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Tribuna Abierta

Política

Por J. Gabriel de Mariscal, * Abogado y miembro de Res Publica - Sábado, 7 de Mayo de 2011 - Actualizado a las 05:54h

LA política es evidentemente una actividad clave de una sociedad humana organizada. Sin embargo, hoy está considerada con ánimo peyorativo: se habla mal de los políticos sin cesar. En nuestros pagos, parecen el estamento peor valorado. Es algo que produce inquietud porque de su acción depende, o debería depender, al menos en parte importante, la buena marcha de la sociedad.

No carece de sentido preguntarse sobre el motivo de esa pésima reputación. Sin entrar en grandes profundidades, la respuesta espontánea es obvia: porque lo hacen muy mal. Con todo, esa respuesta me parece muy superficial, cuando no insustancial y frívola. Hay que ir algo más al fondo del asunto.

Creo que hay un error de perspectiva básico que distorsiona la actividad de los políticos y de los partidos. La política, al menos la política activa en la vida pública, no es, y no debe ser, una carrera profesional; es, y debe ser, un servicio de los que ejercen alguna actividad de gobierno. Esto significa que estas personas no deberían perpetuarse en los cargos, sino que deberían ejercerlos siempre con carácter temporal, provisional. Nada de cargos vitalicios o cuasivitalicios en la práctica. Otra cosa es el trabajo en las estructuras internas de los partidos, donde no parece grave inconveniente que el puesto se mantenga como en una empresa más.

Ejercer un cargo político es, de una u otra manera, gobernar. Quien gobierna tiene que prever y perseguir primaria y fundamentalmente el bien general de la comunidad; no el gusto o el interés de este o de aquel individuo o grupo, o los de su partido, o los suyos propios. Hay veces en que pueden ser compatibles o coinciden el bien y el interés general y los del partido propio o los de determinado grupo o hasta los del mismo gobernante, pero fácilmente surgirá la colisión. Y entonces tiene lugar lo que dice Goethe por boca del Heermeister, Maestre del ejército, en el Palacio Imperial: "Verbietet wer was alle wollten/Der hat ins Wespennest gestört", es decir, que "si alguien prohíbe lo que todos quieren, ha dado contra un avispero" (Fausto, 2ª parte, 1er acto). Las avispas pican. Y hasta pueden resultar mortales sus picaduras. Mortales en particular y en política para la conservación del cargo. Y, en todo caso, a nadie nos gustan los picotazos.

Quien asume un cargo público debe aceptar, desde el origen, la posibilidad de que el ejercicio competente, leal y responsable del cargo tenga estas consecuencias. Si, como debe ser, ha accedido al cargo para servir y no para hacer carrera, no le dolerá dimitir, si fuere lo procedente, o no ser candidato o no ser elegido en los comicios siguientes a su mandato, aun cuando los picotazos, inevitables por lo común, hieran su sensibilidad.

En todos los rincones del Estado y, a lo que parece, en el resto de Europa, pocos políticos actuales reflejan esta actitud, ni nada semejante. Me temo que cada vez menos. Tenemos así en el Estado español un desgobierno y una oposición de idéntico pelaje: obsesos por la conservación del sillón, carentes muchas veces de un esfuerzo digno de ser calificado de servicial y con menos ideas que un ladrillo. Esto es un mal terreno para el sistema democrático. Ojalá me equivoque, pero me temo que derivamos hacia el totalitarismo más craso, es decir, de uno u otro modo hacia el fascismo, tendencia que deberíamos frenar.

En el Estado español, la vaciedad del discurso gubernamental puede que no aporte mucho, pero el de la oposición no aporta nada

Cuando oí al sr. Zapatero, en su exposición del plan concebido para encarar la crisis, decir "lo haré cueste lo que cueste y me cueste lo que me cueste", en particular cuando le oí la segunda parte del período -"me cueste lo que me cueste"- respiré y me pregunté: "Al fin ¿empezamos a tener gobierno?" No es que yo sea partidario del sr. Zapatero, pero no he oído nada semejante a miembros del PP. Salvo tonterías e impertinencias infantiles, nunca dicen: vamos a hacer esto o aquello y, sobre todo, de esta o de aquella forma; si no lo conseguimos, declinaremos seguir gobernando; dejaremos el sitio a otros para que, de veras, nos gobiernen.. La verdad es que en el Estado el discurso actual del Gobierno tal vez no aporte mucho, pero el de la oposición no aporta nada.

En política hay actitudes aún peores que la de la carrera profesional en el sillón. Son las de quienes acceden a los cargos no para hacer carrera precisamente en ellos, sino para enriquecerse a costa del Estado y de la sociedad. De esta actitud hay una gran variedad de fórmulas. La más pedestre es la del que va al cargo para tener ocasión de meter directamente la mano en la caja. Hay, sin embargo, actitudes algo más disimuladas, aun cuando no por ello menos canallescas ni reprobables. Es el caso de los que tienen su carrera fuera del ámbito estrictamente político. Acceden al cargo y se afincan en él con el objetivo directo de utilizar los instrumentos del sistema, de la democracia, y, entre ellos, el propio cargo, para facilitar su carrera extrapolítica como fuere: apoyándola, posibilitando eludir a los tribunales de justicia en el caso de conductas delictivas y aprovechando toda coyuntura para salir triunfantes y engrosar, o engrosar aún más, la bolsa. Se sirven del parlamento, de la ley, de todas las instituciones y de todo lo disponible en ellas sin respetar nada ni a nadie, sin freno de ninguna clase, sin la menor consideración del bien general. Sólo persiguen conseguir sus fines de poder y de enriquecimiento, a costa de lo que sea.

