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La revolución de los jóvenes

El desconocimiento, fruto de la despreocupación, sobre el Islam ha llevado a la generalización, a obviar la evidente diversidad. Occidente, como los propios dirigentes del mundo islámico, olvidaron lo esencial, al pueblo, y que los muertos no pueden gobernar a la vivos

Por Igor Filibi, * Profesor de Relaciones Internacionales UPV/EHU - Jueves, 3 de Febrero de 2011 - Actualizado a las 05:49h

CUANDO Aznar decía que España apoyaba la guerra de Irak, todo el mundo miraba de reojo a sus calles y podía ver a la multitud manifestándose en contra. Por cierto, la mayor parte eran jóvenes. Cuando Obama, que fue capaz de ilusionar a millones de jóvenes que nunca habían votado ni se habían interesado por la política, impulsó la reforma del sistema de salud, era conocido que la mitad de los norteamericanos estaban en contra. Sarkozy impulsó una serie de reformas y millones de franceses salieron a las calles, dejando clara la pluralidad de su sociedad. Tampoco hay duda de la pluralidad nacional del Estado español, por mucho que diga el Tribunal Constitucional o protesten el Partido Popular y el PSOE. Como no puede haber duda de esa misma pluralidad dentro de las propias naciones vasca o catalana. Del mismo modo, cuando la Comisión Europea lanza una propuesta, nadie piensa que Europa entera aplaudirá esa política necesariamente.

La razón de este sano escepticismo es muy sencilla, ya que es obvio que nuestras sociedades son muy plurales con infinidad de puntos de vista diferentes. Sin embargo, si preguntamos en la calle cómo son los árabes, pocos serán capaces de distinguirlos de los musulmanes o apreciarán la diferencia entre sociedades islámicas no árabes o sabrán que el país con mayor número de musulmanes es Indonesia. Árabe, musulmán, fundamentalista, suní, chií, baaz, yihad... son términos que se han convertido en una nebulosa donde nada está claro y todo está revuelto. Palabras, palabras, palabras. Lo único que tenemos claro es que el Islam es algo, sea lo que sea, y normalmente no muy positivo.

Por supuesto que los atentados de Nueva York, Londres y Madrid no han ayudado a mejorar esta imagen. Pero olvidamos que también hubo atentados, y más sangrientos, en Bali, Sudán y otros países no occidentales. También es cierto que los medios de comunicación y las principales agencias de noticias no suelen ofrecer una información muy detallada de estas cuestiones, por lo que el gran público no tiene por qué conocer la realidad del mundo musulmán, Pero lo que sí se puede exigir a cualquier ciudadano o ciudadana medianamente sensato es intuir que, del mismo modo que nuestra sociedad es muy plural, también lo debe ser el conjunto de sociedades que forman dicho mundo.

En la actualidad, más de cincuenta países son considerados musulmanes. Entre ellos hay de todo: países inmensamente ricos y otros muy pobres; algunos son monarquías y otros repúblicas; con regímenes laicos y de corte religioso y hasta integrista; algunos tienen a una mujer de presidenta (cosa que aún no ha sucedido ni en Euskadi ni en España) mientras que otros les niegan a las mujeres incluso el derecho de voto. Y la lista de diferencias podría seguir.

Todos estos países tienen algunos puntos en común, pero también tienen muchas y graves discrepancias entre ellos. Por ejemplo, entre los países más reacios a que Irán posea armas nucleares, además de Israel, hay varios Estados musulmanes. Otro ejemplo: uno de los puntos más peligrosos del planeta, donde varias veces ha estado a punto de iniciarse una guerra nuclear, es la frontera entre Pakistán e India, ambos con millones de musulmanes. El Islam también tiene sus propios problemas de minorías, a veces por motivos étnicos (kurdos) y a veces por motivos religiosos (Sudán). En definitiva, el Islam es tan complejo que resiste cualquier generalización o simplificación.

También los propios líderes de estos países deben realizar una fuerte autocrítica. Del mismo modo que todos los líderes europeos sin excepción han estado durante años apropiándose de los éxitos y cargando las culpas a la Unión Europea, los líderes de los países árabes e islámicos han estado haciendo lo mismo. Cualquier éxito era únicamente debido a su gran talento y genio político, usualmente del líder, ni siquiera del partido gobernante. Todos los males, eso sí, se debían de forma directa o indirecta a las políticas imperialistas de Occidente. Tampoco en el mundo árabe o islámico se ha perdido demasiado tiempo en mostrar los muy distintos matices de los países o gobiernos occidentales.

