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La higiene de ayer y de hoy

LA HIGIENE Y LA SALUD PÚBLICA FUERON EN LOS SIGLOS XIX Y XX UNA AUTÉNTICA REVOLUCIÓN, LO QUE SIN LUGAR A DUDAS HA PERMITIDO EL ESPECTACULAR AUMENTO DE NUESTRA ESPERANZA DE VIDA.

TEXTO: ANDONI JAUREGI * - Miércoles, 19 de Enero de 2011 - Actualizado a las 13:17h

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La potabilización del agua, el control de las aguas residuales, el control sanitario de los alimentos, la higiene de los establecimientos públicos y los cambios en el aseo y cuidado personal han experimentado un gran avance en la prevención de las enfermedades infecciosas, que son la primera causa de muerte en el mundo y, especialmente, en los países menos desarrollados. No hay que retroceder tanto en el tiempo para encontrarnos variaciones muy significativas en cuanto a la higiene y los cuidados personales. Simplemente con que preguntarais a personas que superen los cincuenta años, es decir, que nacieron hacia la mitad del siglo pasado: os podríais llevar alguna que otra sorpresa en cuanto a los cambios que se han experimentado. A modo de ejemplo podemos señalar que en las casas que no estuvieran en las ciudades era muy poco frecuente encontrar una ducha o una bañera.

Lo normal era asearse en la fregadera o el pilón de la cocina. La cabeza se lavaba, en general, una vez por semana y los dientes antes de acostarse. Ésta era la rutina de las personas normales y que se consideraban por aquel entonces como limpias. También era usual el tener una ropa para la semana y otra especial para los domingos y días de fiesta.

FORÚNCULOS DE CICLISTA

ES SORPRENDENTE LO MUCHO QUE HAN CAMBIADO LAS COSAS EN APENAS 50 AÑOS

Ya la aparición del bidé supuso toda una innovación, y en el tiempo de su adaptación a nuestro uso cotidiano dio lugar a inolvidables anécdotas, y para ilustrarlo voy a contar alguna. En los años ochenta yo colaboraba con equipos de ciclismo.

Uno de los problemas más frecuentes en aquella época –y un auténtico calvario para los ciclistas– eran los famosos forúnculos, que son la infección de los folículos pilosos debido a una mala higiene, en este caso de la región del periné, es decir, la zona anal y alrededores. También eran frecuentes las fístulas y las fisuras anales infectadas. Estos problemas provocaban en los ciclistas el abandono de muchas carreras, en ocasiones, cuando se encontraban a punto de ganar una gran ronda.

En aquellos años nos propusimos cambiar algunos hábitos higiénicos que pensábamos estaban en el origen de estos problemas. Así, elaboramos un cuestionario con preguntas sobre el aseo personal de los deportistas. Una de esas preguntas se refería a la existencia o no en su casa del bidé y, en caso de tenerlo, para qué lo usaban. Las respuestas fueron de lo más pintorescas. La mayoría de los que tenían bidé en casa nos referían que ellos no lo usaban, que creían que lo usaban sus padres para lavarse los pies y algunos sospechaban que lo utilizaban su madre o sus hermanas. Ninguno de los ciclistas realizaba limpieza alguna de su región perianal después de ir al servicio, ni tan siquiera si posteriormente iban a subirse a la bicicleta. Hoy en día, la introducción de mejores materiales en la elaboración de los culotes, la limpieza y cambio diario de los mismos y los cuidados y aseo de los/las ciclistas han dado lugar a que esta patología sea prácticamente inexistente.

Pero todavía en la actualidad hay muchas personas que no utilizan el bidé en su aseo habitual, e incluso, en muchas casas se considera un utensilio que ocupa espacio y no sirve para nada y han comenzado a no instalarlo, por lo que parece que el famoso invento francés está cayendo en desuso.

¿EXCESO DE HIGIENE?

Claro está que tanta higiene tiene sus detractores. Los hay que opinan que eliminar a los microorganismos con agentes desinfectantes contribuye a una falta de respuesta inmunitaria y de desarrollo de nuestras defensas y que vivir en un entorno estéril es muy difícil, muy caro y muy insalubre, además de posiblemente contaminante. Estas críticas se refieren, generalmente, a los productos industriales sintéticos que poseen un extraordinario poder biocida, es decir, con una gran capacidad de eliminar los microorganismos patógenos o perjudiciales, pero también eliminan los simbióticos, aquellos que realizan acciones necesarias y beneficiosas para nuestra vida (y de los que hablaremos a continuación), creando así un entorno en el que se favorecen todo tipo de reacciones y respuestas inadecuadas, como intolerancias, alergias, etc. Es por ello que hoy en día se describen ciertas patologías como ocasionadas por un exceso de higiene y por el abuso de productos de limpieza y desinfectantes, tanto en nuestras casas como en nuestro propio cuerpo, en forma de geles, champús, jabones, etc.

En realidad, nuestro cuerpo es un ecosistema, asombraos con las cifras. Tenemos aproximadamente 1.014 células, de las cuales sólo el 10% (según algunos autores), son humanas, es decir, que llevamos encima una millonada de células que pertenecen a otros seres vivos, microorganismos que viven en nuestro cuerpo; también podemos decirlo de otra manera: que nuestro 10% de células humanas viven en un variadísimo ecosistema formado por un 90% de microorganismos.

