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El Albacete, verdugo del Atlético, recibe el capital de Iniesta para reinventarse
césar ortuzar - Martes, 3 de Enero de 2012 - Actualizado a las 05:40h
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Los jugadores del Albacete celebrando un primer gol (EFE)
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Hubo un tiempo, antes de que Andrés Iniesta se convirtiera en héroe futbolístico, beatificado por su gol en la final del Mundial y socorrista después como principal accionista tras inyectar 420.000 euros a su club de origen, en el que Albacete mostraba orgulloso al prodigioso queso mecánico, su equipo de fútbol, un milagro que adquirió dimensiones homéricas al comienzo de los noventa por su extraordinaria historia, un viaje a la luna, desde Segunda B hasta Primera División en un pestañeo. El Albacete, fundado en 1940, que pilotó Benito Floro, un técnico cartesiano, enamorado de la estrategia, tenaz, obstinado, meticuloso, fue un cohete que se orbitó a una pulgada de Europa en su estreno en la máxima categoría y que se mantuvo invicto durante quince jornadas en su primer curso ante la sorpresa del resto de competidores, ojipláticos ante un conjunto que había salido de las catacumbas.
El Athletic de Iñaki Sáez, que años más tarde dirigió al Albacete en su descenso en la campaña 1995-96, se topó con aquel escuadrón convencido, bien encolado, trenzado sobre Zalazar, su jugador con mayor ascendente en el juego, y el explosivo Toro Aquino; y diseñado con pericia y exactitud en la mesa de ingeniería de Benito Floro, el ideólogo de aquella obra. El 20 de octubre de 1991 los rojiblancos sucumbieron en el Carlos Belmonte por 4-0 tras recibir una ráfaga de tres goles consecutivos entre el minuto 40 y el descanso. No fue el Athletic su única conquista, el Albacete, intrépido, deslenguado, valiente para medirse a la aristocracia, arrinconó a muchos en su bautismo en la élite.
Se convirtió en el queso mecánico (su nombre es clara herencia de la fastuosa naranja mecánica), un conjunto humilde, aguerrido, corajudo y correoso, que dejó rastro con su juego disciplinado, con su ánimo inquebrantable y su estajanovismo. También con las jugadas de estrategia que salían del laboratorio de Benito Floro, cuidadoso con cada puntada. Un iconoclasta, vigilante de todos los detalles del juego y del hábitat del vestuario, introdujo la psicología como método para estimular, incentivar y motivar a la plantilla. El impacto fue tal, tan extraordinaria la conmoción que produjo, que el Real Madrid alistó a Floro a la conclusión del campeonato.
Final de la era Floro De alguna manera, finiquitada la relación de Benito Floro con el Albacete, paulatinamente se debilitó el sueño manchego, el entusiasmo de una ciudad grapada a una aventura fantástica que aún reservó algunos episodios para la memoria de su hinchada como las goleadas al Cádiz (5-0), Sporting (6-2), ambas en la campaña 1992-93 u Oviedo (5-0) en la 1993-94. Después, el Albacete padeció en la otra orilla hasta descender a Segunda en la temporada 1995-96 al caer en la promoción ante el Extremadura. Vencido el desierto, despuntó nuevamente y regresó al oasis con César Ferrando al volante en el curso 2002-03 con un plantel cosido a retales. En aquel Albacete, Aranda y Pacheco se repartían el frente de ataque. Los manchegos, atrapados por una errática política deportiva y económica, no pudieron echar raíces y retornaron a Segunda dos cursos después.
Lo peor, con todo, estaba por llegar. Sucedió la pasada temporada cuando el club, preso de su absoluto desacierto en el césped y de su mayúsculo desatino en los despachos, se desplomó hasta la Segunda B y se situó al borde del abismo, a un milímetro del desahucio, hasta que intervino el salvavidas de Andrés Iniesta, que con su aportación económica, (420.000 euros), se ha convertido en el máximo accionista de un club que pretende engrasar la maquinaria del queso mecánico. Por el momento su engranaje le alcanzó para eliminar al Atlético de Madrid de la Copa.
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