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EL DRAMA HUMANO DE LOS DESAPARECIDOS

Solo veinte de las 7.809 denuncias de desapariciones están sin resolver en la CAV

El perfil mayoritario de los desaparecidos es el de menores, muchos de ellos de centros tutelados

diego artola - Lunes, 6 de Febrero de 2012 - Actualizado a las 05:39h

Josefa enseña la foto de su hermano Luis, desaparecido.

Josefa enseña la foto de su hermano Luis, desaparecido. (foto: iban gorriti)

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bilbao. Sus rostros comunes envuelven el misterio encarnado en drama humano. Por sus semblantes de hombres y mujeres corrientes podrían ser el vecino, familiar o amigo de cualquiera, aunque el infortunio desgraciado ataja cualquier semejanza. Las personas desaparecidas permanecen en una nebulosa atrapadas por las incógnitas que martirizan a familiares y amigos.

Sus casos son expedientes X para la policía que desatan toda clase de interrogantes sin respuesta. Nadie sabe dónde están, ni qué es de ellos. Ni siquiera si están vivos. La propia Ertzaintza se reconoce impotente a la hora de cifrar el número de desaparecidos vascos.

"Es difícil establecer una estadística absolutamente fiable porque hay apariciones que no se comunican y el caso continúa abierto de una manera ficticia", aclara a DEIA un portavoz. Los registros de la policía vasca arrojan en torno a los 7.809 desaparecidos en los últimos 3 años, aunque la mayoría de ellos han sido finalmente localizados.

Restos sin identificar. La asociación Inter-sos, referente a nivel estatal, eleva esta cifra en el Estado a 14.000 con el reconocimiento de la inexactitud. "Muchos ficheros policiales están sin actualizar", apuntan. De igual modo, censuran el retraso de los análisis forenses que podrían esclarecer muchos casos. "Existen 4.000 restos óseos sin identificar porque no han sido cotejados con los restos genéticos de las personas desaparecidas", lamentan.

La Ertzaintza traza un perfil mayoritario que corresponde a menores, "muchos de los cuales son jóvenes acogidos en centros tutelados". Sus portavoces apuntan como causa habitual su inadaptación al tutelaje.

Este análisis contrasta con el de Inter-sos que esboza un perfil ilimitado entre los casos sin resolver. De hecho, la veintena de desaparecidos vascos que recogen tanto la página web de la Ertzaintza como de la propia asociación coinciden en su variedad con una gran diversidad de edades.

Asimismo, las desapariciones publicadas coinciden en el misterio. Sus rastros se pierden en lugares cotidianos para el afectado, a escasos metros del domicilio o incluso en la escalera de su edificio, o en puntos tan céntricos como el parque de Doña Casilda de la capital vizcaina.

"Parece que a mi hermano se lo hubiera tragado la tierra", suspira Josefa Rodríguez, vecina de Matiena, cuando recuerda a su hermano desaparecido desde hace 6 años, Luis Rodríguez Roy.

Las desapariciones pueden prolongarse desde días a décadas sin arrojar indicios claros. Precisamente, los dispositivos policiales de búsqueda se mantienen el tiempo que tardan en cerrarse las pistas de investigación. En la Comunidad Autónoma del País Vasco, los protocolos se activan con prontitud, especialmente si se trata de desaparecidos menores. "En este caso los trámites de búsqueda se inician desde la recepción de las primeras informaciones", señalan sus portavoces.

un poso devastador Lo cierto es que superado el ajetreo inicial de la búsqueda, las desapariciones prolongadas dejan un poso devastador en los entornos personales. "Cuando suspendieron la búsqueda por falta de indicios no estaba preparada y hoy, 8 años después, sigo sin estar preparada. Nunca lo superas", relata Angela Gómez. Así, reconoce padecer sentimientos de "angustia y rabia" por la ausencia de su hijo Emilio Eguiluz que desapareció hace 8 años en Arrigorriaga a la edad de 41.

La habitación de Emilio permanece inalterable desde entonces con la pila de cedes de sus grupos favoritos como Dire Straits o Deep Purple formando un recuerdo imborrable. Su rastro se perdió un día de julio de 2003 cuando emprendió una de sus frecuentes caminatas vestido con playeras, pantalones cortos y camiseta.

"Cambió de ruta porque no se le vio en la zona de caseríos donde planeaba caminar", recuerda como si fuera hoy mismo la ama. Emilio mantenía su afición por las travesías frente a sus secuelas físicas que le impedían realizar los largos trayectos en bici de tiempos más jóvenes.

En la fecha de su desaparición, Emilio padecía trastornos de narcolepsia y cataplejías que le provocaban ataques de somnolencia y pérdida de fuerza muscular que le inhabilitaban durante varios periodos cada día. El pueblo de Arrigorriaga se volcó con batidas de vecinos y el club de montaña, aunque al cabo de un mes la búsqueda se redujo a la cuadrilla de l propio Emilio.

El suceso ha dejado secuelas entre sus allegados como refleja la mirada melancólica y perdida de la ama, que no puede ocultar su corazón hecho añicos. "Es la persona más buena que te puedes encontrar en la vida, tan cariñoso....", suspira sofocando con dificultad un atisbo de llanto.

la más reciente La desaparición de Luis Rodríguez Roy fue más reciente, el 17 de marzo de 2005, pero no menos misteriosa. La última vez que se le vio fue a 50 metros de la pensión en la que vivía. La extrañeza se mantiene intacta entre los familiares porque ese día Luis sólo portaba su DNI y la cartilla de Osakidetza.

"Ni siquiera llevaba el calzado adecuado para un tiempo de fuertes precipitaciones cuando los ríos estaban crecidos. No podía irse a ningún sitio", señala su hermana Josefa. A sus 58 años, Luis era una persona sociable que gustaba de alternar en las terrazas, aunque conservaba un punto de desconfianza hacia todas aquellas personas desconocidas para él.

La angustia permanece intacta entre los familiares casi 7 años después de que se perdiera su rastro. "Los primeros días sufrimos mucho porque pensábamos que se moría de frío. Todos los días nos preguntamos qué pasó con él y todavía miramos en las cunetas por si le encontramos accidentado", reconoce su hermana. El monte fue la última esperanza de la familia por su afición al senderismo, aunque en este tiempo no han podido encontrar todavía ninguna pista.

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