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Volvamos a hablar de la crisis

La crisis del sistema capitalista fue generada por el propio capitalismo con una finalidad evidente: amedrentar a quienes siendo su sostén, los trabajadores, bien poco se han aprovechado de las cuantiosas plusvalías cosechadas por los capitalistas

Por Josu Montalbán, * Diputado del PSE-EE - Viernes, 11 de Marzo de 2011 - Actualizado a las 05:48h

HAY que volver a hablar de la crisis. Ahora que todos estaríamos dispuestos a aceptar que ha sido de verdad una crisis, ya casi nadie habla de ella y, sobre todo, a nadie se le ocurre definirla ni matizar en qué consistió. Ahora es el tiempo de las predicciones y de las previsiones. Lo que antaño se llamaban "brotes verdes" ahora son agüeros surgidos por boca de expertos y entendidos que nos anuncian en qué cuantía va a crecer la economía y cuántos empleos se van a crear. Al mismo tiempo han aflorado voces de economistas, asesores financieros, consejeros de potentes compañías transnacionales... que no paran de diagnosticar nuevas sintomatologías y una brutal conclusión que ya se está instalando en el inconsciente colectivo, provocando un pesimismo enfermizo: nada volverá a ser como antes.

Esto es tanto como decirnos que ya nunca volveremos a ser igual de felices que fuimos en las vísperas de la crisis. Las gentes humildes, que acudían a las entidades financieras en busca de créditos y encontraban abiertas de par en par las puertas de las cajas-fuertes, para que cogiesen lo que necesitasen sin reparar en las posibilidades futuras para devolver lo cogido, se encuentran ahora dormitando al sol, con sus viviendas pendientes del hilo que les libra de que cualquier decisión les prive de su casa porque alguien, sin alma y con escasos remilgos, les ejecuta la hipoteca. La felicidad, que los anuncios publicitarios mostraban en la acumulación de posesiones, al acercamiento al lujo y la adquisición de segundos bienes (segunda vivienda, segundo coche), ya no va a estar ahí y lo peor es que nadie sabe dónde va a anidar a partir de ahora, salvo los que se conforman con ser resignados y, como tales, felices en la morigeración.

Antes había a quién achacarle todos los errores de previsión y a quien cargarle con las fatales consecuencias: Zapatero. Porque él no había previsto la crisis, peor aún, la había negado. Cierto es que quizás había en aquella actitud algo de cerrazón y de ceguera, pero ahora que ha tomado cuantas medidas han sido dictadas o insinuadas por los anónimos y omnipresentes "mercados", ya no cabe hacerle responsable de todo. Podrá el PP hacer culpable a Zapatero de la muerte de Manolete, pero ya no puede culparle de no hacer nada frente a la famosa crisis. Es bien cierto que no ha sido el socialismo, tan suave y tímido como hoy de ejerce, el provocador de la crisis, porque lo que ha quedado perfectamente claro es que lo que ha fracasado ha sido el sistema capitalista, que no ha previsto ni una sola de las insolvencias de las entidades financieras en que se sustenta. La cadena de despropósitos protagonizados por los prebostes capitalistas han sido una flagrante muestra de que tal sistema se muestra mucho más proclive a generar la riqueza para unos pocos, que para redistribuirla entre todos.

Parece el mundo al revés, por eso hay que extremar la atención sobre quién ha de ser el que administre el futuro que, por el mero hecho de serlo, ha de ser esperanzador

Como muestra basta un botón. Frente al Informe del FMI (Fondo Monetario Internacional) que ha emborronado la gestión del popular Rodrigo Rato al frente del Fondo, acusándole de no haber hecho "avisos claros" de la crisis que se avecinaba, han surgido las voces de miembros del PP para apagar la hoguera. Ha habido quien, discretamente, solo se ha atrevido a generalizar que "no hay mucha gente que podamos decir que haya tenido aciertos en esta crisis, ni antes ni después". De modo que las críticas al presidente del Gobierno, despiadadas y zafias, no estaban debidamente sustentadas. Claro está que al PP nunca le falta un osado, o un necio, que va más lejos aunque no sustente sus reflexiones en nada consistente. Para el señorito González Pons lo de Zapatero no fue falta de previsión, sino que "mintió" y eso, según él, es propio de quien "no tiene escrúpulos". Hasta ahí llega la insolencia de este "buscador de votos a cualquier precio", porque ignora voluntariamente la crucial responsabilidad de Rato en la consumación de la burbuja inmobiliaria que ha estado en el principio de la crisis que nos aqueja ahora.

