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Hinchas de ambos equipos convierten Miranda en el núcleo del fútbol con su cordial confraternización
Miércoles, 1 de Febrero de 2012 - Actualizado a las 05:39h
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Un cóctel en la noche de copa (David de Haro)
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En una pequeña ciudad llamada Miranda de Ebro, alrededor de 40.000 almas la avivan, atención del mundo estos días, rodeada de lo que son o han sido enormes imperios del fútbol -los clásicos Burgos y Logroñés, el espumoso Alavés y, por supuesto, el histórico Athletic-, un reducto de soñadores impasibles se resiste a sucumbir a la lógica del fútbol, a la estilizada tropa de Bielsa. El Mirandés contra el Athletic: encuentro de las semifinales de Copa. El espíritu burgalés es el de una pequeña aldea gala como la de Asterix.
La gente local caminaba erguida, excepcionalmente estirada, consciente de que la siguiente prueba era para sobrepasar cualquier nota que califique. El sobresaliente, porque así lo siente Miranda, estaba pisado. Lo que llegara, sería por voluntad de esos magos del modesto vestuario de Anduva. "This is Anduva", recibía el escenario, internacionalmente, porque así invade todavía su gesta. Miranda, un nudo de comunicaciones y negocio industrial, ha exportado el arte del fútbol allende el Estado español. Porque incluso para los visitantes vizcainos era un lugar mágico, allí donde se iluminan esos sueños que uno recibe cual capricho del destino. Al fin y al cabo, los seguidores del Athletic, y la propia tropa del equipo bilbaino celebraron semejante enfrentamiento -en cuenta están los 11 vascos del Mirandés-. De modo que la presencia encuadraba en lo místico. De algún modo, lo que cualquiera hubiera deseado antes de cualquier sorteo y hazaña. La felicidad abundó. Fe daban los achuchones, los corrillos y esa pantalla gigante en el corazón de la ciudad que aunó aficiones. Unos, porque sentían cerca el pasado, caso del Athletic; otros, porque respirar del presente ya era razón de orgullo. Una cincelada en el calendario de la vida.
En Haro el equipo bilbaino se enclaustró como en un búnquer. "Está cerrado para los clientes", informaba el hotel donde se hospedaba. Fuera, una veintena de seguidores aguardaba al autógrafo o la instantánea. Los de Bielsa velaban armas, conscientes de que dos pasos podían devolver al equipo a su último gran logro, la final de Copa. De Bizkaia, sin embargo, se esperaba más público -el horario y la televisión en abierto no acompañaron-. "Hemos comprado 12 entradas y menos mal que nos las hemos quitado aquí", resumía un aficionado rojiblanco, copa y puro en mano. Los jóvenes corrían despendolados agitando pañuelos: "Mirandés, como mola, se merece una ola. ¡Uhhhhh!". Ellos, alimentados de exaltación por esos que comprenden del momento. Cosas de mayores. "Bueno, si pasais la eliminatoria iréis con nosotros, ¿no?", lanzaba un vecino. Las cartas estaban por jugarse. Pero los autobuses de línea ya daban cuenta de la implicación, de la fe, del apoyo, de que Anduva es Anduva y de que el pueblo estaba contagiado. La joyería Rica, con Toñi García atendiendo, por ejemplo, había confeccionado una réplica de la copa en diminuto, con las siglas del encuentro de ayer. Algo histórico, sin duda. Eso era un detalle, porque la ciudad estaba engalanada por banderas en las balconadas. Para los vizcainos eran un recuerdo de aquella divina espera hasta la última final del Athletic contra el Barcelona. De hecho, había entre los desplazados algún nostálgico como Julio Salinas.
El ánimo sobraba y el frío no importaba. Los cohetes acompañaban. Miranda estaba echada en las calles. La jornada de parque con los críos, sustituida por calentamiento en los bares. Entre copa y copa, alguno, borracho de euforia como el Mirandés, confesaba visitar San Mamés. Corazón partido. Jabatos y leones se entienden, por eso el conjunto burgalés es destino de numerosos vascos. Hay sintonía. En las jaleadas a los autobuses de los equipos, cada uno se preocupó de alentar a los suyos. Nada parecido a ese "partido de alto riesgo" que dictaba la Comisión de Antiviolencia. Lo de ayer fue un cóctel. Intereses cruzados, sí, pero dando cabida al trago de fraternidad. Fútbol no es más que fútbol, con esa concepción han llegado aquí mirandeses y bilbainos.
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