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Tribuna Abierta

Una Europa alemana: poder, prejuicio, estupor y 'schadenfreude'

* Economista, Por Alberto Alberdi Larizgoitia - Domingo, 8 de Enero de 2012 - Actualizado a las 05:39h

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ALLÁ por el año 2002, Ben Bernanke, hoy presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos y entonces uno de sus gobernadores, escribió un muy comentado artículo que trataba de sacar lecciones de la experiencia de Japón para asegurarse de que la deflación nunca ocurriría en su país. Entonces, me permití una nota crítica del mismo recordando que, por muy agresiva que fuera la política monetaria, en última instancia tratar de impulsar una economía en deflación a través de los tipos de interés era como empujar desde el extremo de un hilo: se pueden poner las condiciones monetarias -bajos tipos de interés a corto y largo plazo- para que la demanda se reactive, pero nadie salvo el estado o los agentes privados puede asegurar que el gasto se produzca de forma efectiva.

Pero, en cualquier caso, el Bernanke de ayer, para felicidad de los americanos, sigue siendo hoy el mismo audaz economista, gran conocedor de la Gran Depresión de los años 30, que abogaba y aboga por un activismo comprometido del banco central, que ha hecho suyo el compromiso personal de que aquél drama no volverá a ocurrir. Una Gran Depresión, y a esto que estamos viviendo hoy pronto comenzaremos a llamarlo así, es un episodio dominado por el miedo que hace confluir una reducción del gasto de consumo y de inversión, una desatada preferencia por la liquidez, es decir, por el dinero; una consiguiente caída del precio de los activos financieros e inmobiliarios y, como consecuencia de todo ello, una crisis bancaria.

Para evitar el desastre contamos con el activismo de la política fiscal, pero los estados que salieron al rescate de las familias en paro, de las empresas sin pedidos y de los bancos en dificultades incurriendo en déficit y deuda, se ven hoy en el trance de ser rescatados. Y la pregunta obligada es: ahora que ellos han agotado todo su margen de acción y se ven en la encrucijada, ¿qué papel debe desempeñar en la solución de esta fase de la crisis el banco central? Y aquí hay dos respuestas: una anglosajona y otra europea.

Bernanke, el paradigma de la primera, se echa la economía a la espalda no solo inyectando liquidez a los bancos y bajando los tipos de interés a corto plazo, sino adquiriendo una inmensa cantidad de un número elevadísimo de activos públicos y privados para impedir el desplome de sus precios y una subida de tipos de interés a largo plazo que agrave el problema del déficit, deprima la inversión y lleve a la depresión.

En la versión europea, la historia se queda como mucho a medio camino. Como Draghi nos dice en estos días de su estreno como presidente, el BCE es prestamista de último recurso de los bancos pero no de los estados, porque su misión no es defender la estabilidad de los mercados de deuda pública. Pero, ¿por qué? Y, todavía más importante aún, ¿con qué consecuencias? Los bancos y los estados atraviesan los mismos problemas de liquidez, que no de solvencia, debido al cierre de los mercados en los que se financian. Si se desploma la deuda, la crisis bancaria está asegurada y el BCE tendrá que socorrer a los bancos y de paso aceptar la deuda como garantía de la financiación que otorga: es decir tendrá dos problemas en lugar del original, que era el de estabilizar los mercados de deuda y mantener moderados los tipos de interés a largo plazo.

La razón que se esgrime es que el BCE no puede financiar a los estados soberanos porque ello está prohibido por el Tratado. Sin embargo, todos sabemos que esa interdicción de monetización de la deuda se refiere a las adquisiciones de las emisiones en los mercados primarios y no en los secundarios, donde la deuda ya existe y simplemente cambia de manos. Tampoco es relevante al caso el decir que el BCE no es la Reserva Federal (afortunadamente esta tiene un mandato que concierne a la economía y no sólo a los precios) porque siendo esto así, aquí y ahora de lo que hablamos es de la genuina tarea de un banco central que es la de operar en los mercados de deuda para asegurarse de que los tipos de interés a corto y a largo plazo son los adecuados para el objetivo de estabilizar la economía, y eso forma parte del mandato esencial del banco europeo y de cualquier banco central que se precie de ser tal. Solo hay dos eventuales explicaciones de esa conducta. Una tiene que ver con la ortodoxia y la otra, con el poder.

