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* Traductor jurado de alemán, Por pATXI lÁZARO - Domingo, 22 de Enero de 2012 - Actualizado a las 05:39h
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UN profesor de Historia me mostró, cuando vivía en Alemania, una colección de láminas que contenía un documento poco conocido pero de gran importancia. Se trataba de una fotografía del decreto con el que Paul von Hindenburg, presidente de la República de Weimar, ordenó la disolución del Reichstag el 19 de julio y la convocatoria de nuevas elecciones en el mes de agosto de 1930. El papel mostrado en la lámina no era el mismo que se ve en los libros de historia, rematado por la ensayada y cuartelera firma del presidente del Reich, sino una primera versión, escrita a máquina por un secretario, cuyas últimas dos líneas Hindenburg, en el último momento, decidió tachar con su estilográfica. Los renglones quitados venían a decir más o menos esto: que la Cámara es disuelta "... por la imposibilidad de lograr un acuerdo en la cuestión presupuestaria". Aunque dan la impresión de haber sido suprimidos para evitar un alargamiento innecesario de la frase, proporcionan una clave crucial para explicar la extraña y dramática sucesión de acontecimientos que condujeron al nacionalsocialismo y a la Segunda Guerra Mundial.
Es un hecho comprobado que eruditos e historiadores no siempre están a la altura de su misión como sacerdotes de ese templo de la honestidad intelectual que muchos se empeñan aún en atribuir a la institución universitaria. Al igual que los antiguos caballeros del Temple, con frecuencia su misión no es hallar el Santo Grial de la verdad, sino ocultarlo celosamente. Dejándonos llevar por el discurso académico oficial, se admite que la república alemana de Weimar cayó debido a tres grandes cúmulos de circunstancias históricas: el Tratado de Versalles de 1918, las deficiencias estructurales de un sistema político basado en la representación estrictamente proporcional que impedía la formación de mayorías estables, en el que además existían mecanismos jurídicos -el famoso artículo 48 de la constitución- que permitían al jefe del estado gobernar a golpe de decreto sin el apoyo de las cámaras; y, finalmente, la crisis del 29.
Una simple frase mecanografiada, en la que nadie habría reparado de no ser por que el firmante del documento mandó que se quitara con un trazo expeditivo de su pluma, revela que en el ascenso de los cuadrúpedos al poder pudo haber causas de otro tipo. Y que estas causas no son representativas de la naturaleza trágica y faustiana de la historia, sino el resultado de negligencias internas y el fracaso de una clase política despilfarradora e irresponsable. Suena actual, ¿verdad? Dejo la extracción de moralejas en manos de un lector al que se supone sobradamente preparado para ello. Ahora interesa más ir a lo que sucedía entonces.
El ascenso de los cuadrúpedos al poder pudo ser resultado de la negligencia y el fracaso de una clase política despilfarradora e irresponsable. Suena actual, ¿verdad?
Los ajustes presupuestarios y el aumento de impuestos resultan inevitables.
Quizá hayan oído hablar de la República de Weimar como un período de gran pujanza cultural: el despertar de la modernidad en Europa, la arquitectura de la Bauhaus, los escritos de Heidegger, el cine de Fritz Lang, el teatro de Bertolt Brecht, los clubes de jazz en Berlín, etc. Los años comprendidos entre 1924 y 1930 también fueron una época de euforia inversora y expansión del gasto público. En un principio, esto era una necesidad del estado social, pero luego acabó convirtiéndose en la típica bacanal del despilfarro socialista: plantillas de funcionarios fuera de control, sueldos que se triplican de un año para otro, ayuntamientos de tres al cuarto equipándose a lo grande: polideportivos, piscinas, museos, estaciones de tren, aeródromos... Todo se financiaba -y tal vez esto no sorprenda tampoco a nadie- con dinero procedente de Estados Unidos, en forma de préstamos a corto plazo cuyo objetivo consistía en asegurar el pago de las reparaciones alemanas de la Primera Guerra Mundial.
Entonces, a finales de 1929, tiene lugar el crack de la Bolsa en Wall Street. El sistema financiero internacional se desploma y el Reich alemán se ve obligado a llevar a cabo un brutal programa de ajuste. Ello produjo un incremento sin precedentes del desempleo y la conflictividad social. Un creciente estado de inseguridad entre las clases medias, la pobreza generalizada, la desesperación de las masas y batallas campales entre nazis y comunistas culminaron en el hundimiento del sistema parlamentario y la proclamación del Tercer Reich en 1933. Algunos historiadores aseguran que si el canciller Heinrich Brüning, del partido católico Zentrum, a quien le tocó dirigir esta política de estabilización, hubiese recurrido al déficit presupuestario y a medidas expansionistas, el mundo se habría ahorrado todas aquellas calamidades.
En realidad, no había opción. Los ajustes presupuestarios y el hambre eran inevitables porque el gobierno alemán no podía permitirse otra hiperinflación como la de 1923, cuando la gente iba a la compra con una cerretilla de billetes y volvía a casa con la comida en el bolsillo. Los hechos acaecidos entre 1930 y 1932 no fueron el resultado de una política equivocada, sino consecuencia de una quiebra estatal encubierta. La primera había sido la ya referida de comienzos de los años 20. A lo largo del siglo se producirían una tercera en 1945 y una cuarta en 1989, la cual trajo consigo el hundimiento de la República Democrática Alemana. Lo realmente trágico fue que la política de estabilización del canciller Brüning tuvo éxito. A mediados de 1932, la industria volvía a funcionar a niveles comparables a los de 1928 y el paro disminuía de modo espectacular. Irónicamente, cuando Hitler llegó al poder en enero de 1933 el ajuste presupuestario estaba dando ya sus primeros brotes verdes. Este, y no el rearme, fue el secreto de la espectacular recuperación económica de Alemania durante el nacionalsocialismo.
Actualmente algunos países, entre ellos España, están aplicando medidas que en la práctica equivalen a una bancarrota encubierta. Las mentalidades han cambiado mucho desde los años 30. Resulta dudoso que los radicales de nuestros días, trabajando en tándem como izquierdistas y nazis solían hacerlo dándose de palos y tirando adoquines en las calles de Berlín, logren hacer tambalearse a un régimen parlamentario moderno. Pero con un ambiente tan enrarecido pueden suceder cosas asimismo raras. El lector merece que le ahorren algún que otro recalentamiento neuronal. Con respecto al estado actual de la economía, debe entender dos cosas. Primero, que los ajustes presupuestarios y el aumento de impuestos resultan inevitables. No existe en el universo fuerza capaz de darles marcha atrás. Y, segundo, que en la atmósfera histórica de nuestro tiempo existe voltaje suficiente para generar rayos que podrían producir un buen estropicio allá donde caigan: la sanidad, el sistema de pensiones, el estado de las autonomías o, por supuesto, el batzoki de la esquina. Estén prevenidos, entramos en una zona de turbulencias.
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