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El Bizkaia BB regala otra noche histórica al volcánico Bilbao Arena, lleno hasta la bandera, y jugará la final ante el Barça
Jon Larrauri - Viernes, 3 de Junio de 2011 - Actualizado a las 05:52h
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Los jugadores del Bizkaia BB Banic y Blums, con Vasileiadis (con una camiseta del Athletic), festejan el triunfo ante el Madrid con el público de Miribilla entregado.
(Youtube)BILBAo. Lanzó Aaron Jackson el balón al aire, al techo del volcánico Bilbao Arena, con todas sus fuerzas cuando todavía quedaba un segundo y medio en el reloj y por arte de magia el cielo se oscureció. Mutó a negro. Negro Bizkaia Bilbao Basket, tonalidad patentada, la pigmentación de los sueños. En ese balón viajaban las ilusiones de un equipo, un pabellón -8.682 almas entregadas de manera incondicional a una causa-, una ciudad y una provincia que saborean hoy el dulce gusto de la victoria, de una gesta histórica, de la constatación de que la fe mueve montañas, derriba gigantes y cimenta proezas. Cuando esa bola volvió a tomar tierra el sueño, bocinazo mediante, ya era una realidad y la final de la Liga ACB un hecho.
¡Ver para creer! Estalló entonces Miribilla. Rugieron las gargantas, sacaron humo las palmas, se desbocaron los corazones, afloraron algunas lágrimas de pura emoción y los cerebros se pusieron a funcionar a pleno rendimiento para captar todos los detalles. ¡Quién sabe si se va a repetir algo igual! Así, en el disco duro colectivo quedarán para siempre los abrazos de los guerreros de Katsikaris, las gafas de sol que lució Aaron Jackson como buen man in black, los músculos del descamisado Blums, el salto a la grada de Marko Banic para abrazarse con la afición, la bandera griega lucida por Vasileiadis, la avioneta humana de Paco Vázquez, los abrazos que repartió a diestro y siniestro Mavroeidis, las carreras frenéticas de Warren, las camisetas del Athletic que portaron los loco brothers (Kostas la de su admirado Toquero y Aaron la de Ocio)... Todo ello es ya historia, renglones dorados de una epopeya emocionante, disfrutada por mayores y pequeños, por aquellos que han vivido, y sufrido, los vaivenes de este deporte en Bizkaia y por recién llegados al mundo de la canasta.
Todos. Juntos. Esa unión inquebrantable ha sido la que ha hecho posible todo esto, una retroalimentación entre equipo y afición que ojalá haya nacido para quedarse. Porque el equipo se suelta la melena cuando se siente respaldado por la marea negra y porque la grada vibra con el ardor guerrero y la calidad de un grupo humano que ha hecho historia apeando a todo un Real Madrid y que ahora no renuncia a nada en la final aunque el adversario sea el Barcelona. ¿Por qué lo iba a hacer si ante taronjas y merengues partía también con la etiqueta de víctima? Que nadie dude que los hombres de negro van a intentar dar una vuelta de tuerca más, que no se van a conformar con lo logrado.
Y eso que lo logrado es mucho. Muchísimo. Un tesoro que, bien gestionado, puede ser el arranque de algo espectacular. Para empezar, y si los gerifaltes del ente continental no empiezan a enredar con la normativa, el Bizkaia BB aterrizará el año que viene en la Euroliga -¡qué grande fue escuchar a la afición entonar el I feel Bilbotion, cambiando el devotion del himno original!-. Y antes que eso, la posibilidad de luchar por el título de la segunda mejor Liga del mundo. Bilbao figura ya con mayúsculas en el mapa del baloncesto mundial y un club de solo once años ha demostrado que todo es posible con trabajo e ilusión. Él que en tantos espejos se ha mirado para crecer es ahora ejemplo a seguir.
Para poder romper con la tiranía de las jerarquías, el Bizkaia BB tuvo que sufrir de lo lindo, porque el Real Madrid sí que jugó ayer al nivel exigible en unas semifinales. Sabían los hombres de negro que acudir a la Caja Mágica para jugar un quinto partido era un suicidio en toda regla y se aferró al partido como pudo. Casi siempre a remolque, pero nunca perdido. Ni con el 66-70 adverso a tres minutos del final, cuando los de Katsikaris adoptaron ese carácter indomable de los minutos decisivos que es ya marca de la casa. Recortó distancias Jackson, empató Mumbrú, estiró el chicle el de Hartford con dos tiros libres y colocó el esperanzador 74-70 Banic con un tiro lateral de cinco metros. Miribilla se vino abajo. Recortó Tomic desde la línea de personal y a 27 segundos del final Hervelle se puso el traje de superhéroe para anotar una canasta a aro pasado. El Madrid ya no volvió a ver la luz. El cielo ya era negro.
"El bebé está creciendo", aseguró Fotis Katsikaris el histórico día del pase a semifinales ante el Valencia, frase que ha caído en gracia por su rotundidad y acierto. Ahora, de golpe y porrazo, la criatura se ha hecho mayor. Y goza de una salud envidiable. Tiene las centelleantes piernas de Aaron Jackson, el pulso certero de Janis Blums, el bendito punto de locura de Kostas Vasileiadis, la versatilidad de Chris Warren, el entendimiento del entorno de Álex Mumbrú, el carácter de Axel Hervelle, la solidez de Dimitrios Mavroeidis y la sencillez de Marko Banic. Y de corazón va sobrado, pues late al ritmo que marcan las más de 8.600 almas que han vivido este milagro junto a él. Los ropajes lucidos hasta ahora se han quedado ya pequeños. Y que nadie descarte que en un par de semanas pegue el estirón definitivo.
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