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El getxotarra Guillermo Verdejo se impone a una climatología adversa y alcanza la costa de Marruecos tras más de tres horas y 18 kilómetros de travesía indómita
diego artola - Martes, 26 de Abril de 2011 - Actualizado a las 05:44h
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Guillermo Verdejo, en un momento de su travesía a nado por el Estrecho hasta la costa de Marruecos. (Foto: deia)
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ÁFRICA se asomaba esquiva y hostil, inalcanzable a la lucha titánica de un hombre contra los elementos. Los acantilados marroquíes descargaban toda su furia con una corriente que parecía impenetrable. El getxotarra Guillermo Verdejo tocó el cielo y el infierno al mismo tiempo en tierra africana al superar los 18 kilómetros del Estrecho de Gibraltar, la delgada línea que separa dos mundos tan cercanos y tan distantes. "Me encontraba desfallecido, con una emoción difícil de describir", recordaba ayer.
Este veterano nadador culminó el pasado domingo uno de los mayores retos mundiales de la natación de larga distancia. Verdejo derrotó al mar por una de sus rutas más indómitas, donde los elementos se conjuran contra la proeza uniendo rachas de viento y corrientes.
El getxotarra paró el crono en 3 horas y 17 minutos tras escapar de la cólera del mar que detenía su avance frente a los acantilados marroquíes. El tramo final se alargaba hasta el infinito con un Verdejo atrapado por una costa salvaje que le envolvía con su resaca.
Los acantilados aparecían como una ilusión engañosa que prometían un final cercano. "Se me ha hecho eterno, ha sido el kilómetro más duro de mi vida. Sientes que tocas tierra, pero no llegas nunca", confesaba con el alivio de la misión cumplida. Verdejo tiró de corazón y sufrimiento para derrotar la resistencia final.
"Nunca he nadado tan rápido para avanzar tan poco, parecía que estaba en una carrera de velocista. Me empeñé que por mis narices llegaba", señalaba. Verdejo conquistaba el paraíso desfondado, revolcado por el oleaje que envolvía las rocas.
"No sabía cómo entrar, estaba desorientado. Entonces me lancé a una roca y me encaramé". Brazo en alto declaraba su triunfo ante la mirada sorprendida de los pocos pescadores marroquíes presentes. De alguna forma, había sentido la agonía de los miles de magrebíes que toman rumbo hacia una vida mejor con sus frágiles pateras. "Tuve sensaciones encontradas", reconoce.
El mar le hurtó la gloria eterna del récord de la prueba, fijado en 2 horas 22 minutos. En el primer tramo su brazada ágil le situó en tiempos de récord cuando la corriente adoptó una forma más neutral con una fuerza moderada.
Ni siquiera se amilanó con la impotente presencia de un carguero inmenso que le bloqueaba el paso en las inmediaciones del puerto de Tánger. Los marinos asomados fueron testigos del paso fulgurante del getxotarra lanzado hacia la plusmarca. Para proseguir tuvo que rodear el buque a una distancia de seguridad de 50 metros. "El tamaño del buque impresionaba, pero desde tierra controlaban el tráfico marino y mi embarcación de apoyo me aseguraba que el paso era seguro porque el barco estaba parado", señala. Solo la corriente final, de inusitada fuerza, le privó de la hazaña total.
Sin embargo, a Verdejo le queda el consuelo de la victoria final frente a la naturaleza. De hecho, la travesía puso a prueba sus nervios de acero curtidos en sesiones espartanas de piscina con la amenaza de una climatología que le retuvo en tierra una semana entera.
Impotente, con la mirada clavada en el cielo, Verdejo agotaba la semana de vacaciones que se había reservado para cumplir el sueño de toda una vida. "Estaba muy en forma físicamente, pero no estaba preparado para la espera en tierra. Creía que no lo iba a poder hacer, perdía la esperanza", reconoce.
El getxotarra tuvo cuatro tentativas fallidas para asaltar el Estrecho. El pasado domingo, cuando casi daba por perdidos los 3 meses de preparativos y de duros entrenamientos, se produjo la tregua a las 8.30 de la mañana, una hora después del último gran chaparrón. Verdejo regresaba ayer a casa en coche como un héroe deportivo de incógnito.
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