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rosana lakunza - Lunes, 2 de Mayo de 2011 - Actualizado a las 05:52h
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Su libro habla de la tercera edad, de la vejez. ¿Cree que ahora hacemos menos caso que nunca a las personas mayores?
Es algo que no he entendido nunca. La tercera edad, los viejos, siempre me han interesado. Me parece la franja de edad más interesante.
Vivimos en un mundo en el que peleamos por la eterna juventud.
Es verdad. Pero cuando yo tenía quince años tenía ganas de tener cuarenta; ahora que tengo cuarenta y tres, tengo ganas de tener ochenta. Tengo ganas de mirar atrás y decir: Confieso que he vivido. Es lo que me gusta mucho de los mayores.
¿Está preparada nuestra sociedad para admitir a los viejos?
No sé si las ciudades, los pueblos o los jóvenes están preparados para admitir a los viejos. No estamos muy entrenados para ver más allá de lo que tenemos a dos metros. La sociedad está formada por sombras. Sombras de lo inservible. Tendríamos que volver un poco atrás.
Suena raro que diga usted eso.
Sí, es muy raro. Pero esa figura del abuelo y la abuela que hablan, que saben decir las cosas y saben cómo las dicen, eso es lo que tendríamos que empezar a escuchar. Saben lo que dicen y saben por qué lo dicen. Siempre hay una historia detrás de esa pequeña frase.
¿Cuántas historias nos perdemos por no saber escuchar?
La vida no se entiende sin saber escuchar. El 80% de la vida de los jóvenes no se entiende sin saber escuchar lo que tienen que decir sus mayores. Fíjate qué difícil suena que yo diga eso. Me oigo y me sorprendo, pero es cierto.
¿Por qué ese interés suyo a las historias de los mayores?
Yo he tenido la suerte de tener un abuelo y una abuela que hablaban y que cuando hablaban se les escuchaba, todos escuchábamos. Decían cosas, sabía que había algo ahí. Que se te iba a quedar. Muchas veces no recuerdo la cara de mis abuelos, pero recuerdo la voz.
¿Tienen algo que ver los personajes de su novela con sus abuelos?
Sobre todo ella. En mis novelas siempre aparece una mujer de 85 a 90 años -siempre es ella, mi abuela-. Era una mujer fantástica, era una bomba de relojería. Tenía mucha energía, estaba muy viva siempre, mucho más que el resto de la familia, más que sus hijas, mi madre y mis tías. Era muy matriarca, muy manipuladora, muy cruel, muy divertida... Tenía mucha vida para dar y para vender.
¿Una novela con mensaje?
Tiene muchos, pero he aprendido con el paso del tiempo a no escribir novelas con mensajes. Creo que estos, al final, nunca llegan. Nunca ha llegado a mis lectores el mensaje que yo quería transmitir, así que he decidido no hacerlo.
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Gracias por su comentario
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