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La etapa de Bilbao de la próxima Vuelta sube El Vivero, la montaña que vertebra la biografía de Igor
alain Laiseka - Miércoles, 12 de Enero de 2011 - Actualizado a las 05:46h
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Igor Antón sube a El Vivero por la vertiente de Bengoetxe, la de la próxima Vuelta, con Bilbao y su Torre Iberdrola al fondo. (David de Haro)
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bilbao. "Sé que me pueden salir las cosas mejor o peor, que hay circunstancias que te pueden hacer estar el primero o el décimo, que sales en una carrera y puede pasar cualquier cosa, pero sobre todo, sé que voy a andar. Ya no dudo". Lo dice Igor Antón. Algo ha cambiado.
Hay un viento fresco que agita las copas de los árboles, se cuela entre los zarzales, desordena las nubes en un caos celeste y acaricia la coronilla del Ganguren, que es a Galdakao lo que el Pagasarri a Bilbao. Así se llega a su cima, con una invitación irrechazable: "Ven, sígueme, te voy a enseñar un sitio especial". A la altura del antiguo parque de atracciones, "yo jugué allí, en los barquitos y la sala de los espejos, pero mira ahora cómo está, totalmente abandonado", Antón ha dejado la carretera principal que trepa desde Artxanda a El Vivero, la montaña que vertebra su biografía y que se asciende dos veces por la vertiente de Bengoetxe en la etapa bilbaina de la próxima Vuelta. Ha cogido una vereda más estrecha y descarnada. 600 metros duros que mueren en la verja que guarda las agujas metálicas de Telefónica. Hay un camino de piedras hacia la izquierda. Y luego una pista embarrada y deslizante que rodea las antenas y... "¿Ves?, ¿qué te dije?, ¿no es impresionante?". Lo es. La panorámica invade la pupila por el horizonte izquierdo, el del Gorbea y su piel de pecas blancas de nieve, y sale por la derecha de los molinos de viento del Oiz. En medio está todo: Galdakao, el Paga, el Ganeko, Bilbao, la margen izquierda, el Serantes; El Abra, el Cantábrico y su infinito azul, Getxo y sus acantilados de piedra; el valle del Txorierri, Jata, Sollube, Mungia.
"En días claros es un espectáculo. Llegas, te sientas en la piedra y te quedas ahí, como hipnotizado, quieto, pensando en tus cosas, reflexionando. Yo lo hago a veces. Estoy media hora y me relajo. Es un lugar que poca gente conoce, pero alucinante". Antón tiene algo de místico.
En 2005, el año de su debut con Euskaltel-Euskadi, fue al Giro y uno de los días de descanso cogió el coche junto a Roberto Laiseka y se fue a visitar la tumba de Marco Pantani en Cesenatico. Tiene un Mini de los de antes que se compró por capricho y que conserva como un tesoro. Y, "lástima", quemó el motor de la Vespa que era esencial en su colección retro en la que él mismo es su pieza más preciada. Dicen que es un ciclista viejo, antiguo. Y un líder nuevo, diferente. La mejor evidencia: "Ya no dudo". Algo ha cambiado.
¿Qué ha pasado?
"Nada especial", dice el escalador de Euskaltel, que ha canjeado los inviernos reflexivos y atroces de 2008 y 2009 por el balsámico 2010. "Lo que es increíble es la capacidad de supervivencia del ser humano. Crees que te hundes, que no vas a poder salir a flote, que todo se acaba y en el último instante, ¡zas!, vas y sales". Habla Antón de la caída en la Vuelta de 2008 y sus graves consecuencias físicas; de su frustrante 2009; de la enfermedad, un cáncer de mama, que padeció su ama y que cayó como una bomba de angustia en la familia. "Ama está bien ya", celebra con una sonrisa. "Todo aquello, en lugar de hundirme y hacerme perder el camino, me multiplicó, me hizo más fuerte. No sé si por rabia, no sé si por otra cosa, pero desperté". En 2010 fue el mejor Antón de siempre. "La Vuelta me salió perfecta, todo cuadró". Hasta que se cayó cuando iba líder, al pie de Peña Cabarga. "Ocurrió y ya está. No le di más vueltas. Lo sintieron más, se dolieron más, los amigos, la familia, la afición...". Es un vencedor sin foto.
Dice Koikili Lertxundi, defensa del Athletic e ideólogo del proyecto Itzarri Consulting, que cuando Euskaltel les encargó la aplicación de la metodología Besteam para fomentar el liderazgo compartido en las organizaciones, se encontraron con Antón, una sorpresa. "Es un líder diferente que no se correspondía con el carácter fuerte de los líderes habituales".
