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por José L. Artetxe - Miércoles, 12 de Septiembre de 2012 - Actualizado a las 05:38h
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Javi Martínez, con el chándal del Bayern. (Foto: afp)
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lA incredulidad generalizada que siguió a la propagación del episodio, con el paso de las horas dio pie a reacciones diversas de las que en ningún caso salía favorecido el protagonista. ¿Qué puede empujar a nadie a cometer semejante torpeza sin que provoque hilaridad (suena y es más fino que descojono), rabia, pena e indignación? A uno lo que le preocupa es el impacto que la penúltima -porque habrá más- ocurrencia de Javi Martínez haya podido tener en todos esos aficionados que le habían reservado un espacio preferente en su particular santuario rojiblanco. No debe ser sencillo asumir que el joven idolatrado por sus capacidades sobre la hierba, distinguido como representante ideal de la generosidad y el espíritu indomable que la tradición asocia al club, prototipo de nobleza y compromiso, es en realidad un simple.
Para aquellos que le tenían por una joya en el más amplio sentido del término, debe ser duro caer en la cuenta de que en realidad se trata del rey del escaqueo. Hombre, algún indicio ya había de que le va eso de no dar la cara después de que se prestara a hacer un viaje relámpago a Múnich para someterse a un chequeo médico sin permiso del Athletic. Aunque entonces, dado que en las horas siguientes cumplió con el trámite que le convertía en futbolista del Bayern, su acto de indisciplina pudo de alguna manera quedar atenuado, de hecho hasta el propio Athletic optó por hacer la vista gorda. El paso de las horas y de los días también confirma su tendencia a resguardarse en la distancia para evitar cumplir con las más elementales normas de educación, pues pese a que asegurase a través de su twitter que regresaría para despedirse como mandan los cánones, todavía le estamos esperando.
Pero lo de presentarse en Lezama a horas intempestivas para retirar sus objetos personales lo supera todo y le deja desnudo ante los ojos de todo el mundo. Cenó con algunos excompañeros y, no se sabe guiado por qué impulso, cogió el coche y se plantó en el que ha sido su centro de trabajo durante los últimos seis años. Hay que pensar que con las prisas por largarse a la Bundesliga dejó en su taquilla algo muy valioso que requería una iniciativa audaz, no exenta de riesgos. No ya por el presumible encuentro con el guarda de turno o la posibilidad de darse una galleta al saltar la valla, sino por el eco que alcanzaría la incursión nocturna en el supuesto de que trascendiera. Y cómo no, ha trascendido. ¿Acaso olvidó las botas de la Eurocopa?
Su hermano, diligente, salió al quite, trató de quitarle hierro al incidente negando que se produjese a las 02.30 horas y, por supuesto, que el jugador saltase la valla. Ayer, el propio Javi Martínez, de nuevo en su twitter, escribía: "Es increíble que haya gente que se crea que esa historia es cierta". Remataba su intento de exculpación ofreciendo unas declaraciones a un periodista del diario Bild en las que insiste en que llegó a Lezama a las 22.30 horas y llamó al timbre para entrar en las instalaciones. Como si la hora, que en cualquier caso fue a las 00.15 horas, o la existencia del salto o el pulsado del timbre, fuesen lo sustancial.
El entorno del Athletic ahora sabe que este chico, aparte de haberse tirado mucho tiempo aparentando ser lo que no es en relación al escudo que portaba en el pecho, tiene pendientes demasiadas asignaturas básicas para caminar por la vida. Es palmario que respeto, tacto, agradecimiento, sinceridad y sentido común, son términos que le son ajenos, no constan en su diccionario. Y si entre la gente que apoya al Athletic ya no queda margen para dudar de quién es Javi Martínez, hay que pensar en las conclusiones que vayan a extraer de este cúmulo de despropósitos quienes le han acogido en su seno. ¿Cómo encaja un comportamiento tan poco profesional, tan infantil, con un personaje que ha de erigirse en piedra angular del último proyecto deportivo de Jupp Heynckes? No se olvide que el Bayern, para combatir las severas críticas que ha merecido el desembolso realizado, ha vestido a su flamante adquisición con unos ropajes de lujo, incluida la vitola de líder.
No parece propio de un líder, de un elegido, de alguien con carisma, la manera en que Javi Martínez ha obrado, con o sin valla de por medio, pero no se olvide que por aquí también se le tenía por un elemento fiable y mucho más. Quizás lo peor de esta historia, increíble según la ha tildado el chico de las piernas largas, sea que coincida en el tiempo con el paso que en dirección opuesta acaba de dar otro jugador al que nunca San Mamés le ha brindado tanto cariño o consideración. Las malas noticias poseen mayor vigor que las buenas, su difusión acostumbra a ser insuperable. Si la suma de los dos hechos, que Susaeta renueva su contrato y que Martínez se pone en ridículo, sirviera para reflexionar siquiera por un segundo sobre la calidad humana y profesional de cada uno de los integrantes de la plantilla y el tratamiento que en cada caso se merecen, el parón liguero habría sido de lo más productivo.
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