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Sábado, 28 de Enero de 2012 - Actualizado a las 05:39h
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EN la antigüedad, las batallas se solían saldar con el degüello de los vencidos y con la erección de una estatua del vencedor pero eso ocurría hace más de veinte siglos y en unos imperios que -aunque cultos- basaban todo su poder simplemente en la punta de la espada. Si hiciéramos un listado de las esculturas que en la historia se han levantado nos daríamos cuenta de que más del noventa por ciento se han dedicado a dictadores y alguna que otra a algún demócrata que pasaba por allí. Y también hay otra norma común que unifica esto de las estatuas y es que casi todas están erigidas en terreno público y con presupuesto público.
El pequeño dictador no se conformaba con una pequeña estatua pagada por la familia en el jardín de su casa, no, debía de ser grande, en lugar público para que la sufrieran a diario todos los ciudadanos y - evidentemente - costeada por el erario público que para eso él era el dictador. Los regímenes totalitarios comunistas eran muy amigos de estatuas de inmenso tamaño con sus Lenin y Stalin imponiendo el terror desde la altura de sus metros y metros de hormigón. Mao, Gadafi y el dictador iraquí que escondía armas de destrucción masiva en el armario de su cuarto de baño también fueron muy aficionados a este arte y -cómo no- nuestro asesino gallego particular que para disimular la prominente barriga y un tipo fusiforme nada militar las encargaba ecuestres.
Pero todos estos dictadorzuelos -por mucho que se perpetuaran en el poder- no sabían aquello de sic transit gloria mundi y parecían ignorar que una estatua se puede derribar con la misma o con más facilidad con la que se ha erigido y todos tenemos en nuestra retina las imágenes de sucesivas estatuas de sucesivos dictadores siendo arrastradas hasta el suelo por las masas vengadoras.
Pues bien, en pleno siglo veintiuno, y conocedor de lo que la historia depara a muchas estatuas de dictadores, nos aparece un caudillo local levantino con cara de tahúr del Misisipi o de maligno vendedor del cupón y -otra vez más- en plena plaza pública y con trescientos mil euros de las arcas también públicas se autoerige una estatua. Se podrá argumentar que junto a un aeropuerto inútil no desentona una estatua inútil y también es verdad que, después del fiasco de aquélla inversión, la cantidad que ha costado la estatua es, más o menos, el chocolate del loro. Pero lo que es imperdonable es el mecanismo mental que -en esta época de la historia- hace que un personajillo de este pelo sienta la necesidad de perpetuarse entre los suyos en acero, hormigón o granito.
No ha ganado batalla alguna, no ha tenido ningún comportamiento heroico para su comunidad y, más bien, se ha dedicado a colocar a todos los suyos ya dejar una provincia semiarruinada a base de obras megalómanas. Y este caudillo provincial cabroncete que ve toda la vida a través de sus eternos cristales ahumados se autoerige una estatua a mayor gloria de su desastrosa gestión porque está mal que las estatuas sean póstumas pero -al menos, en ese caso- el homenajeado no tiene culpa alguna porque ya está cultivando malvas y son sus seguidores quienes deciden la erección de la estatua en cuestión pero hacerlo en vida y que la decisión cuente con el visto bueno del gobernante esculpido, eso no tiene nombre y si lo tiene estará relacionado con alguna enfermedad psiquiátrica rayana con la megalomanía. Pero, si son megalómanos que se la paguen ellos y que la instalen en el jardín de su casa sin castigar a la ciudadanía a pagarla entre todos y condenándoles a contemplar el careto del caudillo dictador provincial cada vez que pasen delante de la plaza en cuestión. Más vale que hemos visto caer tantas estatuas…
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Gracias por su comentario
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