El ejemplo paradigmático y extremo de esta actitud en la Europa de hoy, lamentablemente no el único, es el presidente del Gobierno italiano, Silvio Berlusconi. Cuando individuos de este pelaje caminan sin tropiezo legal, ni judicial, consiguiendo los votos parlamentarios a su favor, a lo que parece mediante fáciles sobornos de algunos diputados; cuando estos individuos son elegidos una y otra vez por sus conciudadanos, la democracia está en peligro: el país ha basculado hacia el totalitarismo, hacia el fascismo y la dictadura, y se dirige a grandes pasos hacia esa meta. ¿Cómo frenarlo? Solo los ciudadanos parecen tener la palabra, pero si la sociedad está enferma, como parece, va a ser difícil.

Occidente tiene por un importante paradigma de democracia a los EE.UU. Pues bien, además de una serie de incongruencias escasamente compatibles con un sistema igualitario y respetuoso para todos los miembros de la comunidad, resulta decepcionante que un buen puñado de ciudadanos estadounidenses escuchen embobados y enardecidos el discurso elemental y primario de una señora de voz aflautada, que da la impresión de estar histérica, como es la señora Palin. No vamos muy lejos con estos modelos y menos con el entusiasmo infantil que despiertan.

En el Estado español, la vaciedad del discurso político actual, el enfrentamiento cainita, grosero, infantil y, en suma, irracional, y la ausencia de capacidad de pacto de los partidos más numerosos son también señales del desconocimiento de la vida política, de la falta de rodaje de quienes bajan a esa arena, así como del espíritu autoritario de muchos de los políticos en activo. La mayoría es absolutamente incompetente en su función, pero creen ser propietarios del poder que, según parecen pensar, les corresponde por derecho divino. Siguen creyendo, por todos los indicios, en el monopolio sobre la finca del abuelo, a pesar de la desaparición del dictador. Y no nos equivoquemos: esto afecta, en mayor o menor medida, en mayor o menor espacio territorial, a todas las formaciones políticas; sobre todo a las de ámbito estatal. Por ello, es obligado decirles: señores del gobierno y demás personas dedicadas a la política activa, y, en particular, señores de la oposición, estamos hartos de tanta discusión y de tanto enfrentamiento propio de escuela infantil, de tanto discurso huero, de tantas afirmaciones y promesas carentes de la mínima garantía. Quienes ahora gobiernan estuvieron en la oposición y quienes ahora se oponen estuvieron en el gobierno. Todos nos conocemos y sabemos qué pie calza cada uno. Por ahora no se ven figuras que permitan esperar con fundamento algo más de acierto y de eficacia. Sean, pues, todos modestos y criticad con argumentos, no con tópicos de tres al cuarto, ni con acusaciones de niños impertinentes, haciendo el más estruendoso ridículo. Sean un poco más generosos: la salud del país, la tranquilidad de los ciudadanos y su dignidad están exigiendo cosa diferente de la que se le viene ofreciendo y, sobre todo, mucho más respeto.

Por último, aún hay otra lacra de la vida política; al menos en el Estado. Es la injerencia descarada de los eclesiásticos en la vida civil del país. Lacra española tradicional. Hablaba de ello yo en 2005 debido a los triunfalismos políticos, ridículos e improcedentes, de algunos eclesiásticos con motivo de la venida de Benedicto XVI a Valencia. La lacra no ha sido superada todavía hoy y es aprovechada por políticos ignorantes o desaprensivos que, incapaces al parecer de respetarse a sí mismos en cuanto tales, se venden a cualquier alzacuello o solideo por un puñado de votos. Este es un país que, como dice Machado, "ora y bosteza" y que "embiste cuando se digna usar de la cabeza". Pero lo que no hace es pensar. Sin duda, hay ciudadanos maduros que oímos los imprudentes escarceos políticos de ciertos obispos y de otros eclesiásticos como quien oye llover. Pero hay muchos miembros de la sociedad que no saben distinguir entre la esfera política, que es, y debe ser, autónoma respecto de la religión, y la esfera religiosa que debería ser algo muy serio y respetable, y que, dadas las conductas de no pocos eclesiásticos, sobre todo de algunos de los que pasan por más señeros, se convierte en una verbena de disparates ofensivos para la dignidad del ciudadano.

Es claro que cualquier eclesiástico puede tener la idea política que guste, pero que pontifique con su idea y diga que su política es la propia de un cristiano, dando a entender que otras ideas políticas no lo son, es entrar, contra el Evangelio, en el terreno del César, y, dados sus efectos, es a mi juicio inmoral. ¿Cómo se puede decir la grave imprecisión de que la unidad de España es un bien moral? ¿Qué unidad? ¿Para quién sería un bien esta o aquella unidad? Las unidades pueden ser múltiples y, si se afirma que la unidad es un bien moral, se debe precisar el concepto o conceptos políticos de la unidad, que no son pocos. Otra cosa es un fraude. En cuanto a para quién, se ha de pensar que hay no pocos cristianos que consideran un mal cualquier unidad de España que les incluya a ellos. Y un obispo, si se llama y se cree cristiano, debe respetar todas estas opciones, en vez de fomentar la división y el odio, como los fomentan algunos de ellos.

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