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Manuel Rodríguez Ayora, el padre del hasta ayer líder, sigue la carrera desde una autocaravana
Alain Laiseka - Miércoles, 6 de Abril de 2011 - Actualizado a las 05:49h
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Manuel Rodríguez Ayora, en la cuneta junto a su autocaravana sin perder detalle del pelotón por el que transita su hijo.
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Antes de ser Purito -ya saben, el apodo se lo pusieron los patricios de la Once en la pretemporada de 2001 porque al final de un entrenamiento largo y duro les pasó en un repecho simulando que fumaba en señal de suficiencia y, también, porque es breve y moreno como un puro-, Purito era Joaquim, el hijo de Manuel Rodríguez Ayora, que acaba de aparcar el camión, se ha jubilado, y anda estos días por la Vuelta al País Vasco en una autocaravana, gozando como nunca antes en cuatro décadas de visitas de médico a Euskadi. "Venía al hotel, corría y me iba". Rodríguez Ayora fue ciclista en los 60. Un buen amateur. "Más bien rodador, aunque no me defendía mal subiendo". Llegó a firmar un precontrato para correr en el equipo del gran Luis Ocaña que finalmente se llevó el viento porque el fenomenal conquense, el látigo de Merckx, se marchó a correr al Bic francés y allí no había un dorsal para él. Dejó la bici en el garaje y dirigió tres años, del 79 al 81, al Colchón CR. Luego, lo dejó. Se tenía que encargar de su propio pelotón: tres hijos y una hija.
La pubertad de los chavales, más o menos, coincidió con el amanecer de la era del botellón. "Ya sabes", cuenta, "aquella época en la que beber empezaba a ser entre los críos sinónimo de popularidad, de ser... ¿cómo decían ellos? Sí, guay o algo así". Manuel era entonces taxista. Trabajaba las noches de los fines de semana y recogía a las dos o tres de la mañana a adolescentes en plena edad del pavo, completamente ebrios, desfasados. "Yo les veía y no paraba de pensar en que si me encontraba a alguno de mis hijos en ese estado...". Así que llegaba por la noche a casa, miraba a sus niños y, recordando aquellos rostros que se deformaban en el retrovisor interior del taxi, les decía: "Mañana domingo, todo el mundo a andar en bici. ¿Que queréis llegar a las 6 de la mañana? Perfecto. A las 8, todo el mundo en pie".
los domingos, en bici De aquellos domingos familiares salieron tres ciclistas. Los tres chicos. El mayor hizo lo que pudo. El pequeño, Alberto, era un fenómeno que subía, bajaba, llaneaba. "Era el que más clase tenía de los tres". En juveniles solo perdió tres carreras y ganó 27. Manolo Saiz lo vio y le dijo al padre: "Manuel, este pa'quí". Se fue al Wurth y allí coincidió con Contador. Pero no duró. El ciclismo le pareció demasiado duro. "Le pasó como a otros muchos, que tuvo que empezar a entrenar, vio lo que era aquello y un día vino y me confesó: 'Papa esto no me va'". Colgó la bici y estudió. Es técnico electricista. El segundo de los hermanos, el mediano, era Joaquim.
"A Joaquim le gustaba la bicicleta, pero era, y es, un enamorado del fútbol, del Barcelona. Creo que incluso habrá puesto alguna vez una vela pidiendo llegar a ser futbolista", dice Manuel, que llevaba al chico a correr las carreras sin hacer de esa tradición un oficio. "Nunca les exigí nada. Es más, si íbamos a correr cerca de la playa y alguno de ellos me decía que quería irse a bañar en lugar de andar en bicicleta, les dejaba. Joaquim, por ejemplo, compaginó el fútbol y el ciclismo hasta juveniles". Manuel no quiso caer en la torpeza y la inconsciencia de los padres obsesivos y forofos. Un día, en Mataró, Joaquim llegó a meta llorando. Era todavía infantil y sollozaba porque entendía que había perdido la carrera porque otro niño le había cerrado. Su padre le escuchó un rato y después, cogió la bicicleta, la tiró a un contenedor y le castigó sin volver a correr durante toda la temporada. La lección era que entonces la diversión era el único fundamento del deporte. Lo serio, sabía Manuel, llegaría, si llegaba, mucho más tarde.
Ser padre es más difícil que ser director. A Manuel le llamaba 'el menonita' porque decían que siempre estaba en torno a sus hijos, controlándoles, guiándoles. Era, dice, dictador y juvenil. "Siempre me llevo y me he llevado bien con mis hijos, he compartido mucho y les he entendido, pero también he sabido ser estricto". A Purito, ya siendo Purito el de la Once, le llegó a echar de casa. Ocurrió porque el chico había llegado una noche a las seis de la mañana, era invierno, y a las ocho tenía una sesión de fotos del equipo. Manuel le llevó, Purito se retrató y de vuelta a casa le habló con voz de templo: "Ahora vamos a volver a casa, vas a ir a tu habitación, vas a recoger tus cosas y te vas a marchar. No quiero gandules bajo mi techo". "Joaquim no olvida aquel día jamás".
Aquel día no, pero sí todo lo demás. "Es un desastre absoluto". Una vez montó en cólera porque le habían robado el casco de su propia casa. Echó la culpa a su padre, a sus hermanos, a todo dios. El cacharro apareció tres días después en un armario. A veces, el teléfono de Manuel suena y es Joaquim. "Papa, ¿quién es el hijo más bueno del mundo?". "Entonces sé que algo se le ha olvidado o algo ha perdido". El otro día, llamó desde el Gran Premio Indurain porque se había dejado los zapatos y el traje en casa. El lunes por la noche, tras ganar la etapa, su móvil se quedó en la caravana que sigue al pelotón de la Vuelta al País Vasco. "Siempre ha sido así de despistado". Desde que Purito era Joaquim.
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