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Callejón sin salida

w El Athletic, opaco y con poco juego, cede en el último suspiro ante el Betis, que fue mejor w Los bilbainos, media hora sin el expulsado Javi Martínez

Domingo, 12 de Febrero de 2012 - Actualizado a las 05:41h

Gorka Iraizoz y la defensa rojiblanca observan impotentes cómo el disparo final de Nelson se cuela en la portería rojiblanca y sentencia al Athletic por quinta vez esta temporada en el descuento.

Gorka Iraizoz y la defensa rojiblanca observan impotentes cómo el disparo final de Nelson se cuela en la portería rojiblanca y sentencia al Athletic por quinta vez esta temporada en el descuento. (Zigor Alkorta)

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Sin rastro del duende que le baila el cuerpo, la derrota le sobrevino al Athletic en el último parpadeo como en anteriores episodios y con el de anoche acumula cinco capítulos semejantes. Ocurrió que a diferencia de otros finales injustos por accidentados, al equipo de Bielsa, deslavazado, atascado, atropellado y encasquillado en el Benito Villamarín bien le pudo llegar antes la extrema unción en el potro de tortura. El gancho le alcanzó la mandíbula de sopetón, pero estaba avisado porque el Betis le ganó por la mano: desde la pelota, incluso antes de que los rojiblancos se quedaran sin el oráculo de Javi Martínez, expulsado cuando aún restaban muchas millas para alcanzar la orilla. Conjurados bracearon los bilbainos en esa dirección, propulsados por el aleteo de los desesperados, pero descoordinados en lo futbolístico, sin brújula que les dirigiera y con el depósito parpadeando en la reserva, cedieron de puro agotamiento en los títulos de crédito. Vulnerables sin la pelota, lo que valida su puesta en escena, exhaustos, los rojiblancos no encontraron la salida del callejón. Saboreada con excitante voracidad la gloria de la clasificación para la final de Copa, concluido el festejo del pasado martes en San Mamés hasta que este reproduzca la marcha nupcial en mayo, el Athletic, exigido por el calendario, atendió el frente liguero en el Benito Villamarín, pero se quedó cortó, a varios cuerpos de su mejor versión y por debajo del Betis, que no resolvió la intriga hasta el epílogo por su misericordia y fogueó frente a Iraizoz.

El equipo de Bielsa, fiel a su relato, acudió sin postizos, con el único retoque de Iñigo Pérez en la medular, el hombre designado para simular el fútbol de Ander Herrera, el diapasón rojiblanco, multado por acumulación de tarjetas. La foto fija del Athletic nada tenía que ver con el revolcón que Pepe Mel dio a la alineación bética para espabilar a una tropa achacosa, aquejada por el escorbuto de la anemia de puntos. Mel actuó con la motosierra y rediseñó al Betis desde el sombrero hasta la punta de los zapatos, podando aquí y allá.

Disperso el Athletic, sin tensión en el cordaje, rebajado el octanaje, el Betis, con más hueso y colmillo, no tardó en hacer palanca en el Villamarín. Desplegó la escalera desde el intervencionismo de Jefferson Montero y Rubén Castro, picajosos a la que se encaraban con la defensa rojiblanca, demasiado condescendiente. El Athletic, con Iturraspe como único centinela porque Iñigo Pérez no le tomaba el hilo al partido, estaba deforestado por el centro, deshilachado. Los verdiblancos no tardaron en detectar la tara de los bilbainos, demasiado largo el equipo, y revolvieron hasta que Rubén Castro enroscó con maestría lejos del alcance de Iraizoz en una jugada mal cicatrizada por el Athletic que no atendió con diligencia su llegada.

A balón parado El alborozo del gol generó un acto reflejo en el Betis, que escondió la cabeza dentro del caparazón a modo de autodefensa. Ante semejante invitación, aunque esporádicamente, con corriente alterna, el Athletic conectó con el juego. Los volantes, de los que no hubo noticias en el primer sorbo, participaron más en el encole del fútbol y el equipo lo agradeció ante los béticos, que timoratos, se enrollaron con la manta frente a Fabricio. Balbuceaban los rojiblancos, pero tiritaban los béticos, a los que les recorrió un escalofrío cuando el Athletic encontró otra pócima: el balón parado. No estaban los de Bielsa para arabescos ni barroquismos, pero les alcanzó con un córner bien combado por Susaeta que Javi Martínez acunó de cabeza sin necesidad de muelles ante el museo de cera del Betis. Reubicado en el marcador, mejor alicatado el equipo, Iñigo Pérez asustó a Fabricio con un proyectil desde tres cuartos de cancha. Jefferson Montero respondió ipso facto, pero a su disparo, duro y con púas, le faltó encuadre.

Apolillado el fútbol control, el duelo, espasmódico, recobró fuelle e intensidad a campo abierto, alejado del corsé táctico. El Athletic no conseguía dar continuidad a su juego porque faltaba luz en la dinamo y el cableado que une al equipo en la misma coreografía. Las apariciones de Muniain, Susaeta y De Marcos resultaban residuales así que Llorente, a varias cuadras de las zonas erógenas, no se ganó muchos planos. El Betis tampoco era capaz de echarle el lazo a la pelota, así que el pulso estaba abierto a los arrebatos de Rubén Castro y Jefferson Montero, dos avispas. Javi Martínez, con tentáculos y ventosas a la hora de sisar la pelota, bajó la persiana al Betis en una contra con cicuta. De lo que no pudo encargarse el zaguero lo soportó el larguero, que escupió el zapatazo de Montero en el corazón del área a una bocanada del descanso.

El travesaño apareció de nuevo para fortuna del Athletic, al que rescató en cuanto puso pie a tierra en el segundo acto en el que San José adquirió el lugar de Iñigo Pérez, sin peso en el juego. Beñat, imaginativo, trazó un pase soberbio tras quebrar el eje de la defensa bilbaina hacia Rubén Castro, cuyo explosivo golpeo desvió con mano de santo Iraizoz y después la madera antes de que la pelota quedara a los pies de Salva Sevilla, cuyo emboque quedó sin efecto por fuera de juego. El Betis quería noquear al Athletic, pero los bilbainos también estaban dispuestos a jugársela al K. O. A Llorente le descompuso la celebración la estirada numantina de Fabricio, que actuó de milagrero. Dos fotogramas después Santa Cruz remató de cabeza con los ojos vendados.

Lo peor, con todo, llegó con la expulsión de Javi Martínez tras la segunda amarilla, ambas rigurosas. A partir de ese instante, el Athletic jugó con una pierna, musculada para la defensa con la metalurgia de Ekiza.

Con media hora por delante, los rojiblancos se encomendaron a la supervivencia mientras el Betis se abalanzaba como un perro de presa, guiado por el toque de corneta de Beñat, el arquitecto verdiblanco, e Iriney, su punto de ignición. El Athletic era una barricada y un canto a la vida, un grupo de espartanos tratando de taponar el paso de las Termópilas ante el acecho del Betis, que acumulaba fuerzas de asalto en el recibidor de Iraizoz, redentor ante un chut de Beñat que pretendía colarse por la escuadra. Las conquistas rojiblancas se limitaban a carreras infinitas de Susaeta o De Marcos para cosechar algún que otro córner o falta que aliviara al Athletic, al que fulminó Nelson con un misil a la salida de un saque de esquina. Para el Athletic no la hubo.

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