Antón es el líder de la casilla nueve. "Eso es lo que me marcaba. La casilla nueve de una especie de test. Como Llorente (Fernando, delantero del Athletic). Creo que no somos como Ronaldo, no tenemos ese carácter. Pero no todos los líderes son iguales. Quizás yo arrastre a la gente con ilusión, con otro tipo de valores menos agresivos", razona el vizcaino, que atribuye a la experiencia psicológica con Itzarri un valor importante, "me ha servido para conocerme a mí y para conocer a Igor González de Galdeano, con lo que ahora nos entendemos mejor", pero no esencial: "Todo suma, pero nada es la panacea".
"La progresión del liderazgo de Igor antes, en el transcurso y después de la Vuelta ha sido impresionante", razonaba Koikili en este periódico el pasado mes de diciembre. "Igor es tozudo, por eso no se le puede imponer nada, sino convencerle de su capacidad. Sabíamos que cuando comprobara que ha nacido con un don especial para el ciclismo, cuando sintiera nuestro cariño, el de sus compañeros, iba a explotar. Así fue. En la fase posterior a la Vuelta se ha visto líder, se lo ha acabado de creer y ahora va a ratificarlo".
Sierra Nevada, El angliru... En el Giro de Italia, por ejemplo, la carrera a la que vuelve cinco años después. "Me apetece mucho, es la que más me gusta, pero voy tranquilo, pienso en una etapa, no en la general porque la última semana es de traca". Y después, en septiembre, en la Vuelta.
La Vuelta que se presenta hoy en Alicante. La Vuelta que comenzará en Benidorm con una contrarreloj por equipos y tendrá finales en Sierra Nevada, Cabeza de Manzaneda (Galicia), La Farrapona, con 1.708 metros de altitud el puerto más alto de Asturias, y El Angliru. La Vuelta que vuelve al muro de Valdepeñas de Jaén donde ganó en 2010 Antón la primera de sus dos etapas, y descubre el de El Escorial. La Vuelta de una crono larga que es corta, 35 kilómetros, pero llana como un plato en Salamanca. La Vuelta que, sobre todo, regresa a Euskadi 33 años después de que el asturiano José Enrique Cima venciera en Bilbao, junto al parque de atracciones, en el Vivero, la montaña de Antón.
"Ni sé las veces que he subido hasta aquí, pero solo cinco por esta vertiente". La de Bengoetxe -en el gráfico-, cinco kilómetros a más del 7% de desnivel pero rampas de hasta el 13%.
El viento llega ahora al Ganguren cargado de memoria. Tiene el aroma añejo del recuerdo. Huele a las tardes de verano en la huerta de los aitites, allí, un poco más abajo, en algún lugar junto a la carretera que sube a El Vivero. Sabe a jamón, chorizo, chocolate y pan para merendar. Suena al juego de bolos, a la curiosidad malvada de los niños. "Pasábamos el día allí. Aitite con los bolos y yo, como era tan pequeño que ni siquiera había empezado con la bici, estaba a lo mío, trasteando. Cogía las botellas llenas de agua que aitite usaba para regar la huerta y se las vaciaba".
Tiene el viento la frescura de las paredes húmedas de las trincheras del Cinturón de Hierro que recorren las tripas de El Vivero. "Éramos chavales y subíamos en bici o andando, nos metíamos en las trincheras de la Guerra Civil con las linternas y jugábamos hasta que se nos hacía tarde", recuerda entretenido.
Escapando a la noche de El Vivero alcanzó apresurado más de una vez el refugio de luz de farola de Galdakao. "Salía tarde, después de clase, subía y luego tenía que baja rápido porque oscurecía pronto en invierno". Llegaba con los perros de un caserío ladrando a la luna y a su figura. "Me daban un miedo atroz". No lo tuvo para aventurarse al descubrimiento de El Vivero. Era joven y curioso. "Tendría nueve años. Iba en mountain bike y seguí a unos ciclistas que subían por una pista. Luego, bajé por la carretera". Por una de sus cuatro vertientes: Lezama, El Gallo, Artxanda y Galdakao. "La de Lezama es la que más me gusta, pero desde Artxanda, como es falso llano, es un lugar perfecto para hacer series". La de Galdakao, por la que probablemente escale la Vuelta dos veces antes de bajar a Bilbao, la más exigente e irregular. "Tiene rampas duras y descansos. Pero no creo que se rompa el grupo de favoritos pese a que será ya final de Vuelta y las fuerzas andarán justas", dice asomado al balcón del El Vivero, su trinchera, su patio y jardín de infancia, su montaña, su casa, su diván que es una piedra tumbada que azota el viento en la cima pelada del Ganguren.
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