Podemos vivir y desarrollarnos gracias a esos bichos que denominamos flora normal o flora nativa, y cuya adecuada denominación es la de microbiota natural. ¿Dónde se encuentran? Prácticamente en todas las zonas de contacto de nuestro cuerpo con el exterior: la piel y las mucosas. La flora más conocida es la de nuestro intestino, sobre todo por la publicidad televisiva de ciertos alimentos funcionales como los yogures, que contienen los famosos bífidus y lacctobacillus, pero es de suma importancia para nuestra salud la microbiota de la piel y de otras mucosas, como la respiratoria y la genitourinaria especialmente en las mujeres. También encontramos microorganismos en la conjuntiva del ojo y en el oído. Resumiendo, estamos rodeados y recubiertos por bacterias, virus, hongos, protozoos, etc., que se encargan de protegernos frente a los agentes patógenos.

Esta flora o microbiota desarrolla tareas beneficiosas para el ecosistema general del cuerpo humano. Estas tareas incluyen la participación en los procesos de digestión de alimentos y de síntesis de vitaminas en el intestino, la producción del pH ácido de la vagina o la protección competitiva frente a patógenos, es decir nos defienden de las infecciones; por consiguiente, en la mayoría de los casos, la interacción entre la flora normal y el ser humano es beneficiosa. Deberíamos, por lo tanto, no sólo prestar atención y cuidados a ese 10% de células humanas, sino también a ese 90% de microorganismos protectores, ya que cuando se altera su composición por diferentes circunstancias se pueden tornar patógenos oportunistas y nos pueden producir problemas.

No nos olvidemos de que hay microorganismos intrínsecamente patógenos y otros que pueden ser patógenos oportunistas, bien de la microbiota normal o de otras poblaciones bacterianas que, por heridas o por descenso de las defensas inmunitarias, llegan a colonizarnos, desarrollando su acción patógena.

ALTERACIONES DE LA FLORA

Hay diferentes circunstancias en las que se produce una alteración en esta flora o microbiota. Las más frecuentes son una alimentación inadecuada, el exceso de conservantes, colorantes y saborizantes artificiales contenidos en los alimentos (cada vez es más usual no esperar a que en la charcutería, carnicería o pescadería nos sirvan los alimentos, sino coger las bandejas ya preparadas y cerradas en las estanterías, manipuladas con conservantes, y al llegar a casa abrir la bandeja e inmediatamente preparar y comer el alimento, sin dejar un tiempo a que se airee y desaparezcan los conservantes), los cambios climáticos a los que prestamos menos atención cada día también nos alteran la flora y, sobre todo, los tratamientos con antibióticos de amplio espectro y la acción antiséptica de algunos productos de limpieza, que han sido sintetizados para tener un gran poder desinfectante pero que pueden alterar la flora normal y destruirla, lo que, en ocasiones, deja la puerta abierta para el desarrollo de procesos infecciosos oportunistas que pueden llegar a ser graves.

+ INFO:
www.idoki.com
Teléfono de asesoramiento: 901 440 144

Sustancias naturales y sustancias químicas

El avance que se ha conseguido en la salud pública nos ha llevado a vivir más años, junto con la aparición de medicamentos como los antibióticos y los desinfectantes que han supuesto una insustituible aportación a la medicina, salvando todos los días miles de vidas.

Si la infección está establecida su uso es de gran eficacia en la mayor parte de los casos, pero su abuso y su utilización indiscriminada sin una adecuada prescripción médica contribuyen a destruir los organismos perjudiciales y los beneficiosos, con los problemas que esto conlleva.

En la naturaleza y durante millones de años de evolución se han desarrollado sustancias químicas por parte de las plantas y de los animales para defenderse de los microorganismos patógenos y de las condiciones ambientales y climáticas desfavorables. Las abejas, por ejemplo, han desarrollado una sustancia gomosa que denominamos propóleo, compuesta por más de 300 principios activos procedentes de las plantas que liban y que hacen que la colmena sea prácticamente estéril a microorganismos patógenos.

Estas sustancias químicas naturales producidas en ese gran laboratorio que es la naturaleza se diferencian de las sustancias químicas sintéticas en varios e importantes aspectos. Las sintéticas han sido desarrolladas con una forma de actuar específica, por lo que son más potentes y eficaces en destruir un tipo de microorganismo en concreto, pero también los similares, sean beneficiosos o no, de ahí su extraordinaria eficacia y especificidad cuando estamos contaminados o infectados por dicho microorganismo.

Las naturales, habitualmente, no son una sustancia en concreto sino un conjunto de principios activos actuando conjuntamente; no tienen tanta especificidad, pero pueden actuar ante bacterias, virus y levaduras con una acción menos potente y más respetuosa con los microorganismos beneficiosos. Por ello, su utilización como preventivos es su indicación más importante; así, plantas como la equinacea han mostrado una eficacia muy interesante en la prevención de los resfriados, y el propóleo incorporado en los geles de ducha o de higiene íntima la ha mostrado en la aparición de infecciones por levaduras como la candidiasis, virus como el herpes, bacterias como los estafilococos o los estreptococos, y hongos como el pie de atleta.

Hay que recomendar como uso habitual en nuestros cuidados higiénicos la utilización de productos de limpieza que contengan activos naturales que respetarán nuestra microbiota y mantendrán de forma más adecuada nuestras defensas frente al desarrollo de contaminaciones e infecciones, además de otros efectos beneficiosos. Nuestra salud se puede mejorar si cuidamos de forma adecuada nuestro ecosistema.

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