No es fácil separar la conciencia y la forma de ser de los intereses y, en definitiva del poder, y de ahí emerge la hipótesis, que cada vez gana más adeptos, de que esto es una cuestión de dominación

Con Gran Bretaña, el euro hubiera sido otra

El lenguaje del BCE es todavía hoy lo suficientemente confuso como para dar a entender la existencia de un riesgo de inflación en caso de realizar esas operaciones de intervención masivas en los mercados. Así, por ejemplo, el representante español en el comité ejecutivo del banco casi lo da a entender en una conferencia el pasado 24 de noviembre en Oxford. Sin duda, ello se debe a que es muy del gusto alemán y justifica las espantadas de algunos miembros de dicha nacionalidad de su directorio por tal motivo. Pero lo cierto es que nadie lo hace abiertamente, porque ello provocaría el asombro de los demás banqueros centrales y de la profesión económica en general, como ejemplo de rancio monetarismo carente de sentido económico.

Aún con esa ambigüedad calculada, una vez descartada la ciencia hay que buscar en la conciencia: el modelo de banco central es parte de la identidad alemana. Lo que ocurre es que no es fácil separar la conciencia y la forma de ser de los intereses y en definitiva del poder, y de ahí emerge la hipótesis que cada vez gana más adeptos de que esto es una cuestión de dominación.

Las penas del presente de los países de la periferia son bienvenidas porque ello les hará virtuosos en el futuro, y además porque las mismas no afectan (todavía) a los países del centro que son quienes definen las reglas del juego y que por ahora incluso se benefician de esa asimetría que significa que cuanto peor se financian unos mejor lo hacen los otros porque el dinero tiene que ir a alguna parte. Después de haber visto con estupor cómo el BCE se dirige por carta a presidentes de gobierno diciéndoles qué es lo que deben hacer para facilitar su intervención en los mercados -califiquen ustedes mismos ese comportamiento de instancias sin legitimidad alguna-, después de ver el cariz de la propia reforma de la UE a 26 miembros alumbrada estos días de diciembre, comprendemos que efectivamente estamos hablando básicamente en una clave de poder aderezada con prejuicios acerca de lo que debe ser o hacer el banco central.

"Tuvimos la buena fortuna de poder construir el Banco Central Europeo sobre el modelo del Bundesbank", dijo Schlesinger, uno de los más rígidos presidentes de la historia de este último. Y Merkel va más allá proclamando nada menos que la independencia del BCE es "un gran logro de la democracia", cuando esa independencia, la estrechez del diseño del Banco y el dogmatismo con el que ejerce su poder están conduciendo como vemos hacia una clara degeneración de la misma.

Los riesgos los vio venir Mitterrand ya en 1989: "Es peligroso que el Banco Central, en ausencia de una autoridad política, pueda tener poder soberano. El Sistema Monetario Europeo es ya una zona alemana. Pero la República Federal de Alemania no tiene autoridad sobre nuestras economías. Con el Banco Central la tendrá". Precisamente a lo que estamos asistiendo hoy es a una repetición de la crisis del Sistema Monetario Europeo de 1993 que solo alcanzó su punto de resolución cuando después de haber caído las otras piezas más débiles del tablero (Italia, Gran Bretaña…) una Francia acorralada se atrevió a sugerir la expulsión de Alemania del Sistema.

De lo que no parecen ser conscientes nuestros mandatarios europeos es de que esta última cumbre de diciembre no ha resuelto nada, simplemente ha elevado el rango del mismo tipo de medidas que ya se manejan en los reglamentos europeos que entraron en vigor el pasado 13 de diciembre.

¿Puede alguien entender qué significa una unión fiscal que no tiene mecanismos comunes de estabilización basados en la deuda y el gasto compartidos? Europa no ha adoptado ningún paquete de medidas desde aquel amago más aparente que real de 2008, por lo que si el ajuste presupuestario continúa, si no hay mecanismos de estabilización real de la economía, si el BCE no disciplina los tipos a largo plazo, la recesión seguirá su camino y con ella se recrudecerán los embates de los mercados. Sólo cuando los destrozos sean de un tamaño considerable, cuando la ola de depresión reverbere hacia el centro y Francia esté nuevamente acorralada, la representación tendrá que tocar a su fin.

No sabemos todavía si lo hará en términos de tragedia o de farsa, porque algunas actitudes mostradas en la reciente cumbre apuntan a que no faltarán ingredientes de la segunda. El despropósito de Cameron y la intemperancia de Sarkozy tendrán el efecto de convertir el orgullo británico por librarse de la incapacidad y dogmatismo continental en un sentimiento de schadenfreude, la alegría por la infelicidad ajena que a menudo viene aderezada con aires de superioridad, algo que ya se adivina en las actitudes del norte ante los pródigos del sur. Con Gran Bretaña, el euro hubiera sido otra cosa y por eso veremos con pena cómo las islas se distancian más y más debido no sólo a su propia deriva sino también a la de un continente del euro que ha sacrificado la democracia y está encadenado a sus prejuicios. Una Europa alemana a la que darán fin las convulsiones económicas, políticas y sociales que se avecinan.

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