos, al tiempo que lo ha dinamizado con música en directo, un intercambio de libros atípico, la presentación de obras de teatro y la visita y flujo de jóvenes actores, directores de cine, fotógrafos, pintores o guionistas.
Así, José Ignacio está logrando que este mítico bar no desestime los buenos caldos, en copas bonitas, y las viandas que encontramos referidas en guías, páginas web y por el boca-oído, mientras constituye un lugar de encuentro de jóvenes que se sienten cómodos en una taberna con solera donde poder charlar, escuchar música guapa o un concierto en directo, o bien intercambiar libros, entre otras actividades culturales. Mientras el jovial propietario saca para probar un Wrongo Dongo (Jumilla), junto con unas exquisitas croquetas de jibión en su tinta, la bella estampa de la Iglesia castreña y sus barcos va siendo acariciada por la noche. Se está aún muy bien en una de las mesas en la zona porticada. Los viandantes saludan a José al pasar: "Mis clientes son amigos", se congratula el singular barman. Entre ellos, el fotógrafo Fernando Sanchoyerto, quien ilustró un precioso libro de Castro que luce tras la barra de La Cierbanata. A menudo suele acercarse Esperanza Pedreño, la famosa actriz de Camera Café y Una palabra tuya, junto con su pareja, el también actor Mario Zorrilla. Otro de los amigos-clientes es César Martínez, dos Goyas por dos de sus cortometrajes. Los músicos se cuentan en este grupo creciente.
José Ignacio intenta rodearse de personas que "dan calidad de vida" a su establecimiento, y a él mismo. Hasta uno de sus camareros, Arkaitz, es bajista de un grupo. Santiago, su asesor de vinos, ha ocupado una de las mesas al aire libre junto con Sanchoyerto. Dentro, en general juventud, que potean mientras charlan o bien se han sentado a cenar. Pronto, en noviembre y diciembre, podrán asistir en directo a la música del pianista Aitor Arozamena, los jueves, el mismo día en que en primavera hay conciertos de jazz. Mientras, el embutido, el bacalao o unos suculentos huevos rotos van alegrando el estómago a la vez que el ánima.
Tras reabrir el bar, José pensó que "cualquiera no puede leer comprando libros todo el rato". Entonces, Sermán Varela (hijo del jurista Luciano) comenzó a llevar algún libro, y subía otro a casa. "Primero pusimos una balda, luego otra, y otra... La gente viene y coge un libro que le apetece, dejando otro que le parece que puede aportar algo", narra el propietario. Una caja está llena de los que no caben en las baldas, aunque hicieron una criba con los religiosos, políticos y de autoayuda.
José se siente orgulloso porque Mario Zorrilla leyó por primera vez en su bar La mujer del sexo tatuado, monólogo que después ha triunfado en La Latina y el Teatro Arenal de Madrid, dirigido por Luis Araujo: "Mario es mi embajador capitalino".
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