A la vez, muchos Estados árabes e islámicos han oprimido a su población. Algunos con ayudas de Occidente, pero otros se han bastado a sí mismos. Han pasado los años y estos países han ido probando diversas fórmulas para intentar desarrollarse, estabilizarse y mejorar su nivel de vida. No lo logró el socialismo árabe, ni tampoco el nacionalismo. No puede extrañar que muchos crean que el Islam es la respuesta que llevan tanto tiempo buscando. Quizás esto explique el auge del fervor religioso en algunas de sus sociedades. Al Qaeda ha usado este discurso para tratar de reclutar militantes y hacerse oír en el mundo islámico. Pero no podemos engañarnos, por cada militante de Al Qaeda hay cientos de personas cuya principal preocupación es encontrar trabajo o mejorar su escaso sueldo. Nada que no conozcamos en Europa.

Lo que ha pasado en Túnez, un acto espontáneo de protesta que ha terminado por derribar un régimen tiránico, ha sorprendido tanto en Occidente como en el propio mundo árabe y musulmán, porque ambas visiones estaban distorsionadas. Tanto los analistas occidentales como los asesores de los gobiernos de la región habían olvidado al pueblo, sus miserias, sus preocupaciones, sus legítimas ambiciones de mejorar su vida y, sobre todo, las pocas ilusiones y expectativas que pueden ofrecer a millones de jóvenes que ven que sus tatarabuelos, abuelos y padres han sido incapaces de mejorar apenas nada sus vidas.

No debemos olvidar que estos países son, antes que árabes, musulmanes o nacionalistas, jóvenes. Un altísimo porcentaje de su población tiene menos de 20 años. Hay millones de adolescentes y jóvenes que se resisten a vivir como sus padres y madres. Quieren tener la opción de ser felices, de encontrar un trabajo digno, de poder relacionarse de una forma más abierta, de acceder a las nuevas tecnologías, de hacer suyo el Islam y no solo de heredarlo, quieren participar y decidir por sí mismos. Quieren echar del poder a los viejos que llevan décadas mandando en nombre de un Islam que no cumplen. Podemos llamar a esto revolución o simplemente sentido común. Lo que está claro es que el Islam, tal y como lo entienden estos dictadores y sus castas dirigentes, no está en peligro debido a Occidente sino porque su población, sobre todo sus jóvenes, lo ven como un simple medio de dominarlos y de acaparar las riquezas de sus países. Estos jóvenes sienten el Islam, pero un Islam distinto, suyo, próximo a sus vidas y cargado de sus sueños. Por eso se ha extendido de Túnez a Egipto, y a Yemen… Es la revolución de los jóvenes, aunque otros viejos como Baradei traten de capitalizarla.

Los padres del constitucionalismo sabían muy bien que los muertos no pueden gobernar a los vivos. Por eso siempre se ha enseñado en los cursos de derecho constitucional que cada veinte años, cada generación, es preciso realizar una reforma que adapte el texto a las necesidades y deseos de quienes alcanzan la madurez. Por eso va contra toda lógica política que nadie se eternice en el puesto. Gadafi lleva gobernando Libia más de cuatro décadas, Saleh gobierna Yemen desde hace 33 años, Mubarak en Egipto tres décadas y el ya depuesto Ben Ali había gobernado Túnez durante 24 años. Es demasiado tiempo. Tampoco es posible que líderes como el saudí Abdalá, de 86 años, o el egipcio Mubarak, de 83 años, comprendan lo que sienten los jóvenes árabes. Además, incumpliendo sus eternas promesas de reformas, han gobernado con mano de hierro, de Marruecos a la península arábiga.

Otra novedad es que apenas ha habido violencia. Los países de la Europa del Este ya demostraron que los ciudadanos pueden cambiar regímenes políticos simplemente diciendo que están hartos y que es inaceptable seguir con una dictadura. Los regímenes totalitarios están preparados para reprimir la violencia, pero se quedan completamente desarmados ante las manifestaciones pacíficas y mayoritarias. También en América Latina, otro continente joven, se ha producido un cambio gigantesco en los últimos diez o quince años. ¿Qué pensarán los jóvenes europeos y norteamericanos al ver a sus colegas árabes? ¿Qué pensarán los jóvenes chinos? Y aún más importante, ¿qué harán cuando se den cuenta de que, si nada cambia, es decir, si ellos no lo cambian, vivirán mucho peor que sus padres?

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