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por Xosé Luis Barreiro - Lunes, 6 de Febrero de 2012 - Actualizado a las 05:39h
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por un extraño designio, la estructura de poder del PSOE que lideraba Zapatero imitaba a la perfección el trazado del AVE, con un centro en Madrid, resabio jacobino de la Transición, y con dos líneas de alta capacidad -a Sevilla y Barcelona- que alimentaban sus silos de votos y le daban estabilidad a todo el aparato. Por eso hay que destacar como una gran novedad que, contra todo pronóstico, y cuando el lehendakari López empieza a sentir en el cogote el aliento de su inminente derrota, el PSE haya regresado al núcleo duro del PSOE. Y todo porque Carme Chacón adelantó un escaque su jugada y convenció a Griñán, a Tomás Gómez y al PSC -Sevilla, Madrid y Barcelona- de que había llegado la hora de arriesgarlo todo a una sola carta.
La jugada, hay que decirlo, estaba bien diseñada. Pero esa cruel distancia de 22 votos que separó a ambos candidatos puso la presunta renovación patas arriba y todo apunta a que la próxima historia del PSOE no se va a escribir desde una refundación tan arriesgada que proponía el chaconismo. El resultado es que Patxi López ha salido extraordinariamente beneficiado por la elección de Rubalcaba, que de un solo plumazo acaba de aliviar su salida de Ajuria Enea, y de ponerle en la lanzadera de la política del Estado.
Ahora, si el PSOE acaba reconociendo el liderazgo de un secretario general que ha sido elegido tan escasa diferencia, habrá entrado definitivamente en el paraíso de la democracia interna. La legitimidad democrática tiene, además de sus reglas matemáticas, sus costumbres y circunstancias, y siendo cierto que todos los ciudadanos aceptamos que el poder institucional se obtenga por un escaso margen de votos -hasta uno solo-, la mayoría de partidos tienen por cierto que un pequeño porcentaje de sufragios en contra puede lastrar el liderazgo social. Pero el PSOE, que lleva mucho tiempo ensayando fórmulas de democracia interna y ha sufrido graves quebrantos, está dando síntomas de un feliz cambio de cultura, ya que una elección por 485 de Rubalcaba frente a los 465 de Chacón no deja ninguna duda sobre la limpieza del proceso, la neutralidad de los órganos centrales del partido, la amplitud y la libertad del debate territorial, y la capacidad de encaje de resultados que exhiben los militantes en cada Congreso.
Conviene recordar además que, siendo este Congreso el que mayor interés y suspense generó entre los ciudadanos ajenos al PSOE, también Zapatero obtuvo su primer nombramiento por un margen más escaso (9 votos), sin que ello le impidiese unificar y liderar al PSOE casi 11 años. Por eso puede decirse que, a pesar de tener que afrontar un difícil proceso de integración, Rubalcaba inicia su mandato con un partido que, en lo que se refiere a sus estándares de modernidad organizativa y apertura a la sociedad no militante, se sitúa a años luz de todos los demás, con un capital democrático al que sólo se acercan IU y el PNV.
Viendo ahora su reciente y catastrófica derrota, y las posibles réplicas en Andalucía y Asturias, es evidente que a Rubalcaba le esperan dificilísimos retos en las áreas de organización, pensamiento y acción política, aunque no por eso deje de aparecer, como en su primer discurso, como el único opositor que Rajoy no deseaba. En tal circunstancia, y para tener éxito, el nuevo secretario general deberá cuidar dos aspectos de delicada gestión: el tiempo, que a los 61 años es el oro que va de retirada; y el rigor, que sufre mucho cuando se fuerza su compatibilidad con Twitter y con los sectores sociales peor informados. Pero nada de eso impide reconocer que al PSOE, más aún que a Rubalcaba y a López, le ha salido bien su 38º Congreso.
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