Publicidad
Herramientas de Contenido
[Entrar | Registrarse]
Publicidad
por Ander Gurrutxaga, * Catedrático de Sociología de la UPV/EHU - Sábado, 7 de Mayo de 2011 - Actualizado a las 05:54h
votos
comentarios
Vista:
LAS campañas electorales tienen bastante de juego de espejos. Todos creen saber hacia dónde mirar, pero casi nadie sabe fijar la mirada, más allá de las demandas que impone la aritmética elemental: sumas y restas. El arte de sumar es, por ejemplo, la situación del que no quiere perder, pero sumar o restar no cierra posibilidades al juego. El cálculo no depende de lo que hace un partido, sino también de lo que hacen los demás o de lo que se hace para que no hagan los demás. A veces se gana haciendo poco e incluso no haciendo nada, como aquel personaje de la novela Ilustrado, de Miguel Syjuco, quien cuando, tras enterarse de que trabaja en política, le preguntaban "¿a qué se dedica?", contestaba con rotundidad: "de algo consigo la nada".
Los ciudadanos damos los votos a opciones de nuestra elección para que hagan con ellos no lo que quieran, sino lo que dicen que van hacer y, sobre todo, lo que deben hacer. El a priori de la situación pasa y transita por la asunción de responsabilidades. No creo que el tipo de distinción entre unas fuerzas políticas y otras sea lo que pragmáticamente llamamos programa. Éste suele ser un documento desconocido para la mayoría de los ciudadanos que votan -quizá además sea mejor así, si todos supiesen exactamente lo que votan, quizá se incrementaría, aún más, el porcentaje de indecisos y abstencionistas-, suele ser esquivo por equívoco, oscuro en muchos aspectos y sus fórmulas, inviables en la mayoría de los casos. Si alguien toma la molestia de ejercer el derecho a la evaluación empírica de los programas le resulta difícil conectar el resultado de la evaluación con los cambios acontecidos por aplicación de los mismos. No ocurre esto sólo porque los partidos traten de engañarnos sino porque las consecuencias de las actividades que genera la política no congenia con programas máximos, ni tampoco con la letra pequeña del contrato que suscriben los ciudadanos con el partido al que votan.
En todos los casos, la fuerza de la prueba la proporciona el número de votos y cómo varían los procesos electorales. Los partidos responden mejor a la responsabilidad en circunstancias a la baja que en circunstancias al alza. En el primer caso son dubitativos, humildes, menos procaces y seguros y más cuidadosos con las críticas y críticos, propios y ajenos. En el segundo caso, los triunfos son malos momentos para reclamar distancia, reflexión o, incluso, sentido común. El ganador siempre cree que gana por sus méritos y no, por ejemplo, porque sea el menos malo, o porque la situación del que sale -porque pierde- sea insostenible.
La reválida de lo que hacen y no de lo que se dice que hacen no está en el programa o en el ingenio y sensibilidad que demuestran. Cosa distinta es que la legitimidad de la política requiera de programas y que la retórica con la que cada cual vende el producto y acude a los mercados y caladeros de votantes dependa y se refugie en él. Pero nadie muere por exponerse al programa. Más importante es el recurso a la responsabilidad, es decir, la respuesta a la cuestión de lo que hay que hacer. De algunos partidos esperamos unas cosas, mientras que a otros los evaluamos por otras. Lo que divide el campo de la política no es, en consecuencia, el programa ni las acciones que desgrana -a veces parecidas y miméticas- sino cómo ejercen la responsabilidad y asumen las consecuencias de lo que hacen. Hay una perspectiva valiosa y es la que afirma que uno es responsable de lo que hace y también de lo que pudiendo hacer no hace.
Los partidos deben exhibir en campaña el contrato de responsabilidad que pone en limpio las cláusulas que les atan a sus electores, que se sepa a qué se comprometen
Haciendo un breve repaso a los actores políticos en escena en los comicios de este mes de mayo, no creo que, por ejemplo, se vote a Bildu -bienvenidos sean, por cierto, a este valle de lágrimas- para que emitan sentencias políticas sobre lo divino y lo humano. sino para que encaren el problema del final de ETA. ¿Qué esperar de ellos? Que asuman esa responsabilidad. Les juzgaremos, en definitiva, en la medida que se empleen a fondo para hacer creíble su reorientación hacia la civilidad y la rutina del trabajo institucional y la forma de hacerlo pasa porque asuman la responsabilidad de cerrar las puertas de entrada y salida del mundo de ETA. No sé si lo lograrán, tampoco sé si lo intentarán con la fuerza y convicción que deben, pero desde luego mucho de sus votantes y aquellos que hemos confiado en su regreso, les juzgamos desde la evaluación de cómo ejercen esa responsabilidad.
Con otros partidos ocurre otro tanto; se espera del PNV y Aralar que hagan discurso institucional y ejecuten la praxis pragmática que demanda la sociedad vasca. El pragmatismo es la racionalidad política de aquel que sabe lo que quiere, del que no se oculta detrás de los murmullos del viento y del que no confunde las veredas con los caminos principales.
Del PSE se confía en que se responsabilicen de volver a su ser, aquel partido centrado, moderado, pactista, que huye de las voces altisonantes y que siempre toca tierra. Sobrevolar las situaciones, no posarse en rama alguna y creer que la fuerza del poder es la fuerza de la racionalidad, nunca le dio buenos resultados, por más que en el corto plazo le sirva para solventar algunas dudas.
Del Partido Popular, que sepa decir qué es lo que quiere. El catálogo de obra del PP está organizado desde la agenda del que sabe que es lo que no quiere de los demás. Pero, es de esperar que diga lo que quiere para saber qué son. Un partido como el Popular, que quiere gobernarse y gobernarnos, no puede limitar el radio de acción a emitir señales disonantes. En la vida política y en los acontecimientos, tan vivos y, en ocasiones tan crispantes en la sociedad vasca, hay motivos sobrados para la huida, pero la distracción nunca posa exclusivamente en los defectos atribuidos a los demás. Componer agenda propia y catálogo de cuestiones con lo que no gusta es entretenido, incluso interesante, pero ata al partido que así opera a lógicas disonantes.
La empatía es un dato relevante, tanto como la agudeza para captar las debilidades del otro, pero es mejor reivindicar responsabilidad. Lo que separa unas fuerzas de otras son; programa, estilos de vida, vivencia histórica, identidad social, grupos de referencia... pero lo que no debe es confundir el pluralismo y la diversidad, propia de la vida contemporánea en la sociedad vasca, con el olvido de las responsabilidades de cada cual.
Los partidos deben exhibir en campaña el contrato de responsabilidad, aquel que pone en limpio las cláusulas que les atan a sus electores, que se sepa a qué se comprometen y, sobre todo, que no transformen las responsabilidades en frivolidad o retórica vacía, como si la política fuese un placebo. La frivolidad, la retórica y el vacío son enemigos de la política y grandes responsables de la distancia con los ciudadanos e incluso de la cuestión de por qué la política se percibe, en muchos hogares y ante muchos ciudadanos, como un problema y no como respuesta a dilemas e interrogantes. El camino de llegada es: Pidan programas, soliciten responsabilidad. El punto de salida, pidan responsabilidad, soliciten programas.
Publicidad
Gracias por su comentario
Publicidad
Publicidad
Publicidad
17:52
17:42
17:39
Los 'indignados flamencos' Flo6x8 arrasan en Internet con su bulería contra Bankia
Una de sus últimas acciones se ha propagado rápidamente por Internet y ha dado la vuelta al mundo, siendo incluso recogida por prestigiosos medios como el Telegraph.
17:36
17:29