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El alemán de Red Bull logra en Montmeló su cuarta prueba del año, solo intimidado por Hamilton, segundo
Alonso, que se puso líder tras una salida antológica, acaba quinto penalizado por su Ferrari
eduardo oyarzabal - Lunes, 23 de Mayo de 2011 - Actualizado a las 05:54h
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El alemán Sebastian Vettel, con la décimo cuarta victoria de su carrera deportiva, suma cuatro triunfos en cinco carreras. (Foto: efe)
bilbao. Amanece el último día de la semana. ¡Ring! Alza la voz el despertador. En la envidiada casa de Red Bull lo hace igual que en el resto, con la misma intensidad, semejante frecuencia. Sin embargo, el timbre es dulce para los oídos de la formación. Es el canto que augura el comienzo de un gran día. La sinfonía de un plácido domingo.
Sebastian Vettel manda al paro a sus legañas y pisa en firme para alzarse, en este caso, sobre vanguardia, Barcelona, "una gran ciudad moderna, con mucha vida e interesante arquitectura". Chico viajado el germano. También precoz en su puesto de trabajo. Un lince. Sus desayunos son discursos con el más allá. Debates con lo divino. Negocios con la gloria; para los también campeones del mundo Fernando Alonso, Lewis Hamilton o Jenson Button, un tormento con tostadas, tazas de amargura, rezo y esperanza, bendita e incombustible esperanza.
Ceñirse el mono del curro es para Vettel vestirse de gala. En nada se parece a los jironados disfraces de una película tras pasar por una batalla. El alemán resulta impoluto, apenas un rasguño. Por estas alturas del pasado campeonato, en el que salió campeón, el más joven de la historia, Vettel, mediadas cinco pruebas, sumaba 60 puntos, perdía sangre en los lances, desentonaba en el canto; ahora, un año después, se maneja como una máquina, despiadada, acorazada, terminator en el asfalto, una gramola que entona igual con cada moneda, cada vez que se pone en marcha. Así son los felices domingos de Vettel, que suma 118 puntos de los 125 posibles. Solo Hamilton ha arañado. Cuatro victorias en cinco pruebas y el antojo de muchas más. Es factible. Incluso más que eso.
Ayer, Alonso, encadenado a las miserias de Ferrari, iluso por exigencia profesional, por compromiso, por profesionalidad y destreza, edificó un sueño de tiernos cimientos. Hubo quien pensó que el asturiano sería profanador de tumbas. Ciega esperanza. También la de un voluntarioso Hamilton. Otro soñador. Es la exigente moda que ambos respiran.
Guiñó el semáforo, se desató el Gran Premio de España y Alonso se catapultó evocando a sus mejores tiempos, los de Renault, otra historia. Desde la cuarta pintura, el asturiano acarició el embrague y empezó a descontar: Hamilton, Vettel y el poleman Webber. El puntal de Ferrari se instaló en la primera plaza. Brutal, tiene asumido que solo el riesgo le acerca a McLaren y Red Bull. Así obró. Fiero, rudo y encomendado a la fortuna, abrazado a ella. "No tengo nada que perder", anticipaba, corazón en mano.
Le valió a Alonso para sentirse joven, para excitar a las gradas de Montmeló. Pero como la gaseosa, perdió fuerza una vez destapada la esencia. El empeño de ofensa se transformó temprano en una huida, en una conservación de lo robado; Vettel, que dio cuenta de Webber en la recta inaugural, como también lo hizo Hamilton, invadía el retrovisor de su Ferrari. Y el alemán, que ha aprendido a reprimirse, hijo de la paciencia, aguardó al adelantamiento más limpio, el más inteligente y que desespera al espectador, el de boxes. Alonso era carne de su telescópico cañón. En la vuelta 20 de las 66 programadas, el vigente campeón del mundo, secó las especulaciones en el segundo paso por boxes. Fue la tumba de un Alonso en decrépito, pues Hamilton optó por una estrategia de cambio de neumáticos más tardía y más certera. También dejó atrás al asturiano en el pasillo de garajes. Era el ocaso del Cavalino rampante, donde los estrategas calcaron la propuesta del Red Bull de Vettel y se equivocaron de pelea.
Así, el alemán, tipo costumbrista, rutinario, de discurso monólogo, se puso a abrir camino, seguido por Hamilton y Alonso. Tras ellos, Webber y Button, que atinó con una parada menos para alojarse en el cajón, se desgañitaban al volante y vorazmente recortaban segundos acercándose al podio. Sus registros evidenciaban que en cuestión de tiempo escalarían por encima del asturiano, que, presa fácil, apenas plantó oposición. "Te pasaban por todos los lados". Y para mayor vergüenza, fue doblado. Un insulto para su estatus, "la medida de la diferencia que hay". Un abismo. "Hay que trabajar", ruega.
Vettel, mientras, dialogaba con el éxito, le decía que quería matrimonio, que le prometía ser fiel, que acudiría a sus citas cada domingo, sin faltar. Con respeto. El que perdió Hamilton al germano y que le puso a temblar a Christian Horner, un amago, falta de costumbre la del director de Red Bull. Fueron 10 vueltas de fantasía en McLaren. Un espejismo, el oasis de los cuentos, porque la realidad se asentó y Vettel tuvo boda y placer. De consuelo, que el alemán proyectó al mundo gestos de exhausto, tras "otra confirmación de que somos muy fuertes". Buenas noches. Felices sueños.
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