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la tartamudez, la gran olvidada

Unas sílabas muy puñeteras

"El discurso del rey" ha puesto el foco de atención sobre la tartamudez, una disfunción que nos retratan tres afectados

concha lago - Domingo, 6 de Marzo de 2011 - Actualizado a las 05:50h

Amaia Thomen, una irunesa tartamuda desde los ocho años, posa con su hijo Josu, de seis, que no ha heredado su problema.

Amaia Thomen, una irunesa tartamuda desde los ocho años, posa con su hijo Josu, de seis, que no ha heredado su problema. (DEIA)

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Bilbao

Pronuncian las palabras a tropezones, articulan sílabas encadenadas que se resisten a ser liberadas. El lenguaje es nuestra carta de presentación y, sin embargo, a los tartamudos, la conversación se les resiste. La tartamudez ha sido tradicionalmente tratada con crueldad y con frivolidad, pero la película, El discurso del rey, ha puesto el foco de atención sobre esta disfunción del lenguaje. La ganadora absoluta de los Oscar ha traído a primer plano el trauma que supone para muchas personas un trastorno que afecta al 2% de la población. Según los especialistas, el filme ha hecho un gran favor para mostrar al mundo, con absoluta naturalidad, una realidad que padecen casi 50.000 personas en Euskadi y 800.000 en toda España. La película cuenta la historia de Jorge VI, un rey cuyos problemas de tartamudez -el nombre científico es disfemia- convertían los momentos en que debía dirigirse al pueblo británico en una tortura.

Una tortura que padecen miles de afectados y de la que pueda dar buena cuenta Amaia Thomen, irunesa, técnica de integración social, que forma parte del grupo de autoayuda vasco-navarro. A sus 34 años, mantiene un leve tartamudeo que prácticamente no se percibe en la conversación ordinaria pero que le pasa factura en los malos momentos. "Tengo rachas. Depende de los días, pero no estoy libre de bloqueos". A su juicio, lo más grave es que se trata de un trastorno que no es tomado en serio y "nos tratan como si fuéramos tontos". En su caso, lo que más le cuesta pronunciar son las sílabas que empiezan por p, "esas son las que realmente se me resisten y si estoy nerviosa, tartamudeo más. Aunque sobre todo depende de mi estado de ánimo», apostilla.

amaia thomen

"Si me bloqueo balbuceo igual en euskera que en castellano"

Amaia es una de las mujeres que sufren una disfunción en la que ganan por goleada los hombres. "Hace falta información. Tenemos que desmontar los estereotipos que existen», precisa Thomen, de abuelo suizo y exrepresentante de la Fundación española de esta alteración en Euskadi. Por eso, aconseja a los afectados que se pongan en contacto con la fundación en el teléfono 93 2379193 "porque además ahora ha llegado un método nuevo para niños entre 2 y 6 años, el programa Lindcombe, que funciona muy bien". Afortunadamente su hijo Josu, de seis años, que larga como un descosido, no ha heredado el problema, tampoco sus hermanos aunque su padre sí tartamudeaba ligeramente. En sus conversaciones con Josu en euskera, la tartamudez persiste. "Si me bloqueo, balbuceo igual que en castellano", confiesa.

Su rebelión contra el habla comenzó a los ocho años. «Sufría muchísimo. No era consciente de lo que estaba pasando. Me trababa y era incapaz de retomar la lectura. Pero me ayudó mucho cantar en un coro, porque aprendes a vocalizar y a controlar la respiración».

Hay personas con tartamudez, como Amaia, que lo aceptan perfectamente. Pero otras están estigmatizadas. Porque la tartamudez puede dejar muchas secuelas difíciles de reparar.

Luis Miguel Mourareu

"Hay niños que llegan a automutilarse la lengua"

El ingeniero químico, Luis Miguel Mourareu, relata en un libro su angustia vital a raíz de la tartamudez que padecía. De hecho, asegura que la gente con la que tienen que convivir está en su contra. "No me extraña que miles de tartamudos se hayan suicidado en todo el mundo".

Luis Miguel pensó en suicidarse a los ocho años un montón de veces. Cuando tardaba 45 minutos en leer cinco líneas de texto. "¡45 minutos! Cuando acababa el ejercicio me tenía que ir a la cama a descansar, estaba muerto del esfuerzo". "Era el hazmerreír de mis compañeros en el cole, me tiraban piedras en los recreos y, al acabar las clases, salía corriendo hacia casa. Yo estuve a punto de suicidarme. Algo que, pasados varios años, hizo uno de mis mejores amigos pegándose un tiro. Hay niños que llegan, incluso, a automutilarse la lengua", narra en un relato conmovedor.

Muchos de aquellos que se agazapaban en la última fila de pupitres para que el profesor no les preguntara nada, aseguran ya de adultos, que lo que más les molesta es que alguien acabe por ellos las frases. Son conscientes de que es algo que se hace de forma fortuita y benévola, pero es lo que más les ofende.

En este mundo del coitus interruptus linguae se entra en una espiral que cada uno capea como puede. Por extraño que pueda parecer, hay quienes son capaces de comprar un billete de tren hacia Donostia y no a Pamplona -su verdadero destino- porque se atascan al pronunciar la p. Evitan a toda costa reconocer el problema. Otros están acostumbrados a pedir en el bar una bebida que no les apetece pero es fácil de pronunciar. Hay quien elige en la carta carne porque no le sale pescado. Hacen de tripas corazón. "Tengo muchos amigos que cuando les mandan a comprar en una tienda, terminan comprando otra cosa, o dejan pasar a todo el mundo para quedarse el último", matiza Thomen.

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