Todos sabemos que una crisis de tal envergadura en una economía globalizada e internacionalizada no responde a un solo factor, ni siquiera a ninguna medida aislada tomada en un rincón del planeta. El actual gerente del FMI, el socialista francés Strauss-Kahn, no ha dudado en rebajar la culpa de Rato y para ello ¡cómo no! nada mejor que recurrir a un sujeto abstracto: "Fue un fallo de la comunidad internacional y yo no diría que Rato fue responsable de eso". Puede que se trate de mera cortesía, o quizás esto demuestra el diferente modo como la izquierda y la derecha actúan ante las adversidades. La responsabilidad, ha dicho Strauss-Kahn, "debería ser compartida por todo el mundo". O sea, que esa patochada subrayada por Rajoy en uno de esos actos de exaltación patriótica, que auguraba que "ahora vendrán los socialistas con esa retahíla trasnochada de izquierdas y derechas", como dando a entender que la distinción entre ambas es cosa del pasado más lejano, no se sostiene. La auténtica verdad es que hay una derecha que pone al Estado al servicio de un ramillete de aventajados, dejando las migajas que caen de las mesas de los epulones a los lázaros que aún sobreviven, y hay una izquierda que aún cree que el Estado puede y debe preservar los derechos de todos y evitar las insoportables desigualdades que imperan ahora mismo.

Ahora se trata de saber quién está llamado a administrar ese futuro que no va a ser como el pasado, según las palabras de los agoreros. De quién llegue a serlo podemos intuir cómo va a ser. Quienes pontifican con que vamos a vivir peor, irremediablemente, deberán ser analizados para profundizar en sus pasados y sus características, y deberán ser desenmascarados, porque a nadie se le debe escapar que la crisis del sistema capitalista fue generada en el propio seno del capitalismo con una finalidad bien evidente: amedrentar a quienes siendo su sostén -los trabajadores- bien poco se han aprovechado de las cuantiosas plusvalías cosechadas por los capitalistas. Se les dejó durante algún tiempo vivir como capitalistas, se les movió hacia un consumo irracional, se les enseñó a poseer e incluso a acaparar, aunque ello les acarreara deudas para muchos años, y luego les dijeron claramente que habían vivido por encima de sus posibilidades, que es una frase contradictoria en sus propios términos, y corresponde a la versión delicada del grosero dicho que sentencia que "no está hecha la miel para la boca del asno".

Tal como he iniciado el artículo hay que volver a hablar de la crisis y, sobre todo, hay que reflexionar para poner el mayor empeño en desarmar a quienes habiéndola provocado y habiéndola mantenido, ahora quieren colocarse también en la primera fila para gestionar los nuevos tiempos. Me decía recientemente un destacadísimo líder socialista, haciendo una autocrítica que le dignifica, que los socialistas hemos pasado de ser azotes del capitalismo a ser sus gestores. Me lo dijo con pena y algo de rabia, después de comentar las medidas que Zapatero ha tenido que tomar, difícilmente encontrables en un manual socialista. Es curioso que tales medidas, que debieran haber sido acogidas con cierta dosis de beneplácito por la derecha española, hayan llevado a sus líderes a apalancarse en posiciones que parecen más propias de la izquierda. Cuando Rajoy despreció la diferencia de izquierda y derecha, lo ilustró con un aserto dudoso: "…habiendo sido el Gobierno que ha aprobado el mayor recorte social de la Historia". Esto parece el mundo al revés, por eso hay que extremar la atención sobre quién ha de ser el que administre el futuro que, por el mero hecho de serlo, ha de ser esperanzador y responder a estrategias nuevas e innovadoras que superen los errores y los vicios en los que ya hemos fracasado.

Pero habrá de ser desde la izquierda, desde sus valores y principios, siempre más éticos que los de la derecha, desde donde articulemos las nuevas acciones que permitan resolver las dos grandes lacras que aquejan a la humanidad y también a nosotros: la pobreza y la desigualdad. La solución será costosa pero será la voluntad firme de construir una sociedad sin desequilibrios sociales, la única garantía para que la felicidad no se aleje de nosotros de modo irreversible.

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