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Iban GORRITI - Viernes, 14 de Septiembre de 2012 - Actualizado a las 05:39h
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Uno de los carteles creados por Luciano Quintana, Nik, tío de Alatz Quintana Uranga. (Foto: deia)
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Bilbao. Partió de su hogar bilbaino hacia un viaje que le condujo al exilio. Escondía entre su infancia inocentes nueve primaveras, una vida por estrenar. Su padre era un bravo oficial de gudaris y había conseguido salvarse por pies del campo de concentración de Santoña hacia aires de salitre seguros de Francia y de allí a alimentar su progreso en Venezuela, país americano que al crío le enseñó la palabra libertad. Aquel chavalote se llamaba Alatz Quintana Uranga y siete décadas más tarde falleció. Fue el pasado día 20 de agosto en Caracas. Era sobrino, además, del histórico dibujante y cartelista Luciano Quintana (tolosarra que falleció en 1976), quien rubricaba sus magníficas y conocidas obras de gudaris y otros motivos vascos con el pseudónimo de Nik, para no arriesgarse a ser descubierto por los perversos franquistas.
En su partida hacia Venezuela, la familia que iba buscando el abrazo de aquel padre soldado nacionalista del Euzko Gudarostea lo hacía sintiendo "una ruptura del pasado para un futuro incierto", pormenorizaba el propio Alatz en unos testimonios que dejó escritos en 2007 en la capital venezolana bajo el título de Motivos del exilio.
en vapor por el atlántico Echaban amarras, dejando atrás su nación atacada, país que había sufrido una guerra civil causada por un golpe de Estado errado y que heredaba una dictadura propia de las más sádicas mentes. Navegaba el año 1937, finales de agosto, y Alatz surcaba el Atlántico subido al vapor Marqués de Comillas con evocaciones que le ponían los vellos de punta, como las temidas bayonetas de la época y curiosidades para un mozalbete, como que los franquistas habían prohibido hablar euskera y por decir agur, una chica falangista hizo que le multaran con una sanción de 5 pesetas.
Por consecuencias como aquella, su familia solía enviarle de Bilbao a Zeberio (Arratia), donde "los recuerdos que guardo de entonces, los mejores son de allí", hacía balance.
Arribó Alatz a Vigo, a La Habana, a Venezuela, con su hermana Argi-tze de siete años, Lander de cuatro y su amatxu. De La Guaira partieron a Maracaibo donde el gudari trabajó en diversas firmas petrolíferas. En aquel tiempo, septiembre de 1941, en la ciudad tan solo había cuatro familias vascas, una catalana y los religiosos eran navarros. También compartía cotidianidad con algunas familias franquistas, espina a la que, paradojas de la vida, no pudieron poner océano de por medio.
Más adelante, el padre de los desplazados trabajó en una empresa hidráulica y el matrimonio se propuso dar buenos estudios a sus hijos en un país que les acogió con los brazos abiertos a estos emigrantes. Su idea era destinarles a Euskadi porque veían cerca el final del franquismo, pero no fue así. Alatz acabó estudiando Ingeniería en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) de Caracas e impartiendo clases de Matemáticas contribuyó "a las finanzas hogareñas", enfatizaba orgulloso.
Gracias a unos amigos que llegarían a ostentar el cargo de ministros tuvo a su cargo importantes proyectos hasta que cambió la presidencia del país y Quintana encontró su camino de vida como docente universitario.
familia numerosa Alatz contrajo enlace matrimonial con Beatriz de Elguezabal y tuvieron cinco hijos, cuatro niñas y un niño: Zuriñe, Irune, Igone, Elene y Xabier.
Tan solo hace cinco años atrás, a Quintana, aquel niño que le ayudaron a subir abordo del Marqués de Comillas, recordaba que el viaje del vapor le pareció de "un siglo". Días atrás, emprendió otro viaje hacia la eternidad donde Euskadi y Venezuela (a quien siempre agradeció aquellos brazos abiertos) para él serán uno, la patria de su corazón.
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