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Por Antxon Lafont Mendizabal, * Analista - Jueves, 23 de Febrero de 2012 - Actualizado a las 05:38h
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EN veinticuatro horas la piel de toro firmaba eventos representativos del concepto surrealista que los españoles tienen de la justicia. Un colectivo internacional sancionó a un héroe español del deporte provocando una tempestad de indignados adultos desconocedores de la instrucción del caso pero heridos en las entretelas de sus entrañas ¿Razón o no? Poco importa.
Una cadena privada de televisión francesa, en su programación de crítica satírica de todo lo que se mueve, aprovechando el acontecimiento antes citado, expresó en clave sardónica su sospecha de carencia de objetividad en casos de control sanitario de las performances deportivas de algunos españoles canonizados por los medios de comunicación. El primer resultado fue el desgarro de vestiduras de españoles y una nota de protesta del Gobierno del Estado español que dejándose llevar por la marea de pasión, olvida que en otros países, muchos, la sociedad política no se atribuye el derecho de intervenir en los contenidos de los programas de televisión. Los reflejos de intervencionismo siguen vivos.
Un Tribunal, el Supremo (perdonen lo poco), condena a un juez que utilizó medios prohibidos en la instrucción que concluyó con la acusación de sospechosos cercanos del poder. Es fácil imaginar la indignación y la agitación de los defensores de viudas y huérfanos.
Este tipo de casos, ya conocidos por poblaciones de Euskal Herria "víctimas de los haceres del juez sancionado", pasaban desapercibidos por ciudadanos hoy ofuscados por la condena frente a un Tribunal, de métodos ilícitos que antes aprobaban afirmando paradójicamente formar parte de un Estado de derecho. Cuando el juez citado instruía basándose en procesos de intención, sin la sombra de una prueba acusatoria, la península asistía sin rechistar al asalto jurídico.
Todavía hace unas horas se nos informaba sobre otra razón de la acusación del juez, como lo era el proceso no permitido de los crímenes del franquismo. Hoy la condenación es debida a las irregularidades cometidas en la instrucción de un juicio a chorizos distinguidos. ¿Y el caso contra los crímenes franquistas que Garzón, inhabilitado para once años no podrá instruir? Ladino Tribunal Supremo, que liquida varios pájaros de un tiro.
Parece ser que, en realidad, la magistratura ha querido sancionar a su compañero por su prepotente actitud como juez espectacular, en el sentido propio del término. Para muchos españoles, los criterios de la justicia, aunque escritos, tienen fechas de temporalidad e incluso de caducidad oficiosa. La justicia sería maleable por lo tanto. O se inventan leyes de oportunidad o bien se construye una jurisprudencia partidista rápidamente variable obedeciendo a impulsos del sistema político, según la necesidad del momento.
La aplicación abracadabrante del derecho en la justicia española conduce a un caso que genera alianzas objetivas insólitas. Los que ayer ensalzaban a Garzón por la aplicación sui generis de las leyes en un pretendido Estado de derecho, hoy lo condenan según el respeto estricto de lo establecido oficialmente en el mismo Estado de derecho ¿Por qué la conducta de irregularidad en la instrucción como juez instructor ha sido sancionada hoy y voluntariamente ignorada ayer?
En Las Metamorfosis, Ovidio nos relató el mito de la caída de un joven apuesto, Narciso, que se vio sorprendido por su reflejo en el agua de un riachuelo, se enamoró de él mismo y se dejó morir de languidez. No siguió los consejos de su entorno y en particular los de su madre, la ninfa Liriope, que le impedía conocer su propia imagen. En la interpretación freudiana, Narciso es su propia palabra, que no cesa de repetir y que se articula de manera a atormentarse, a escenificarse, a gozar de ella misma.
Los juicios por él instruidos, en relación con Euskal Herria, lo caracterizan como narcisista en particular, con la repetición de la palabra entramado que utilizó para escenificares y construir su único discurso.
Observándose y admirándose en el espejo del agua acabó contribuyendo a su propia zozobra.
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Gracias por su comentario
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