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Sublevación del 18 de julio 75 años del golpe franquista

Verano del 36. Crónica de un golpe anunciado

Los militares organizaron la asonada pero no fueron los únicos implicados

por iñaki goiogana - Domingo, 17 de Julio de 2011 - Actualizado a las 05:51h

Desfile de requetés en Gasteiz al comienzo de la guerra.

Desfile de requetés en Gasteiz al comienzo de la guerra. (Sabino Arana Fundazioa)

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SI bien los cabildeos e intentonas militares en contra de la República de abril databan casi de tan antiguo como el nuevo régimen, solo hubo un intento serio de golpe de Estado antes de julio de 1936, el protagonizado por el general Sanjurjo el 10 de agosto de 1932 cuando el color del Gobierno republicano era progresista. El bienio de derechas posterior (1934-1935) actuó de paralizante en estos intentos, aunque la planta golpista no fue arrancada, ni mucho menos. Para muestra de que el golpismo no había sido eliminado baste decir que a este periodo reputado de negro corresponde el trato alcanzado por elementos de Renovación Española, Comunión Tradicionalista y Unión Militar Española con el dictador fascista Benito Mussolini. El acuerdo sirvió para asegurar armas y la intervención fascista cuando hiciera falta.

El bienio negro, de derechas, acabó entre escándalos de todo tipo con la dimisión del Gobierno, la disolución de las Cortes y la convocatoria de elecciones generales para febrero de 1936. Estos comicios, influidos por el enfrentamiento entre las derechas y las izquierdas, por los intentos involucionistas y los ensayos revolucionarios, se plantearon desde las posiciones menos afectas al régimen como una elección entre el caos y el orden, más adelante se diría entre Roma y Moscú. Al estilo del más puro maniqueísmo, entre el bien absoluto y la más pura forma de mal. Bien es verdad que estas elecciones de febrero en Euskadi tuvieron su particularidad. Aquí la batalla electoral no se limitó a dos bandos, en el País Vasco las opciones en liza fueron tres, las derechas, las izquierdas y el nacionalismo vasco representado por el PNV.

Los comicios fueron muy reñidos y disputados, pero el resultado no daba lugar a dudas. Las elecciones las ganaron las izquierdas reagrupadas en el Frente Popular, fórmula electoral apoyada en toda Europa por la Unión Soviética, pero en absoluto dominada por el comunismo. En el Frente Popular cabían desde liberales progresistas hasta los encuadrados en el Komintern, pasando por las opciones socialistas y republicanas de izquierda.

En Euskadi, en general, también vencieron las izquierdas, pero seguidos por el nacionalismo, quedando en tercer lugar las derechas. Sin embargo, este mapa electoral vasco no fue uniforme y admitía matizaciones según la geografía. Araba y Nafarroa apoyaron fundamentalmente a las opciones de derecha (tradicionalismo y CEDA), mientras los territorios costeros votaron a favor de la izquierda y del nacionalismo.

punto de arranque La desaparición de las esperanzas puestas por los sectores más conservadores en la victoria en los comicios de febrero, devinieron en señal de salida para que los elementos militares más proclives a terminar con el régimen de libertades retomaran los planes golpistas y los pusieran en vías de ejecución. Estos planes eran más o menos discretos, pero en absoluto secretos. El Gobierno de la República era sabedor de la escasa lealtad que le profesaban algunos militares y para evitar o, al menos, dificultar sus planes conspirativos los intentó alejar de los puntos más vitales de la República. Así, Franco fue destinado a las islas Canarias y Mola a Pamplona, pero no fueron alejados del Ejército. Además, en el caso de Emilio Mola fue destinado al territorio que más le podía apoyar visto el peso que el carlismo tenía en la sociedad navarra.

Los militares fueron los organizadores del golpe de Estado de julio, pero no fueron los únicos implicados en el mismo. Junto a la milicia participaron en el golpe la Iglesia católica, la mayor parte de ella salvo sectores significativos del clero vasco y catalán y elementos aislados del resto del Estado; la oligarquía industrial y agraria; además de los tradicionalistas, organizados militarmente en el requeté; los fascistas de Falange y los monárquicos liberal-conservadores de Renovación Española. El resto de la derecha, la parte más "civilizada", la representada por Gil Robles, también se sumó con armas y bagajes al inicial pronunciamiento, y tras el fracaso de éste, a la posterior guerra civil.

Todos ellos habían recibido el advenimiento de la República como la sustanciación de todos los males. Las clases económicas más pudientes que por siglos habían hecho y deshecho a su antojo se hallaron de buenas a primeras ante unas clases medias y bajas que reclamaban una mayor participación en el poder y en el reparto de la riqueza. Por otra parte, los avances del laicismo, y hasta del anticlericalismo, en la sociedad hacían que pareciera en posición de disputar a la Iglesia católica su posición de marcadora de la conciencia moral. Finalmente, las naciones vasca y catalana solicitaban que se solucionaran los conflictos nacionales y se les permitiera su libre desarrollo y el desenvolvimiento de su voluntad. La grave crisis económica que se vivía a nivel internacional tras el crack bursátil de 1929 y el auge de los totalitarismos en todo el ámbito occidental a excepción de los países nórdicos y anglosajones, facilitó mucho la vía golpista y militar. Los años treinta no fueron las mejores fechas para la democracia, hasta los más firmes demócratas no tenían reparo en criticar en profundidad el parlamentarismo, sobre todo tras el ascenso al poder por vías impecablemente legales del partido nazi en Alemania.

Éste era, a grandes rasgos, el ambiente en aquel verano pos electoral, pero como suele suceder en estos casos, de tan obvio los interesados no se dieron cuenta hasta que la ola de la guerra les sorprendió. Y entonces sí, entonces se destaparon las cajas de los demonios.

discusión del estatuto En julio de 1936, en las vísperas de la guerra, en Euskadi era noticia que era verano y que en Madrid se estaba discutiendo el proyecto de Estatuto de autonomía que, por fin, iba a procurar parte del autogobierno anhelado. Fortunato Agirre, el alcalde de Lizarra, denunciaba, al igual que diversos elementos frentepopulistas navarros, que Mola se reunía en Iratxe con los tradicionalistas para ir contra la República; los periódicos más retrógrados de la derecha ultramontana como "El Siglo Futuro" -publicación, que, curiosamente, propugnaba el retorno a siglos muy pasados-, publicaban fotografías del requeté vasco-navarro haciendo ejercicios militares en Urkiola, pero nada de esto hizo variar la confianza que el Gobierno tenía en sus fuerzas de seguridad y armadas. Ni siquiera los atentados que costaron la vida al teniente de Asalto José Castillo ni al líder de la derecha José Calvo Sotelo. Nada. Como dijera el presidente del Gobierno Casares Quiroga cuando le interpelaron los periodistas por el movimiento golpista en Marruecos el 17 de julio: "Si ellos se levantan, yo me acuesto. A ver que me traigan el coche".

En Nafarroa el golpe no halló mucha oposición. Tan solo un jefe, el teniente coronel de la Guardia Civil, José Rodríguez-Medel, se opuso a los facciosos y murió pasado por las armas. En el Viejo Reyno, el entusiasmo levantisco dio buena cuenta desde el primer momento de cuál iba a ser una de sus características, la "limpieza" de los elementos contrarios a los intereses que apoyaban la facción. Ser miembro de un partido de izquierda, haber militado en un sindicato, participar en las luchas campesinas reivindicando el reparto de tierras era escusa suficiente para el "paseo" y la desaparición. Militar en opciones nacionalistas, por muy católico que se fuera, también pasó a ser mal visto y muchos de los jelkides tuvieron que demostrar más que nadie la adhesión al nuevo régimen para salvar sus vidas. No todos lo lograron y entre las más de 3.000 víctimas directas que produjo el autodenominado "Glorioso Alzamiento Nacional" hubo muchos jornaleros, trabajadores, maestros, sindicalistas, socialistas, nacionalistas, etc. incluso un sacerdote que se destacó por sus convicciones social-cristianas.

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